La Palabra

En busca de… Carolina Ovejero, etnomusicóloga, museóloga, música y docente

Enseñar y aprender música hoy Cursó Licenciatura en Museología y Repositorios Culturales y Naturales en la Universidad Nacional de Avellaneda, Etnomusicología en el Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla de Buenos Aires, Diplomatura en Arte y Educación en la Universidad de San Martín, es Maestra de Educación Musical y actualmente encargada del Museo “Vicente López y Planes” de Sociedad de Autores y Compositores de Música (SADAIC). Como docente dicta “Organología General” y “Organología Argentina, Latinoamericana y del Caribe” en el Profesorado de Musicología en el Conservatorio de Música Alberto Ginastera de Morón y “Organología Argentina, Latinoamericana y del Caribe” en el Profesorado y la Tecnicatura de Etnomusicología en el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”. Su labor docente la desarrolla desde su vivienda con las características de los tiempos de pandemia que se viven. De su experiencia nos cuenta en esta charla con LA PALABRA.
La Palabra 30 de mayo de 2020 Raúl Vigini

En busca de… Silvia Marzioni, narradora oral

Como veníamos diciendo… Actitud y convicción fueron necesarias para que la narración oral ocupe los espacios de sus días con una formación que se inició en aquellos encuentros con la palabra contada que alguna vez escuchó de sus referentes. Lleva sus relatos a lugares comunes y no tanto. Entusiasma a sus oyentes, motiva con la expresión, actúa incentivando a los que siguen sus historias de finales inciertos. Todos los recursos para la atracción y el suspenso son puestos de manifiesto en cada ocasión. Mientras tanto, su propia experiencia de vida, se la cuenta a LA PALABRA.
La Palabra 23 de mayo de 2020 Raúl Vigini

Les comentamos

COMENZANDO LA BÚSQUEDA Ramón Godoy Rojo CMG Ediciones 101 pág. El autor con 90 años nos deja su novela conservando la misma línea de sus trabajos anteriores, con un lenguaje simple, coloquial, y argumentos tomados de la vida real, creando incertidumbres y expectativas hasta el final, entregándonos lo que él considera… “una historia de amor”. En este trabajo literario el autor se toma el tiempo necesario para ampliar su rutina habitual y desarrolla una historia diferente cuyo tema central provoca un inevitable ejercicio de memoria colectiva. El planteo de un enigma que gana la paz interior de dos jóvenes, permite desarrollar a través de circunstancias concebidas originalmente, un desenlace donde los personajes, desentrañando el desencuentro, van dándole forma a un encuentro con final deseado.
La Palabra 16 de mayo de 2020 Por None

Breve síntesis de momentos de mi vida*

por Ramón Godoy Rojo - escritorA los seis años, procedente de Conlara, Córdoba, llegamos con mi familia a Concarán, San Luis. Eramos trece hermanos. Yo el número diez. La escuela primaria para mí fue un martirio. En tercer grado quería dejar. Le argumentaba a mi mamá que ya sabía escribir, leer y las cuatro operaciones, ¡para qué más! Pero ese argumento no fue suficiente. Con su varilla de mimbre, que manejaba muy bien, me convenció que debía terminar la primaria. Ese día fue el más feliz de mi vida. ¡¡¡Nunca más libros!!! Felizmente el trabajo me gustaba. Fui cadete de tienda, de farmacia, peón de albañil, pinté con la brocha gorda, etcétera. A los trece años entré como ayudante de playa de una estación de servicio al frente de mi casa. Al año siguiente quedé a cargo de todo; significaba trabajar las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año. Nunca me sentí explotado. Estaba cómodo. Tal vez lamentando no poder participar de los partidos de fútbol, únicamente. Al año siguiente, sorpresivamente, recibí una carta expreso del Ministerio de Telecomunicaciones; se me comunicaba que “por resolución ministerial ha sido nombrado mensajero en el correo local con seis horas de trabajo de lunes a sábado y setenta y cinco pesos de sueldo”. En la estación de servicio ganaba treinta. Fue lo que cambió mi vida. A los diecisiete años me ascendieron a telegrafista, empecé a relevar al jefe los fines de semana y ahí se me produjo un click: -¡Tenés que estudiar! -¡Pero para qué! Si estaba muy bien en mi pueblo, querido, con mis amigos, era feliz. Jamás lo pude entender ese ¡Tenés que estudiar! Me atormentaba constantemente. Y empezó mi lucha. En el pueblo no había secundario. A los diecinueve años ya estaba decidido. Pedí traslado a Villa Dolores, me tenía que auto mantener, me inscribí en la Escuela Dalmacio Vélez Sársfield, y en julio, tuve que regresar sin haber logrado mi propósito porque no me llegó el traslado. Por diversas circunstancias, largas de contar, recién conseguí el traslado en octubre, pero a San Luis. De inmediato pedí planes de estudio en el Colegio Nacional. Entre diciembre y marzo rendí primero libre. Hice segundo regular y rendí tercero libre. Me llegó la cédula de llamado para el servicio militar y estuve incorporado trece meses. Felizmente me destinaron al Distrito Militar 50 y como las tareas no eran tan abrumadoras, tuve tiempo de estudiar y rendir cuarto libre pasando a quinto, aprobándolo eximiéndome en todas las materias. Luego opté por odontología y me fui a Córdoba terminando los cinco años sin ningún problema. Otra síntesis: a los diecinueve no había rendido ninguna materia del bachiller y a los veintisiete ya era odontólogo. Falta agregar que en San Luis fui a la pensión que paraba desde hacía varios años, uno de mis hermanos. Quiso el destino que la hija del dueño de la pensión fuera la dama que el destino me tenía reservada, y con la que compartimos nuestro andar desde hace sesenta y dos años, en total y perfecta armonía. Ella se recibió de Maestra y Farmacéutica en San Luis y de Bioquímica en Córdoba, ya casados. Hace cincuenta y cinco años que vivimos en Rafaela, Santa Fe, ciudad que nos abrió generosamente sus puertas permitiéndonos trabajar con total comodidad, contando con numerosos amigos que nos hacen muy placentera nuestra vida. Mi hobby preferido es la literatura. Mis dos libros editados, “Historias de Vidas” e “Historias Debidas” me llenan de satisfacción. Doy gracias a Dios cada amanecer por la senda que el destino me tenía reservado. Lo que mamá nos enseñó Ella, con su santa paciencia, y la varilla de mimbre que manejaba a la perfección, transmitió a sus trece hijos, principios que nos acompañaron toda la vida. El principal, la honestidad. Lo que nos pertenecía ni lo teníamos que desear. Aunque fuese lo más insignificante. Después el respeto a todos, y más aún a las personas mayores. El buen día, buenas tardes, buenas noches, gracias, permiso, por favor, debían estar siempre en nuestro vocabulario. Nos enseñó el culto y el amor al trabajo. Ser responsables, cumplir con los horarios y tratar de hacerlo de la mejor manera. “Yo los ponía a trabajar aunque no les pagaran nada porque así los alejaba de la calle”, nos confesó siendo todos adultos. Ese cuidado tan especial, y eso que vivíamos en un pueblo de dos mil habitantes. Nos enseñó a no esperar que nos regalaran nada. Aprenderlo a ganar con el sudor de la frente. “Lo que se consigue con esfuerzo se cuida y se lo valora más”, nos decía. Han pasado muchos años y ahora todo ha cambiado. Sin embargo, a los trece hermanos nos sirvió para transitar siempre por las senda recta y no tener que arrepentirnos por haber dado un mal paso. Me falta agregar que éramos trece hermanos y que mi papá falleció cuando el menor tenía tres años. El único bien que teníamos era la casa. Nunca nos faltó comida y nada de pedir limosna. ¡A trabajar todo el mundo! Doy gracias a Dios por la madre que me tocó. Estoy orgulloso de ella. Algo más sobre el padre Juan Tuvimos la suerte y el privilegio de ser amigos. Lo consideramos siempre un ser excepcional y por eso su amistad nos enorgullecía. Nos llamaba la atención cómo pudo adaptarse a nuestras costumbres. En las reuniones que hacíamos en nuestra quinta disfrutaba jugando a las bochas en el parque aunque arrastrara su sotana. Le encantaba jugar al truco. Una vez un amigo para provocarlo le observó: -Padre, usted no puede jugar al truco. -¿Por qué no poder jugar truco yo? -Porque usted es cura y los curas no pueden mentir. Y le contestó muy seguro -Yo no mentir. Yo jugar truco. Le gustaba mucho saborear un buen asado al que acompañaba con un vaso de vino tinto. Tenía un brindis muy propio de él que encantaba. Decía: “Bebamos, el que bebe vino se emborracha, el que se emborracha duerme, el que duerme no peca, el que no peca va al cielo. Si al cielo vamos ¡Bebamos!”. Mi ángel de la guarda -¡El último examen! ¡Cuántas veces soñé con este momento y por fin llegó! ¡Uy! ¡Pero qué miedo tengo! -¿Miedo a qué? -A que me bochen. -No te bocharon nunca por qué te van a bochar ahora. -¡Es que he visto bochar a tantos en la última materia ahogando el festejo! -Pero no tiene por qué pasarte eso a vos. Andá a tomar el ómnibus tranquilo que se te hace tarde. Mientras esperaba la llegaba del 61, alcé la vista porque sentí que alguien me miraba. Era un hombre relativamente joven, vestido en forma muy sencilla. No recordaba haberlo visto antes. Parecía que quería decirme algo pero no lo hizo. Subí al ómnibus y él también subió. Al pasar a mi lado me dejó una mirada tranquilizadora. Algo me quería decir pero no lo pude descifrar. Estaba seguro de que me seguía mirando. Cuando llegué al hospital olvidé enseguida el suceso conversando con mis compañeros. Todos teníamos los mismos nervios. De pronto lo vi. Estaba en el extremo de la galería. Indudablemente me quería decir algo. Estaba solo. Iba a acercarme para preguntarle qué quería, y justo me llaman para el examen. Me pareció que estaba más tranquilo. Pero cuando saqué las bolillas y se las acerqué al profesor, por el temblor de mis manos me di cuenta de que estaba lejos de tener tranquilidad. Ni me fijé qué bolillas había sacado. Eran la nueve y la cinco. Cuando empecé a desarrollar el tema, veo que el individuo estaba por detrás de los profesores, cruzado de brazos, de guardapolvo, como si fuese un ordenanza. Su rostro y su mirada me transmitían una tranquilidad increíble. Continué hablando sin ningún problema, con muy pocas interrupciones por parte del profesor. Los cuarenta y cinco minutos del examen se me pasaron volando. Cuando terminé de exponer vi que se sonrió y levantó el pulgar en gesto de aprobación. Cuando el profesor dijo: “Tiene un nueve, lo felicito doctor”, lo busqué con la mirada para agradecerle su apoyo pero se había esfumado. Nunca más lo volví a ver. Cuando en mi vida debo enfrentar una situación difícil, recuerdo su mirada y me tranquilizo. *Los textos pertenecen al libro Selección de cuentos y anécdotas de Ramón Godoy Rojo, CMG Ediciones, 2019.
La Palabra 16 de mayo de 2020 Por None

En busca de… Ramón Godoy Rojo, escritor

Cuentos de la realidad Retiene en su mirada retrospectiva, todos los recuerdos de su niñez, de su juventud y de los lugares más emblemáticos de sus pueblos. Radicado en Rafaela hace más de medio siglo, fue cautivado por la literatura a partir de una lectura intensa, que le permitió iniciar un recorrido por la escritura. Publicó varios libros con las vivencias, su aporte personal, y la felicidad de poder dejar plasmados esos acontecimientos que lo acompañaron por siempre. El presente lo encuentra dedicándole tiempo a dar a conocer sus dos nuevas ediciones con el nombre de Comenzando la búsqueda y Selección de cuentos y anécdotas.
La Palabra 16 de mayo de 2020 Raúl Vigini

El Negro y La Biblia

Otra vez el Negro no apareció por el bar, mejor dicho en el boliche donde junto al mostrador se reúne toda la barra, no precisamente para tomar una taza de té, sino más bien unos vasitos de tinto que levantan el espíritu y hacen la vida más alegre. Son todos muy buenos amigos. No son hilos los que unen esa amistad tan grande, sino más bien una fuerte e indestructible cadena. Cada uno cuenta sus anécdotas y aunque a veces repetidas, siempre causa gracia al recordarlas. Las reuniones en la esquina del barrio, cuentos de aparecidas o la anécdota del día. Como aquella que le hicieron al Pancho, que para castigarlo porque se le había ido la mano en el tinto, esposado lo amarraron a un árbol de la plaza del barrio hasta que se le pasara la mona, habiéndole quitado previamente los pantalones. Por eso la ausencia del Negro los preocupaba, aunque sabían que estaba bien de salud porque lo habían visto en el camión de reparto y los había saludado al pasar. Uno de ellos se ofreció para ir a entrevistarlo, - me queda de paso- dijo, y menos mal que el departamento del Negro no tiene portero. Como a las diez de la noche llegó el amigo a la casa y lo atendió el Negro en persona, saboreando una manzana. -¡Hola Negro, qué alegría verte!- Y se confundieron en un efusivo abrazo. -Me´an comisionao los muchachos pa que venga a ver qué te pasa que no vai más al boliche, ¿tai enojao con alguno? La verdad que te extrañamos mucho. -No, que va! No voy porque estoy leyendo un libro. Asombrado por el motivo de la ausencia, el amigo quiere asegurarse que ha escuchado bien. -¿Porque estai leyendo un libro no vai más por el boliche? -Sí, así es. -¿Y qué libro estai leyendo, se puede saber? -Estoy leyendo La Biblia, que es la palabra de Dios, y la verdad que me ha atrapau, es de lo más emocionante. No saliendo de su asombro el amigo le dice: -A ver contame algo de lo que dice La Biblia pa ver si es cierto lo que decís. -Bueno, mirá, te voy a contar la parte en que Yavé o sea Dios, le dice a Moisés que debe sacar de Egipto al pueblo que El ha elegido para llevarlo a la tierra que le tiene prometida. -¿Qué más? - Resulta que el capo de Egipto es el Faraón que no los quiere dejar salir, si no que los quiere seguir teniendo como esclavos. Entonces Yavé, o sea Dios, les mandó de castigo siete plagas de lo más bravas. Una manga de langosta tremenda que les morfó todos los sembrados, mosquitos hambrientos que picaban sin piedad, hizo llover ranas, un granizo del tamaño de un huevo y hasta hizo enfermar a todos los bebitos. Ahí se asustó el tipo y los dejó salir. Moisés entonces salió de raje con toda su gente cumpliendo lo que Yavé le pidió. Pero enseguida se encontró con un problemón. No podían avanzar porque tenían enfrente al mar, el Mar Rojo y no sabía cómo hacer para pasarlo. Pa’ colmo el Faraón se arrepintió de haberlos dejao salir y mandó todo el ejército a traerlos de vuelta. Así es que estaba Moisés muy preocupado porque no podía atravesar el mar, y el ejército que los venía a tomar prisioneros otra vez estaba cerca. -¡Qué bravo Negro! ¿Y, que pasó? - Entonces Moisés cachó la radio y habló con el presidente de Estados Unidos y le mandó de inmediato cinco mil helicópteros y los pasaron al otro lao del mar antes que llegara el ejército del Faraón. -Tai loco Negro si creés que te voy a creer semejante boleto. –Es que si te digo como dice el libro, menos me lo vai a creer. Cuento premiado de Ramón Godoy Rojo
La Palabra 16 de mayo de 2020 Por None