“Cocho” Rossi, un símbolo del barrio

Información General 10 de abril de 2021 Por Redacción
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Por Edgardo Peretti

La semana nos trajo una mala noticia. A los 89 años falleció Carlos Alberto “Cocho” Rossi, farmacéutico e ícono del barrio 9 de Julio durante muchas décadas.
Su farmacia, “Rossi”, obviamente, se ubicaba en la esquina de calle Rosario y Avellaneda, frente a la plaza 9 de Julio, a poca distancia del Hospital y frente al bar “Colman”. Como el club Estudiantes, el local de “Cocho” es uno de los puntos referenciales del sector, dominado en el recuerdo y vigencia de su íntima relación con el frigorífico fundado por don Luis Fasoli, hace más de cien años. No había familia en el barrio que no tuviese alguna ligazón laboral con lo que en la jerga de la calle se llamaba, simplemente, “la fábrica”.
Y la farmacia era un punto de referencia ineludible, pues era la salida obligada para quien concurría a una consulta médica. Y la opinión del profesional era casi una palabra santa, lo que agregado a su especial forma de comunicarse con la gente le otorgaba un viso de sabiduría amena que superaba el afecto.
Carlos Rossi y su farmacia forman parte del historial junto a otros dos profesionales de la salud que cimentaron esa parte de la historia: los doctores Jaled Borlle y el querido “Negro” Rodolfo Caillou.
Este último tuvo su primer consultorio sobre calle Balcarce al setecientos, al lado de la carnicería de Ré y cruzando la calle al almacén de los Boggio. Fue una especie de revolución en tiempos en que la atención odontológica estaba reservada a unos pocos: el barrio tenía un dentista y eso era especial motivo de orgullo.
El caso del doctor Borlle no es menos paradigmático. Tenía su consultorio en calle Rosario al 600, a unos treinta metros de la farmacia de “Cocho”, pasando antes por la peluquería de Bruno. El médico, además de atender en el hospital, marcó una época recorriendo barro y lluvia para ir a los domicilios de quien lo requería, porque tampoco había colegas en la zona como no fuese el “efector público”, como se le dice ahora.
Borlle llegaba con su motoneta, a toda hora, a todo lugar y dejaba la tranquilidad de un tratamiento o los consuelos adecuados cuando ya no había forma de cambiar las cosas. Mi escarlatina la atendió a las 3 de la madrugada (mi viejo lo fue a buscar en bicicleta bajo una helada invernal) y no se fue de mi casa hasta que la fiebre se fue, a media mañana. Esas cosas no se pueden olvidar y hay que saber agradecerlas.
Por supuesto, los remedios fueron adquiridos en la Farmacia Rossi.
No puede dejar de mencionarse en estas humildes líneas el tema económico de esta gente; se cobraba cuando se podía, había cuentas corriente y fiado, aunque todos sabían que el día de pago de la quincena de los “fasoleros”, se volvería a la normalidad.
Me quiero detener especialmente en este término que escuché toda la vida; para nada es peyorativo, al contrario, ser parte del frigorífico era – y es – un orgullo y una medalla que se lleva con honor; detalle y postura que nuestros mayores detentaban.
Volviendo al querido “Cocho”, hace algunos años le mencioné esto que acabo de escribir sobre él y sus colegas. Los sábados lo encontraba en el atrio de la parroquia del Sagrado Corazón donde buscaba a mi madre luego de la celebración vespertina. Se reía, te daba un abrazo y salía con otra cosa.
Hoy, cuando ni él ni Borlle están físicamente, me permito el atrevimiento ciudadano de proponer que algún sendero o sector de la plaza del barrio lleve el nombre de estos tres personajes que siempre tuvieron una mano tendida al prójimo. Qué lindo sería hacerlo junto al amigo Rodolfo Caillou.
Autoridades, ¿podrían hacerle el honor al barrio 9 de Julio de tomar nota? Y actuar en consecuencia, obviamente.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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