Detalles históricos de Quebracho Herrado

Información General 25 de noviembre de 2020 Por Redacción
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Por Omar V. Perren 

 Ante todo, aclaro que no soy historiador ni investigador, simplemente una persona ávida por el pasado de la patria que amo, entendida esta, como la tierra a la cual me siento ligado por motivos culturales, históricos y afectivos, además de haber nacido en ella. Habiendo realizado algunos viajes por la actual autovía Ruta 19, entre Santa Fe y San Francisco, se me ocurrió indagar, ya que en la actualidad gracias a los soportes informáticos existentes se facilita el acceso a datos y documentación histórica, cómo era ese camino en los albores de la república.
Un acta del Cabildo de la Pcia. de Sta. Fe, de fecha 22/02/1813, menciona que se presentaron cinco títulos dados en Buenos Aires por el Administrador General de la Renta de Maestro de Postas para un nuevo camino directo entre Santa Fe y Córdoba, abierto para unir el litoral con las provincias del centro. Además de mencionar los servicios, costos y encargados, las enumera como: Paso del Catalán (Rio Salado) a 3 leguas de Santa Fe de la Vera Cruz, actual Santo Tomé, que iba distante 7 leguas, hasta el Sauce, hoy San Jerónimo del Sauce, luego a una distancia de 4 leguas, Isletas de Zárate, que deduzco debe ser el actual emplazamiento de la Escuela Agrotécnica Cantón de Zarate, para luego 6 leguas más adelante encontrarse con la posta de Romero, en la cercanías de localidad de Angélica (paraje Angélica vieja), y finalmente nueve leguas más adelante y para terminar con las que se encontraban en la jurisdicción de la Pcia. de Santa Fe, la posta de Quebracho Herrado, que estaba en las inmediaciones del actual pueblo homónimo, a unos 20 Km. de la ciudad de San Francisco, y cuyo nombre se aduce a un robusto árbol de quebracho con un hierro clavado en el tronco, que se utilizaba como referencia para delimitar las provincias de Santa Fe y Córdoba. La mayoría de esos puntos quedó comprendida dentro de propiedades rurales, donde los trabajos de labranzas de más de un siglo, no permiten encontrar alguna ruina olvidada del pasado, ni tampoco ubicar con precisión el sitio donde aquellos paradores funcionaron, solamente San Jerónimo del Sauce mantiene en pie una capilla de adobe erigida en el año 1886, hoy monumento histórico nacional.
Me interrogo ¿Cuántos grandes viajeros habrán recorrido esa huella vital para el desarrollo del país en esa época? Y encuentro en los anales de la historia un hecho que sacudió a la Argentina, muy cerca de nuestra ciudad, dentro de en un radio de unos 80 Km. Todo lo que vino después de la guerra de la independencia, costo y llevo mucha sangre. Corría el año 1840, y la patria estaba inmersa en una guerra interna, “la grieta interior”. El exoficial del ejército sanmartiniano, Juan Galo de Lavalle, al mando de unos 3500 hombres abandona Santa Fe, acordando reunirse el 20 de noviembre en la Posta de Romero, a los fines de que le aporte hombres y caballos, con el tucumano Gregorio Araoz de Lamadrid, uno de los personajes más extraordinarios de nuestra historia, según Felipe Pigna, hombre de confianza del Gral. Belgrano, que estuvo junto a él en las batallas de Salta y Tucumán y también en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma y enemigo acérrimo de Facundo Quiroga. Pasados algunos días, Lavalle asediado por el Ejército Confederado marcha lentamente. Retrasado, no llega a destino en el plazo estipulado, y Lamadrid sin avistar a su aliado se retira. La columna al alcanzar la posta Romero, (actual Angélica) y sin los refuerzos, sigue a Quebracho Herrado, y es allí donde el Gral. Oribe, ex presidente uruguayo, el 28 de noviembre al mando de unos 6.000 hombres por orden de Juan Manuel de Rosas lo intercepta a Lavalle en una batalla definitiva. Me detengo junto a la ruta, estoy en las inmediaciones de Quebracho Herrado, a unos 110 km de Rafaela, miro el horizonte, desconozco el lugar preciso del combate, pero conjeturo que unos 10.000 hombres, 20.000 caballos y pertrechos ocuparon varios kilómetros cuadrados. Seguramente desde esta posición podría verlos e imagino el fragor de la batalla, que dejó estimativamente unos 1600 muertos. Era una guerra a muerte, sin perdón, por igual, para ambos bandos. Coinciden todas las fuentes existentes que la batalla de Quebracho Herrado fue la más grande, de la guerra civil, que sacudió a la Argentina entre 1839 y 1842. No fue absolutamente decisiva, pero volcó la situación de manera irreversible a favor del partido federal, que terminaría por triunfar y asegurarse la preeminencia hasta Caseros, en 1852. Al igual que las postas, tampoco existen referencias históricas del lugar preciso de la batalla, coinciden investigadores que fue a unas tres leguas al sur del actual emplazamiento de Quebracho Herrado. La gente mayor, que transmitía oralmente el lugar preciso en donde se podía encontrar restos de fusiles, sables, o balas de cañón, ya no están. Hoy son los campos de Ambrosino y Rivero Haedo, según escribe Julio R. Ubry, en un artículo periodístico. Apellidos estos descendientes de aquellos gringos que llegaron y clavaron el arado en la dura capa superior del suelo, arrancando pacientemente todo rastro de la pasión que encendían las contiendas por la organización nacional. Patria surcada, por el borde afilado de la reja en donde prácticamente nadie se digna en recordar los uniformes manchados de sangre y las lágrimas derramadas por tantas madres y viudas, pero seguramente, todos ellos están de pie en las mieses, cuyas raíces se alimentan en una tierra teñida de rojo, y abonada con los pobres cuerpos derribados, elevando hacia el cielo doradas espigas que se yerguen como puños contradiciendo la muerte, porque de tantas osamentas, una vida invisible se levanta, y sigue dominando esa tierra: Argentina. Instituciones públicas auspician a académicos en trabajos que indagan la matriz del surgimiento de la “Pampa Gringa”, sinónimo de “civilización” y en cuyos contenidos muy vagamente o nada se dice sobre el derramamiento de sangre entre hermanos, que costo la Constitución Nacional sancionada en 1853, en la invencible Santa Fe, que equiparaba extranjeros y nativos, estableciendo que “todos son habitantes con iguales derechos ante la ley”, facilitando así la llegada de distintas etnias, que no sin esfuerzo lograron prosperidad y paz en esta tierra, con el beneficio adicional de poder mantener viva la estirpe, memoria y hábitos culturales, que todavía hoy interpelan y movilizan. La inmadurez colectiva que nos afecta, el anacrónico afán de justificar posturas políticas e ideológicas, y el aprovechamiento sesgado e intencional en búsqueda de réditos de algunos pocos, nos hacen perder el proceso inquisitivo en la búsqueda de la “verdad histórica”. Los países maduros proceden de otra manera, porque aceptan los claroscuros de su propia historia y valorizan a quienes la construyeron.
Para aquellos jóvenes, que influenciados por personas que ostentan un poder narcisistas y se aprovechan de ellos, porque carecen de identidad nacional fruto de que desde las escuelas no se les estimulo el pensamiento crítico, ni tampoco el mundo pedagógico los acercó a un pasado fidedigno que les permita desarrollar una conciencia histórica, y que hoy muchos de ellos se encuentran abocados a la iconoclasta tarea de buscar venganzas entre los muertos, embardunar estatuas o escribir consignas con odio sobre los que ya no pueden defenderse, les dejo muy humildemente y como un pequeño aporte para la reflexión, palabras del reconocido Profesor de Historia y escritor Felipe Pigna: “La historia de un país es su identidad, es todo lo que nos pasó como sociedad, desde que nacimos hasta el presente, y allí están registrados nuestros triunfos, derrotas, nuestras alegrías y tristezas, nuestras glorias y nuestras miserias. Como un gran álbum familiar, allí nos enorgullecemos y nos avergonzamos de nuestro pasado, pero nunca dejamos de tener en claro que se trata de nosotros".

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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