Sensaciones y sentimientos

Sociales 18 de mayo de 2021 Por Hugo Borgna
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POESÍA Y MÚSICA:
A CÁTULO CASTILLO
Los poetas que llegaron a la vida en los comienzos del siglo 20 tuvieron una sólida formación cultural que, felizmente, los conectó con los iluminados músicos de entonces, esos que hicieron brillar a blancas y negras. En ese luminoso escenario siguen estando Cátulo Castillo (Ovidio Cátulo González Castillo) y los que, influidos por él, de generaciones siguientes, absorbieron la esencia de su poesía (Tinta roja, Organito de la tarde, María, La última curda). Eladia Blazquez, (autora de Honrar la vida y Viejo Tortoni), le dedicó una profunda, bella, dulce, dolida, imperecedera letra, que fue grabada por Susana Rinaldi: “A Cátulo Castillo”.
“Tu muerte fue una tarde muy cálida de octubre / acaso presentiste que sucediera así / en plena primavera y cuando el sol se viste / de luz y mariposas y el aire de jazmín / A vos que te gustaba, profundamente serio / desentrañar las cosas, llegaste a tu confín / y esa doliente tarde entraste en el misterio, para volver en tango, mi viejo Catulín”
“Me duele el sol / y hasta el alcohol / me pone triste / Qué ausencia cruel / de pan y miel / cuando te fuiste / Desde la luz de tu bondad eterna / nos sonreirás / con la piedad más tierna / Me duele andar / y respirar / sin ti…”
Recordaré tu nombre y tu mirada pura / tu oleada de ternura mi viejo Catulín / tu cara y el asombro donde asomaba el niño / tu río de cariño en medio del trajín / La esgrima de tu prosa, tu verso cadencioso / nostálgico y celoso de esquinas y fondín /recordaré al nombrarte tus fraternales manos / y la palabra “hermano”, mi viejo Catulín”
Los grandes de todos los tiempos, necesitaron relacionarse con otros como ellos, de la misma sensibilidad y ansiedad de explorar en las vivencias, esas que de tan cotidianas parecen quedar en un inmerecido, injusto segundo plano. En la generación de Cátulo Castillo se puede encontrar fácilmente la vinculación con grandes compositores que dieron color y poesía a la música.
Cátulo Castillo nació en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906. Vivió 69 años. Su padre fue José González Castillo, un anarquista afiliado al partido comunista, que intentó inscribirlo como Descanso Dominical Gonzalez Castillo pero, persuadido por sus amigos lo registró como Ovidio Cátulo González Castillo.
En su carrera profesional se pueden encontrar actividades impensadas; a los 17 años compuso “Organito de la tarde” y al mismo tiempo practicó boxeo: fue campeón argentino de peso pluma y preseleccionado para las olimpíadas de Amsterdam. Viajó a Europa por primera vez en 1926, fundando su propia orquesta y, ya en la década del 30, fue catedrático en el Conservatorio Municipal Manuel de Falla, llegando a ser director, y se jubiló con ese cargo. Aquí, se dedicó al periodismo, publicó el libro Danzas Argentinas y compuso música para varias películas. En 1953 fue designado presidente de Comisión Nacional de Cultura de la Nación.
Ahora viene la gran pregunta: ¿cuándo y cómo se relaciona con los tangueros?
En la década del 40 y el 50 el tango volvió a su apogeo, se consagra la poesía y él escribe con los compositores más destacados. Aparecen aquí Sebastián Piana, Homero Manzi, Mariano Mores, Osvaldo Pugliese, Armando Pontier. Como referencia principal aparte, fue gran colaborador de Pichuco desde 1945 (María, La última curda, Una canción).
No hace falta buscarlas; las palabras poéticas vienen por su cuenta, solas, a buscarnos.
Que la poesía hace esquina, bien iluminada y con todos los géneros de la música, no es novedad. Más todavía, abre avenidas cada vez más anchas y sin fin, hacia la memoria afectiva más querida.

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