Historias de un viaje ... y más

Sociales 25 de octubre de 2020 Por Redacción
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Por Liana Friedrich

“Viajar para contar es, sobre todo, ver lo que está, pero que nadie ve”, dice la periodista argentina Leila Guerriero. Las crónicas de viajes ofrecen nuevas miradas que nutren nuestra forma de comprender el mundo.
Cuando llegó a mis manos el voluminoso libro “Historia de libertad”, subtitulado “Aventura de juventud”, de Héctor Honorio Chiapero, procedí a priori, antes de abordarlo “in profundis”, a echarle una primera mirada (a vuelo de “dron” -porque puedo examinarlo con mi “GPS literario”- a fin de realizar un primer reconocimiento), creyendo que me resultaría difícil llegar a catalogarlo, dentro del amplio corpus de tipos genéricos existentes.
Sin embargo, una crónica de viaje es un discurso de estructura narrativa, que organiza en forma episódica el relato. Y es el viaje mismo el que va marcando los tiempos de la narración. Lo importante es que este tipo genérico conlleva dos funciones fundamentales: una documental (las fotografías testimonian las andanzas de los tres “intrépidos” personajes…) y otra literaria: no hay viaje sin relato. Lo esencial de la historia está cerca de la percepción subjetiva del yo-narrativo, quien desplaza su mirada, desde el testimonio a la experiencia. Porque a diferencia del relato de aventuras, que puede desviarse de la realidad con intención de constituirse en fantástico, maravilloso o mítico, una crónica de viajes puede girar alrededor de una temática sólo de carácter informativo, o simplemente consistir en la narración de un destino turístico. Sin embargo, estos hechos, auténticamente reales, tienen la virtud de entretener al lector dentro de una trama argumental plena de elementos increíbles, más propios de la novelística. Con esto quiero expresar que una crónica de viaje no es un folleto turístico, ni tampoco una novela ni un cuento, sino un relato donde no escasean, como en este caso, hechos previsibles, pero también encantadores, asombrosos, casi propios de un mundo de ficción para ser considerados reales, porque abunda en descripciones de espacios cambiantes, en torno a montañas, desiertos, selva, mar y playas; como también ciudades sorprendentes, por donde deambulan personajes típicos, quienes exhiben culturas y costumbres diferentes.
Los hechos discurren según el orden temporal en el que ocurrieron, a menudo avalados por testigos presenciales, ya que se expresan en primera o en tercera persona. Como en toda crónica, Héctor (Honorio, como le agrada que lo llamen) utiliza un lenguaje sencillo, directo, pleno de frescura (donde los distintos sociolectos: modismos y regionalismos, matizan alegre y pintorescamente la narración), y hasta admite un lenguaje literario, con el uso reiterado de adjetivos. para hacer énfasis en las descripciones de espacios o ambientes. Se emplean verbos de acción, para referir diferentes circunstancias tiemporales. Pero también hay que aclarar que la crónica presenta un considerable distanciamiento con los discursos históricos, esos que fundamentalmente sirven para comprender cómo se llevaron adelante determinados sucesos, que marcaron el rumbo de la humanidad, los cuales nos permiten conocer cuáles son las consecuencias, que tienen implicancias hasta el momento actual.
A diferencia de las crónicas universales, las que no tienen un propósito general, sino que se limitan a reseñar cronológicamente los acontecimientos destacables de un personaje concreto –como sucede con “Historia de Libertad”- reciben también el nombre de “crónicas particulares”, de manera que se identifican con el género biográfico. Pero las crónicas son también un género periodístico, y se las clasifica como en “amarillas” o “blancas”, según su contenido. Las amarillas tienen material más subjetivo y generalmente la voz narradora es la de una persona o ciudadano común, como en este caso; en cambio, las blancas tienen un carácter más científico o intención educativa.
Recordando a Roberto Arlt, un ícono de la literatura argentina, también Chiapero se constituye en una especie de intérprete-partícipe de los hechos, porque al igual que en las famosas crónicas de ese autor de principios del siglo XX (en las “Aguafuertes”) , existe un fuerte tono de subjetividad, gracias el empleo de la primera persona, para “leer” el recorrido desde puntos de vista poco comunes -para aquella época, por ejemplo, el uso de un lenguaje coloquial – a fin de desacralizar la escritura e internarse con soltura, por los rincones más recónditos, y develar situaciones, personajes y costumbres que hacen a la esencia de cada lugar. Otros escritores argentinos muy conocidos, que también incursionaron en esta especie de cruce entre el periodismo y la literatura, fueron Tomás Eloy Martínez y Osvaldo Soriano.

EN CONCLUSION
Desde la mitología griega, con el periplo de Ulises, Cristóbal Colón, cuando en América cuando creyó llegar a las Indias, los viajes a oriente de Marco Polo, las expediciones de Napoleón, William Hudson y sus descripciones de la Patagonia a bordo del Ebro y otros tantos personajes de la historia universal, se abordaron y describieron por primera vez lugares y modos de vida, gracias a sus crónicas de viajes. Para el resto de los mortales, quienes no tenían oportunidad de recorrer el mundo, poder disfrutar de sus crónicas resultaba la única manera de alcanzar lo desconocido: espacios de ensueño, de panoramas increíbles y una forma de descubrir el otro lado del mundo, lo exótico, lo sorprendente… Hoy, podríamos conjeturar que dado la hiperconectividad y la ilusión de acceso ilimitado a la información, difícilmente la crónica de viajes podría seguir revelando algo nuevo del mundo… Sin embargo, aunque parezca mentira, actualmente las Crónicas de viajes, constituyen el nuevo “boom literario”: cada vez aparecen más libros en los que se cuentan experiencias vividas en un lugar -o lugares- del “ancho, ancho mundo”. De modo que ¡le damos un merecido aplauso de enhorabuena al libro “Historia de libertad”, y las felicitaciones a su autor,  Héctor Honorio Chiapero!




Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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