A propósito de la Independencia

Notas de Opinión 10 de julio de 2020 Por Héctor Sierra
La Declaración de la Independencia en 1816 no resolvió por sí misma ninguna de las cuestiones que se discutían en el momento, pero creó el marco a partir del cual empezamos el largo camino que nos constituye como nación.

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En la vida de los pueblos hay pocas fechas que tengan la importancia y la densidad histórica que esta que celebra el día de la independencia. Declararse independiente implica un acto de la voluntad colectiva que afirma y define formalmente la existencia de una nación. Es un acto fundacional que no termina ni se agota en sí mismo porque la independencia de los pueblos es mucho más que un momento histórico. Es un proceso que en nuestro caso se inicia mucho antes del 9 de julio de 1816 y que necesariamente se sostiene con la continuidad de los hechos hasta nuestros días. Porque ser independientes y por lo tanto, dueños de nuestro destino, implica la tensión permanente y el interrogarse sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser.
Pocas veces los hombres tenemos consciencia de que estamos construyendo la historia. La simple suma de las noches y los días no nos permiten tener la perspectiva que solo se alcanza con los años y que es la que hace posible ponderar el peso exacto de los hechos que se convirtieron en históricos. Sin embargo hay momentos especiales en los que podemos sentir, como decía Scalabrini Ortiz, que “la historia nos acaricia como la brisa fresca del río”.
Es probable que aquel puñado de argentinos que en el crudo invierno de 1816 se reunieron en Tucumán con un propósito que venía siendo sostenido y reclamado desde mayo de 1810, hayan sentido que estaban haciendo historia. No las pequeñas historias que hacemos todos, sino la grande, la que nos incluye en una patria que como decía Borges, “es más que su largo territorio, más que los días de su largo tiempo y más que la suma inconcebible de sus generaciones”.
No fue fácil la tarea de los hombres de Tucumán que tuvieron que soportaban el peso de los conflictos y contradicciones que definían el marco político e ideológico del momento. Se discutía la forma de gobierno y la manera de llevar adelante la lucha contra el español, el congreso se hizo en el interior porque muchos desconfiaban de Buenos Aires. Algunas provincias, entre ellas Santa Fe, lideradas por Artigas en la Liga de los Pueblos Libres, defensoras del federalismo y la autonomía frente al poder de Buenos Aires, directamente no participaron. Sin embargo y a pesar de los desencuentros pocos dudaban que la declaración de la independencia fuera imprescindible y así se hizo. San Martín y Belgrano fueron los principales impulsores de este acontecimiento crucial.
Como santafesinos debemos meditar sobre el rol de nuestra provincia en aquel momento decisivo tratando de comprender las razones que motivaron a nuestros comprovincianos a no concurrir a la convocatoria. Las mismas son múltiples y complejas y ya han sido largamente explicadas por los especialistas. Sin embargo se pueden resumir en un hecho medular que atraviesa la mayor parte de nuestra historia: el enfrentamiento con el poder central, la oposición al puerto que desde siempre abusó de su posición hegemónica postergando y relegando a la argentina profunda.
A doscientos años de aquellos acontecimientos, tiene sentido interrogarse sobre las actitud que adoptaríamos hoy los santafesinos. ¿Responderíamos al llamado enviando nuestros representantes o continuaríamos sosteniendo nuestras posiciones sin participar? Entre aquel momento y el presente han pasado doscientos años y hemos aprendido de nuestros errores. Estamos seguros que no nos negaríamos al convite. Pero también es seguro que llevaríamos al encuentro nuestras convicciones y nuestros reclamos que en muchos sentidos siguen siendo los mismos que entonces: la reivindicación de un país verdaderamente federal donde se respete la autonomía de cada provincia y donde los recursos y bienes se distribuyan equitativamente entre todos los argentinos.
La declaración de la independencia en 1816 no resolvió por sí misma ninguna de las cuestiones que se discutían en el momento, pero creó el marco a partir del cual empezamos el largo camino que nos constituye como nación. A más dos siglos de aquella voluntad de ser “una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera” hay una cadena de acontecimientos que tenemos la obligación de conocer porque a lo largo de ellos hubo extensos periodos de temor y desorientación, de aciertos y de equivocaciones.
Hemos avanzado y retrocedido porque de esta manera se construye la vida de los hombres y de sus comunidades. No existe ningún pueblo sobre la tierra que no haya transitado los caminos de la confrontación para poder desarrollar un modelo de sociedad aceptable para la mayoría. Pero no es menos cierto que los consensos se logran con el diálogo y que cuando se silencia el fragor del combate se levantan las palabras que son las únicas que permiten entenderse y proyectar
el futuro.
Hoy, como ayer y como siempre, los argentinos seguimos discutiendo un modelo de país. Tal vez con la misma pasión y vehemencia con la que discutían los hombres de Tucumán. No tiene que asustarnos el hecho de que en algunas cuestiones pensemos diferente, lo único que debiera preocuparnos es el olvido de los mecanismos que nos ofrece la democracia para dirimir nuestras diferencias.
Las naciones más organizadas del planeta no son tales porque no tengan conflictos y contradicciones, lo son porque han consolidado un dispositivo para dirimirlas y ese dispositivo es precisamente el conjunto de reglas y procedimientos que llamamos democracia.
Uno de los aspectos esenciales de los sistemas democráticos tiene que ver precisamente con la tolerancia por la diferencia: porque vivimos en democracia podemos pensar distinto y sin embargo convivir pacíficamente. Cuando este principio básico es dejado de lado, sea quien fuera el que lo desconoce, estamos degradando a la democracia misma.
Cada época propone sus propios desafíos y también la obligación de encontrar los caminos para resolverlos. Tenemos por delante la tarea nunca concluida que tal vez soñaron los hombre de Tucumán: la de construir una nación que nos incluya a todos en un marco de justicia y equidad que dé a cada uno lo que le corresponde.
Un país de hombres libres que trabajan para el bien común plenamente conscientes que nadie se salva solo y nadie se realiza en plenitud si fracasa el proyecto de la comunidad que lo contiene.

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