La intolerencia ciudadana o la pizzería del contenedor

Información General 19 de enero de 2020 Por
El tipo estaba feliz. Había juntado unos mangos y apuntaba a unos arreglos en su casa. La situación, propia de la actividad, ameritaba utilizar un contenedor para descartar escombros; lo contrató, se lo ubicaron frente a su domicilio y allí ingresó a un mundo social hasta entonces desconocido. El asombro estaba a la vista.




Parte I
La primera emoción la tuvo en cuanto el camión que le trajo la caja de metal dobló en la esquina y los muchachos fueron a dejar la primera tanda: doña Herminda ya estaba adentro evaluando el contenido de la nada. Hubo que convencerla a la anciana (97) para que saliera, aunque ella insistía en juntar hojas secas que, obviamente, no estaban desde julio, aproximadamente.
La aventura estaba por comenzar. Durante todo el día, tanto obreros como anónimo vecindario fue dejando sus cosas, sin pedir permiso ni amagar un aporte solidario: el señor no lo permita!
Luego de una noche de anonimato activo, el primer amanecer encontró el volquete pletórico de desechos, casi todos ajenos, lo cual llevó a nuestro amigo (el tipo de marras) a elaborar una apretada síntesis de elementos hallados; a saber:
Macetas con tierra, macetas sin tierra, macetas rotas, pie de ventilador/es, cartones, plásticos, cielorraso de telegopor (en buen estado), vidrios, una (1) zapatilla “Flecha” (azul), una botella de Hesperidina (llena), una bolsa de comida para perro marca “Batuque” (Vacía), una bocha (lisa) cachada, un ejemplar del “Manual del buen uso de los residuos domésticos” (autor anónimo), más cartones, un mimeógrafo manual con una estrella federal pintada en un lateral, un fajo de boletas para las elecciones de 1973 con la fórmula Sylvestre Begnis-Eduardo Cuello, cinco vinilos de “La Joven Guardia” (hay que probarlos), dos entradas para la tertulia de “Melody”, un radiograbador “Ranser” (como nuevo), un par de pantalones de boxeo con la inscripción “Rafaela Canal 2” (posiblemente del campeón del mundo Néstor Tito Giovannini, aunque no consta), LP de Heraldo Bossio (el rutilante astro cordobés, con la voz de Gary!!), envase de vino Chapanay (tinto) y un hippy en buen estado de conservación que fue entregado al Sindicato de Músicos (no sabían qué hacer).

Parte II
Superado el primer y emotivo momento, el tipo se dio cuenta que la sorpresa por la novedad se había convertido en un tedioso reclamo, habida cuenta que ya no tenía lugar para sus escombros y que la mujer (más la suegra y la tía Porota) lo habían intimado que solucione esta confusa situación. Decidido a cumplir el mandato marital (como corresponde), se acomodó junto al ya temible y tenebroso depósito dispuesto a pasar la noche.
El hombre jura que sólo se durmió cinco minutos, entre las 5.30 y las 5.35, y que se despabiló cuando pasó el repartidor de LA OPINION. Sin embargo, el momento fue fatal: le habían dejado toda una pizzería; sí, una pizzería en retirada residual (al parecer), cuyo inventario (ante la gravedad institucional, ahora certificado ante escribano público) determinó lo siguiente:
150 litros de aceite usado (quizás comestible alguna vez), 4 tachos de aceitunas (vacío), 2 anchoas (humm…), 5 botellas de aceite (de marca, también vacías), restos de empanadas, pizzas y mortadela, lupines sueltos, “manices” (SIC) a discreción, carozos (usados), una boleta de quiniela (oficial) con el 321 a la cabeza, una chaquetilla de mozo color…parecía blanco, 4 cajones de lácteos “La ideal”, 5 bandejas (alguna vez) redondas, un almanaque de “El Gran Bazar” (año 1971) un mozo en funciones (sin confirmar) y 2 borrachos, todos los cuales –estos últimos, especialmente- que fueron restituidos a sus hogares.
Más allá de los dolores de cabeza, de las angustias reprimidas, el tipo supo elaborar un sentimiento de agradecimiento hacia quienes lo llevaron a esta situación y no guarda rencor hacia nadie. Claro que su vida cambió y no lamenta su pérdida de inocencia. La leyenda urbana asegura, sin probarlo, que el tipo rescató aquella noche una etiqueta de la pizzería que le dejó el regalo, pero no pasa de allí, un simple chisme.
Dicen que ahora contrata contenedores solo para mirarlos en las noches, para apreciar como la luna se desliza, romántica y de plata, por sus bordes metálicos, todo ello, instalado en el techo de su casa, con una gomera a mano, a la espera de visitantes, los cuales – avisados del asunto- ya no lo visitan como antes. Tampoco volvieron los productos pizzeros. Una lástima.

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