Por
Por Marcelo Rico
Era el orgullo medible:12 victorias en Fórmula 1. 45 podios.
Un campeonato mundial perdido por un solo punto. El éxito convertido en certeza.
Tuve oportunidad de verlo trotar varias veces por la costanera. Usaba un buzo gris con capucha, estacionaba su Ford Falcon gris con ruedas pitadas negras cerca de la tecnológica.
Nunca fue mi ídolo, yo era fanático de Lauda, pero el Lole era argentino, así que había que meterle garra, y apretaba los dientes junto a mi familia para que ganase.
También compartí cena con él cuando fui jefe técnico de Canal 13 de Santa Fe.
Una vez, siendo Gobernador se paró sobre el borde de la costanera vieja para verme remar y hacerme un gesto con la mano ¿de qué hacía ahí? Era invierno, lo vi parado con un sobretodo gris oscuro, solo sonreí, no debía distraerme, me faltaban dos vueltas y tenía que entrar al laburo a las ocho y media, la temperatura a las siete y cuarto de la mañana era de unos 2 ó 3 grados bajo cero y por supuesto, como recompensa me esperaba la ducha fría del club náutico Azopardo.
Ese capital simbólico —enorme, incuestionable— fue trasladado sin escalas a la política.
Como si la destreza con el volante garantizara lucidez ante el desastre.
Como si gobernar fuera una recta larga.
Fue parte de la estrategia peronista de la mano del delincuente de turno.
Argentina necesitaba eso: alguien que no dudara.
Un tipo que no hablara demasiado, que no explicara nada, que manejara recto.
Porque en un país donde todo patina, el que no derrapa parece un héroe.
Reutemann fue eso: el hombre que domaba máquinas.
La velocidad como moral.
El control como virtud.
La idea —tan ingenua como peligrosa— de que quien sabe frenar a 300 km/h sabrá frenar cualquier cosa.
La política lo esperó como esperan las viudas ricas: en silencio, con paciencia, con una sonrisa contenida.
En la pista, callarse era estilo: el “hombre serio”.
La política no le pidió ideas. Le pidió imagen. No le exigió palabra. Le exigió presencia.
Y él aceptó.
Hubo muchas anécdotas en la ciudad sobre sus actuaciones al principio de su gestión, yo pasaba por la comisaria octava de Guadalupe, mi barrio y la veía sin puertas y me daba risa, fueron interesantes sus primeros años.
Pero el 29 de abril de 2003 la realidad dobló sin aviso.
El río Salado entró por donde no debía existir una entrada:
un terraplén inconcluso, anunciado, inaugurado, celebrado con bombos y platillos… pero no terminado.
Una obra de defensa que era, en los hechos, una trampa.
En menos de 12 horas, Santa Fe quedó bajo agua.
Los números —esos que no opinan— dicen esto:
• Más del 30 % de la ciudad inundada.
• 130.000 personas afectadas, desplazadas, evacuadas tarde o directamente abandonadas.
• 28.000 viviendas dañadas o destruidas.
• Barrios enteros anegados durante semanas, convertidos en depósitos de agua estancada, basura, enfermedades.
• Pérdidas económicas estimadas en más de 1.500 millones de dólares, entre infraestructura, bienes privados, producción y comercio.
Y los muertos.
El Estado habló de 23 víctimas fatales.
Los familiares, los barrios, las organizaciones sociales hablaron de más de 150.
Muertes por ahogamiento, por infecciones, por suicidios posteriores, por abandono sanitario.
Muertes que no entraron en planillas limpias.
No hubo alerta temprana efectiva.
No hubo evacuación masiva preventiva.
No hubo una orden clara cuando todavía había tiempo.
Hubo, en cambio, silencio.
El gobernador de la provincia en ese momento era Carlos Reutemann.
El mismo al que años antes Santa Fe había detenido su vida para verlo correr.
Después del desastre, la política hizo lo que sabe hacer cuando el agua ya pasó:
ordenó responsabilidades hacia abajo.
Funcionarios intermedios fueron procesados.
Algunos condenados con penas menores.
El sistema necesitaba culpables… pero no demasiado importantes.
La obra inconclusa que fue una trampa mortal
No ocurrió “porque la lluvia fue fuerte”. Ocurrió porque la infraestructura fue incompetente, parcial e insuficiente. Quiero reiterar que esa obra fue inaugurada con bombos y platillos.
El río ingresó por una brecha en el terraplén de defensa, concretamente en la zona del Hipódromo, donde faltaban tramos de obra y la defensa estaba inconclusa.
Esos terraplenes —que debían proteger la ciudad— no solo fallaron, sino que cuando el agua entró por la brecha, ayudaron a “embalsarla” dentro de la ciudad, al impedir el escurrimiento natural del cauce.
Siete tramos del terraplén tuvieron que ser dinamitados para intentar aliviar la presión mientras las aguas ya habían hecho su daño.
Hay estudios técnicos de décadas atrás que advertían sobre el riesgo y la necesidad de completar las defensas.
Es decir: el desastre no fue natural; fue político e ingeniería fallida.
Reutemann no fue imputado.
Declaró por escrito.
Protegido por fueros.
Envuelto en formalidades.
La frase quedó para la historia como una confesión involuntaria:
“A mí nadie me avisó.”
Como si gobernar fuera esperar un llamado.
Como si la catástrofe fuera un malentendido administrativo.
El juicio legal nunca llegó a tocarlo.
El juicio político fue amortiguado.
Pero el juicio social —ese que no prescribe— quedó suspendido en la memoria.
Y entonces llegó la muerte.
Y pasó lo impensado para un mito nacional:
El pueblo no fue.
No hubo multitudes.
No hubo duelo popular.
No hubo esa marea humana que suele acompañar a los ídolos.
Hubo familiares.
Hubo dirigentes.
Hubo protocolares.
Santa Fe —la misma que se paralizaba para verlo correr— siguió caminando.
Como quien ya había llorado antes.
Como quien entendió que hay éxitos que no compensan ciertas ausencias.
Reutemann fue un piloto extraordinario. Eso es indiscutible.
Pero también fue el gobernador bajo cuyo mandato:
una ciudad se inundó, una obra clave quedó inconclusa, más de cien mil personas lo perdieron todo, decenas —o cientos— murieron y ninguna responsabilidad mayor llegó a juicio.
La historia oficial recordará los podios.
La memoria popular recuerda el agua hasta el cuello.
Y entre ambas cosas hay un abismo.
Porque el cronómetro absuelve.
La política protege.
La justicia administra silencios.
Pero el barro no olvida.
En la pista, callarse era estilo: el “hombre serio”.
En el Estado, callarse fue método: la cobardía elegante del silencio.
Y el silencio final del pueblo—ese silencio sin insultos, sin homenajes—fue la condena más dura.
No hubo aplauso. No hubo perdón. Solo continuidad como si Lole no hubiera existido nunca.
Y eso, en un país como este, es el veredicto más cruel de todos.