Por REDACCIÓN
Por Hugo Borgna
“Gracias a la vida que me ha dado tanto…”
¿Qué puede representar ese “tanto” para Violeta Parra? Pone un énfasis muy notorio, cuando alude “me dio dos luceros, que cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco y en el alto cielo su fondo estrellado, y en las multitudes, el hombre que yo amo. O “…el oído que en todo su ancho graba noches y días, grillos y canarios (…) y la voz tan tierna de mi bien amado”
Una vida para el arte. A la composición y al canto.
Puede, mucho más que otros beneficiados, estar agradecida a la vida, aunque la apreciación generalizada a veces contiene el impuesto por vivir de lo auténtico.
Violeta del Carmen Parra Sandoval nació en la localidad chilena de San Carlos el 4 de octubre de 1917. Se considera que su contribución al quehacer artístico chileno es de decisiva trascendencia, no sólo para el folclore trasandino, sino también en cuanto a la llegada al continente, con versiones de sus canciones por reconocidos artistas, durante un recorrido de más de 40 años. Un alto nivel de reconocimiento como expresión auténtica de identidad con plena fuerza artística y sociocultural. La casa natal de Violeta Parra, en san Carlos, está declarada monumento histórico desde 1992. Violeta Parra llevó consigo sensaciones de fuerte impacto. Directas, incontrastables, dedicadas al abecedario, su sonido con las palabras (madre, amigo), alumbrando la ruta del alma.
Transcurrió su infancia principalmente en el campo hasta que la familia se trasladó a Santiago, luego se instalaron en Lautaro y, finalmente, lo hicieron en la población Villa Alegre.
Los miembros de esa numerosa familia revelaron precozmente su inclinación al espectáculo: los artistas de los circos que se instalaban en las proximidades se disfrazaban con atuendos de papel.
Violeta y su hermano Lalo crearon un dúo y montaron varias representaciones por las que cobraban a través de los niños. En ese marco, Violeta empezó a tocar la guitarra a los 9 años y a los doce compuso sus primeras canciones.
Realizó cursos primarios y estuvo un año en la escuela Normal, pero debió abandonar sus estudios para atender las necesidades de la familia. Los hijos lograron sobrevivir yendo a cantar en restaurantes, posadas, circos, trenes, campos, pueblos, en la calle o en burdeles.
En 1932 Violeta y su hermano mayor se fueron a vivir a Santiago, lugar donde fueron también otros miembros de la familia. Su destino era el canto y, lugar donde se instalaban, lo practicaban como medio de vida y, al mismo tiempo, era la herramienta con la que forjaban el grupo familiar.
Junto a su hermana Hilda formaron un dúo. Ella contrajo matrimonio y sus hijos fueron un nuevo motivo para vivir en familia con trabajo y unión; todo mientras ella se perfeccionaba asumiendo con responsabilidad propia la defensa de la auténtica música chilena.
“Gracias a la vida…sus pies cansados la llevaron a ciudades y charcos, playas y desiertos y refiriéndose al hombre amado, “a la casa tuya, tu casa y tu patio”
Su profusa actividad con la música la llevó a conocer diversos poetas, entre ellos Pablo Neruda, y a encarar viajes que enriquecerían su vocación irresistible. Cantó en radios chilenas y grabó discos.
Invitada a presentarse a un festival juvenil en Varsovia, en ese viaje se ocupó de conocer otros países de Europa. En París en 1956 grabó su primer disco de Larga Duración (Guitare et chant, chants et danses du Chili).
El éxito obtenido en Europa era inédito para ella y cualquier otro artista chileno. Violeta se llenó de formación y creatividad. Esa apasionada y prolífica carrera debía, naturalmente, traerla a Argentina, donde cantó y exhibió cuadros de su autoría. Participó además con miembros de su familia en actuaciones en Finlandia, Unión Soviética, Alemania, Italia y Francia, donde dio recitales y expuso con énfasis sus conocimientos, los que tenía y que iba asimilando.
“Gracias… (…) me dio el corazón, que agita su marco, cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando veo al bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros.”
En 1965 volvió a Chile. Instaló una gran carpa con el objeto de constituirla en importante centro de cultura folclórica, junto con algunos de sus hijos y otros artistas nacionales, pero no encontró el necesario apoyo del público.
Hay datos y fechas de la vida de los artistas que resultan dolorosos si se los pone a la luz del conocimiento público. Violeta Parra debió haber sido premiada por la vida con mucho más de lo que recibió en sus últimos años, esos que transcurrieron después de su último regreso a Chile.
Situaciones de desengaños amorosos pudieron haberle causado una dolorosa depresión. Murió de propia mano a los 49 años.
En una última carta a su hermano Nicanor escribió: “…yo no me suicido por amor, lo hago por el orgullo que rebalsa (sic) a los mediocres”.
Dijo Neruda: “En el cantar a lo humano y a lo divino, voluntariosa hiciste tu silencio, sin otra enfermedad que la tristeza”.