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Sociales Martes 24 de Febrero de 2026

Sensaciones y sentimientos: La última nieve de primavera

Recordamos con nostalgia haberla visto, emocionados como pocas veces, en una sala de cine.

Agrandar imagen Poster anunciando la proyección.
Poster anunciando la proyección. Crédito: todocoleccion

Por Hugo Borgna

En este largo tiempo de versiones nuevas de películas emblemáticas de un período rápidamente ubicado en la memoria (familiarmente conocidas como remakes), se ha desarrollado la tendencia de apreciar definitivamente la “original”, una estimación que aumenta a medida que transcurren las exhibiciones en cine. O en casa, donde es posible verla en televisores con calidad 4K.

El equilibrio armónico de las películas originales no revive cuando se filma, por lo menos 20 años después, la misma historia dirigida a un público que ha conocido y convivido con nuevas costumbres, habiendo incorporado otros hábitos, elementos y enfoques de los actos cotidianos.

No es que se tenga noticia de que exista el proyecto de producir una versión nueva de “La última nieve de primavera”, pero la referencia viene al caso como (esperamos) sea preventiva.

Se filmó en 1973. Protagonizaron Bekim Fehmiu como el padre (viudo), Agostina Belli como la novia y el niño de diez años Renato Cestie. La música original fue compuesta y ejecutada por Franco Micalizi.

Recordamos con nostalgia haberla visto, emocionados como pocas veces, en una sala de cine. No había entonces la posibilidad (ni siquiera soñada) de verla en cada casa mediante tecnologías que permitieran (como ahora) volver hacia atrás una escena y producir pausas, apreciando los nuevos detalles de excelente definición por parte de la tecnología.

“La última nieve de primavera” apunta directamente a los sentimientos. Aunque se apoya en “lugares comunes” -esos que hacen bajar a veces la calificación de un producto del cine- encuentra el modo de hacerlo con la misma naturalidad que tiene la vida de presentarse a cualquier espectador cuando a ella se le ocurre.

Tiene muchos lugares comunes, y también golpes bajos. Es una película donde la tristeza no necesita de un creativo sutil para destacarse. El protagonista es verdaderamente un niño que se convierte en los ojos y en los sentimientos del resto de su familia: ella está directamente en reparación. Quiere hacerlo la novia de su padre quien, atento al vacío que padecen su viudo y el hijo, hace lo imposible para el padre se conecte afectivamente con el niño: la excusa de trabajo pendiente y de hacer rendir su tiempo en cosas “útiles” es su explicación permanente, y esos momentos son robados al trato con su hijo. La novia, como alguien no perteneciente a esa familia original, por buena voluntad que pone no puede impedir el sufrimiento del niño ante esa falencia, como tampoco advierte la vida sin sentimientos del padre, incluso mostrándose como playboy u hombre exitoso.

Se supone con mucha certeza que no se debe ensañarse con los lugares comunes (por algo llegan a tener tanta presencia en los argumentos de películas). Uno de ellos es decir que un niño (en este caso Renato Cestie) “se roba la película”; un robo permitido, necesario para que el final llegue con toda la carga de emoción.

El otro lugar común, que se elude por lo general en las escenas de película en busca de una armonía general y un equilibrio, es el de las lágrimas, un recurso que debe presentarse en dosis digeribles para el espectador. En “La última nieve de primavera” se advierte que cerrará la acción con ellas el director, pero el espectador se apresta a sentirse bien en su presencia.

La última escena es para sufrir. El relato, preparado con clara minuciosidad, se ubica en unnecesario parque de diversiones abierto especialmente por un pedido extremo del padre, para que dé vida al circular momento de la noche. El contraste entre la oscuridad reinante y la luz de los sentimientos profundos estalla en gotas desde los corazones abiertos de los espectadores. Un dolor necesario, imprescindible para dar paso a una sensación nueva, una dulce tristeza que bendice al naciente estado de ánimo.

La película no deprime. Si bien golpea, los sentimientos bellos como el amor y la entrega a quienes se ama, asoman con los últimos títulos acompañando la sensitiva música de Franco Micalizi, en prudente piano y compañeros violines, cómplices todos de un acto de homenaje a la sensibilidad más pura, lejos de la sensiblería. Que sí es un pecado del arte.

“La última nieve de primavera” configura el ejemplo de una realización impecable, una películacon todos los elementos para ser versión única y final. No deja espacio para inoportunas y nunca eficaces remakes.

Se ve y saborea desde el alma. El esplendor del expresivo sentir italiano (que tanto tiene que agradecerle el cine) la asegura como pieza única, con el paisaje nevado que acompaña y es protagonista, depositando sensaciones que avanzan desde el corazón a los ojos.

Una nieve perdurable como el tiempo interior, abierta a las experiencias que parece sugerir la blanca, expectante, temblorosa vida.

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