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Sociales Martes 15 de Julio de 2025

Sensaciones y sentimientos: Doña Petrona y el gató

No necesitó esta vez buscar; el libro “Recetas de Doña Petrona” estaba a la vista y parecía, como en el caso de Alicia, que un cartel dijera “léeme”.

Agrandar imagen Doña Petrona C. de Gandulfo.
Doña Petrona C. de Gandulfo. Crédito: eGourmet

Por Hugo Borgna

Fue el mismo niño que se había sorprendido en casa de tía Magdalena, al comprobar que un dibujante había conseguido que se viera distinta una cara mediante retoque de detalles. Respecto de la tía, descubrió otras hazañas, pero éstas en la cocina.

No necesitó esta vez buscar; el libro “Recetas de Doña Petrona” estaba a la vista y parecía, como en el caso de Alicia, que un cartel dijera “léeme” o, más apropiadamente, “cómeme”. Y algo así pasaba con los productos de Doña Petrona, hoy con el mismo prestigio de hace bastantes años. No se conoce tanto de sus comienzos. Será bueno que tiremos de esa punta.

Esta santiagueña nacida en La Banda el 29 de junio de 1898 fue bautizada con el nombre de Petrona Gandulfo. También usó, más tarde, el apellido “Carrizo”. Hizo sus primeras recetas -armas no tan secretas- en el que dicen que es el mejor lugar para experimentar: la cocina de una casa. Le “ayudaba” entonces a su madre, y a los quince años su futuro de consagración ya llamaba a su puerta: se escapó de su casa para ir a vivir en una estancia, huyendo de un matrimonio, que se le estaba imponiendo, con un señor con el que obviamente no simpatizaba.

Hasta ahora, lectores, tuvieron información de los primeros tiempos, pero… ¿cómo y cuando llegó a Buenos Aires, donde conoció el esplendor de la pantalla chica que agranda los egos?

En un canal de televisión, siendo una moda sin fin los programas de recetas, decidieron rescatar cocineras autóctonas. De un grupo de ellas participó la incipiente “Petrona Gandulfo”. Ese conjunto se fue desgranando hasta que quedó ella sola, luciéndose y originando un programa del que fue figura exclusiva; fue la oportunidad en que ganó respeto para todos los tiempos, incluido este presente en que los ofrecimientos brillan con luz propia, mediante especialistas de otros apreciados apellidos.

Cocinó a fuego moderado, a veces lento cuando se requería, 93 años de vida. Quedaron sabrosos documentos de su arte en libros con variantes únicas de cocina, generosa cantidad de recetas en libros donde eran primera figura los gâteaux, exquisitas tortas en que garantizaban sabor “200 gramos de manteca”, que elevaban también el costo final de las hechas artesanalmente por puntuales cocineras hogareñas, seguidoras fieles de las instrucciones impresas.

En ese tiempo, igual que ahora, las amas de casa tenían hijos que saciaban su curiosidad de información y veían en los libros de Doña Petrona” cómo el gálico gâteau se convertía por el poder de un cambio de idioma, en un “gató”.

Así. Simple y directo, motivando a los niños de la casa, bromistas vocacionales, que agregaban algo a la traducción (ahora ya con acento) resultando que era un “gató…de angora”.

Eran tiempos para estar y vivir en las cocinas donde no faltaba la torta “Royál de manteca”. Que permitieron la aprobación y el lucimiento de la ecónoma (también lo fue Petrona), quien además había aprendido detalles de presentación de los platos y el necesario protocolo, propios de la presentación en la mesa. Aconsejaba, cuando se comenzaba con fiambre, que éste no fuera abundante: los comensales no tendrían el lugar reservado en el plato principal, como instancia protagonista del sabor: lo que se dice, y con verdad, que ese consejo y otros por el estilo, buscaban satisfacer las exigencias de paladares selectos.

¿Y el gató?

¿Qué fue del merodeador de cocinas, autor de incontables modos de maullidos?

¿En qué recuerdos se estará relamiendo?

¿Será que necesita los 200 gramos de manteca para configurar un auténtico “gató”?

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