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Región Miércoles 22 de Julio de 2026

Melcho, los ojos de un pueblo

Memoria de un fotógrafo que hizo de Sunchales su archivo y de la amistad un oficio silencioso

Agrandar imagen Fernando Ángel Melchiori.
Fernando Ángel Melchiori. Crédito: Marcelo Rico

Por Marcelo Rico

Durante décadas, Fernando Ángel Melchiori recorrió Sunchales en bicicleta, con la cámara y aquel enorme flash lateral asomando del canasto como una antena extraña. No hacía falta contratarlo ni explicarle gran cosa. Melcho aparecía. Y cuando uno se daba cuenta, ya estaba trabajando.

Estaba en la iglesia cuando había un bautismo, una comunión o un casamiento. Estaba en las fiestas de barrio, en los partidos de fútbol, en las colaciones de los estudiantes y en esas ceremonias pequeñas con las que una familia intenta salvar un pedazo de su historia.

Yo lo conocí precisamente en la iglesia, haciendo bautismos. Fue mi «hola» contra su «buenas tardes» y, sin más protocolo, nos pusimos a trabajar. Noté enseguida que le hacía fotos a todo el mundo, incluidos mis clientes. Una manera bastante directa de presentarse.

Un día llegó a mi estudio y me explicó cuál era su situación. Decidí ayudarlo. De a poco, casi sin ceremonia, nos fuimos haciendo amigos. Además, como compartíamos el medio gráfico y trabajábamos para diarios, nos cruzábamos seguido. La amistad no tuvo fecha de inauguración. Fue ocurriendo entre cámaras, coberturas y cafés.

Era el fotógrafo del pueblo. No por decreto, ni por una placa municipal —por suerte—, sino porque había quedado pegado al paisaje. Verlo avanzar despacio en bicicleta por las avenidas del centro o el barrio Moreno, sobre todo de noche —vaya uno a saber por qué demoraba tanto—, o por cualquier calle de Sunchales, era tan normal como ver abrir los negocios o escuchar las campanas de la iglesia.

Cuando yo vivía en avenida Independencia, lo veía pasar desde el balcón. Al día siguiente —o varios días después— le decía:

—Che, te vi anoche rumbo al ferrocarril.

—Sí —contestaba—. Salí a bajar el azúcar.

—Ah, mirá vos... Pero demoraste más de una hora en pegar la vuelta.

Melcho miraba hacia un costado y respondía:

—La curva estaba complicada.

Durante muchos años fue también los ojos del diario La Opinión en Sunchales. Me tocó trabajar junto a él en fotoperiodismo, sobre todo con el ascenso de Libertad al TNA y luego a la Liga Nacional como reporteros gráficos. Cubríamos partidos, actos, accidentes y noticias de esas que al día siguiente parecen haber ocurrido solas, como si el diario creciera de un árbol. Pero detrás había alguien que había llegado con una cámara, había mirado, había esperado y había hecho el trabajo.

En los tiempos del negativo, después de una cobertura, Melcho sacaba el teléfono, llamaba a la periodista Marilú Colautti y decía con total naturalidad:

“Señora, las fotos van en el colectivo.”

Y las fotos realmente viajaban en colectivo. El rollo tenía que llegar a Rafaela, ser revelado, ampliado y publicado. No había pantalla para revisar la toma ni archivo que pudiera enviarse en segundos. Había que conocer el oficio, confiar en la cámara y esperar que el sobre llegara. La fotografía no terminaba al apretar el disparador: todavía tenía que sobrevivir al viaje, al colectivo y a la Argentina.

Melcho siempre tomaba precauciones: usaba hasta tres cámaras. Un día lo miré y le dije:

—Che, parece que vas a la guerra. ¿Qué haces con tres cámaras?

Me miró y respondió:

—Es por si una falla.

Así era él. Una respuesta corta para una precaución enorme.

Después llegó la era digital, con esa promesa de facilitarlo todo que suele ser la manera elegante de anunciar problemas nuevos. Las imágenes empezaron a viajar por correo electrónico y Melcho se adaptó como pudo: preguntando, probando, equivocándose, volviendo a probar y usando esas artimañas que inventa quien no domina una herramienta, pero se niega a dejarse derrotar por ella.

Se tomaba tan en serio la responsabilidad con el diario que pagaba dos conexiones distintas de internet. Si una fallaba, estaba la otra. No quería problemas con la editorial ni que una noticia quedara sin publicar porque se había caído la conexión. Era excesivo, sí. Pero también era Melcho: el trabajo no estaba terminado hasta que la fotografía llegaba.

La fotografía le venía de familia. Su padre había pertenecido a ese mundo y, según contaba Melcho, había estado en contacto con el padre de Marcos Galperín en los tiempos en que se importaban cámaras Minolta y otros artículos. En la fotografía que hoy comparto aparece con una de aquellas Minolta. Más tarde, cuando pasó a digital, eligió Canon.

Con más de sesenta años tuvo que discutir con una tecnología completamente nueva. Venía a mi casa con la cámara, la computadora, una duda o un problema que a veces ni él sabía explicar. Yo había tenido mi propio minilab, revelaba mis fotografías y trabajaba con impresoras, perfiles y calibraciones. De modo que Melcho me convirtió, sin consultarme demasiado, en una especie de santo patrono del cable, la tinta y el Photoshop.

Compró dos impresoras y el equipo que yo le había indicado. Durante semanas, tal vez meses, instalamos programas, activamos máquinas, calibramos monitores y tratamos de conseguir que aquella computadora —que resoplaba con solo abrir una imagen— hiciera algo razonablemente útil. Le instalé una versión vieja de Photoshop, una que la máquina pudiera soportar sin pedir la extremaunción, y le enseñé lo básico para trabajar.

No iba a convertirse en especialista en gestión de color. Tampoco hacía falta. Aprendió a corregir una imagen, ajustar lo indispensable, preparar un archivo e imprimirlo. Yo era su muleta tecnológica, su consulta permanente.

—che, ¿estas vivo?, pegate una vuelta.

Y uno iba. Primero estaba el café; después, si quedaba tiempo y paciencia, veíamos qué nueva rebelión había organizado la computadora. Con los años él también terminó enseñándome sus propios atajos: soluciones nacidas de la prueba y el error, pequeñas trampas domésticas que ningún manual se atrevería a reconocer.

Aquello era un intercambio. A él le permitía seguir produciendo e imprimiendo sus trabajos; a mí me servía porque, de vez en cuando, podía imprimir allí algunas fotografías para los míos. Entre cables, cartuchos, perfiles, monitores y versiones antiguas de Photoshop armamos una sociedad de auxilio mutuo. Sin estatuto, sin tesorero y, quizá por eso, bastante más seria que muchas sociedades.

Lo admirable no era que entendiera todo. No entendía todo. Lo admirable era que no se retiraba. A una edad en la que muchos se entregan a la frase más cómoda —“esto ya no es para mí”—, Melcho no protestaba, se confundía, olvidaba un procedimiento, volvía a preguntar y seguía pero no protestaba. La tecnología digital le permitió sumar algún ingreso a su jubilación, pero sobre todo le permitió continuar haciendo lo que amaba.

Porque Melcho no fotografiaba solamente para ganarse la vida. Fotografiar era su manera de estar vivo.

También había atravesado tiempos duros. En algún momento fue “arbolito” y una de esas vueltas del dólar que arruinan a los de abajo y enriquecen a los de siempre lo dejó muy mal parado. Le llevó años pagar aquella deuda. Pero la pagó. Para él una deuda no era solamente dinero: era la palabra.

Llevaba además una vieja herida sentimental. Había sido traicionado por un amor en su juventud y prometió no casarse nunca. Cumplió la promesa con una disciplina casi religiosa, aunque algunas mujeres pasaron discretamente por su vida. Hablaba de aquello con ironía y melancolía, como quien sabe que el amor también revela negativos que uno preferiría dejar guardados.

Una vez llegué a su casa y me recibió con la frase de siempre:

—Tengo la pava lista, vamos a tomar un café, vení a la cocina.

Fuimos a la cocina. Al pasar vi sobre su cama una valija abierta, preparada con una prolijidad casi ceremonial. Había ropa, zapatos y hasta un saco con una corbata esperando a un costado.

—Che, ¿vas a viajar?

—Sí —me respondió—. Me voy hoy a Buenos Aires por unos días.

—¿Y qué vas a hacer allá?

—Tengo que ver cómo está la cosa. Voy a reunirme con antiguos distribuidores y actualizarme sobre la situación.

—Qué bueno —le dije—. ¿Y vas de traje?

Me miró apenas.

—Tengo otras cosas que hacer.

Ya no había más que preguntar. Melcho sabía cerrar una puerta sin necesidad de cerrarla.

Después de su muerte me enteré de que esas y otras intimidades solo las conocía yo. Ninguno de sus familiares había tenido acceso a esa parte de su vida. Hay amistades que no preguntan demasiado y, sin embargo, terminan sabiendo dónde duele.

Padecía diabetes tipo 1 y tenía que aplicarse insulina todos los días. Aun así, seguía pedaleando por Sunchales, cargando el equipo y llegando a cada acontecimiento. La enfermedad estaba en su vida, claro, pero nunca consiguió quedarse con toda la biografía.

En los últimos años compartimos muchos cafés, en su casa o en la mía. Hablábamos de fotografía, de cámaras, de mujeres, del pueblo y de esas historias que parecen poca cosa hasta que pasa el tiempo y uno descubre que eran casi todo.

También coincidíamos trabajando en las colaciones de quinto año. En algún momento de la noche se acercaba y decía:

—Bueno, compañero, vamos a hacer un parate.

El parate consistía en dos fernets. Uno lo pagaba él y el otro yo. Una economía perfectamente equilibrada, rareza nacional, en medio del trabajo, las fotografías, los estudiantes y las familias.

Tenía otra ceremonia: el cumpleaños. Se lo tomaba muy en serio y lo festejaba con una raviolada a la antigua. La salsa, que empezaba a preparar dos o tres días antes, era herencia de su mamá. Algunos heredan campos, joyas o apellidos importantes. Melcho había heredado una salsa y sabía perfectamente cuál de todas esas cosas valía la pena.

Hoy, cada junio, hago una raviolada con amigos para recordarlo. La memoria también necesita comer.

Amaba su familia, si, se deleitaba hablando de sus padres, de sus nietos postizos, sobrinos, hermanos… que va, en las cosas sencillas para él estaba la felicidad.

Melcho era un tipo noble. No de esos que se cuelgan la nobleza en la solapa, sino de los que pagan una deuda, devuelven una llamada, hacen el trabajo y están cuando hay que estar. Con él se podía hablar, compartir un silencio o pedir una mano. Siempre estaba. Por eso ahora falta de una manera tan precisa.

Las personas no son repuestos. Uno conoce otra gente, hace nuevos amigos, sigue viviendo porque no queda otra. Pero el lugar de cada uno conserva su forma. No hay reemplazo universal para un amigo.

Durante muchos años Melcho fue los ojos de La Opinión en Sunchales. Pero fue bastante más que eso: fue parte del paisaje humano del pueblo, uno de esos personajes que una comunidad cree eternos hasta el día en que descubre que también podían morirse.

Su bicicleta está hoy en mi casa. Melcho no. Intenté entregarla a cambio de una sola cosa: que la pusieran en valor. No lo logré. Esa diferencia brutal y sencilla es, tal vez, todo lo que hay que saber sobre la muerte.

A veces la miro y ya no veo un objeto. Lo veo alejándose despacio, con la cámara y el flash asomando del canasto, rumbo a una iglesia, una cancha, una fiesta, una colación o una noticia que todavía no sabía que iba a convertirse en recuerdo.

La bicicleta quedó. Las fotografías también. Y cada tanto me gusta pensar que Melcho todavía anda por ahí, demorándose en el barrio Moreno, con tres cámaras por si una falla.

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