Cómo y dónde viví mi infancia* por Cristián Hernández Larguía - director coral (Rosario)

La Palabra 23 de enero de 2016 Por
Qué hubo en ella para que mi vida se orientara al arte

Qué hubo en ella para que mi vida se orientara al arte

Es una pregunta breve, que da lugar a una larga respuesta. Nací en Buenos Aires muy cerca de las Barrancas de Belgrano, al lado de la estación de trenes. Al año fui a vivir al campo. A los dos años vine a Rosario, ciudad que nunca más abandoné. Con mi hermano Iván tuvimos una infancia envidiable: gran libertad controlada, padres excepcionales que se ocuparon y preocuparon por darnos una buena educación, basada en la cultura y el respeto al prójimo. Especialmente al sexo opuesto. Mi abuelo, Lucio Correa Morales, fue el primer escultor nacido en la Argentina, que tuvo el país. Varias de sus esculturas se encuentran en parques y plazas de Buenos Aires. “El Negro Falucho” es la primera escultura de autor argentino, erigida en un paseo público, en el país. Entre sus alumnos más distinguidos, se encuentran: Pablo Curatela Manes, Pedro Zonza Briano, Rogelio Yrurtia… Era muy amigo del Perito Moreno, a quien acompañó en sus exploraciones por la Patagonia, en carácter de fotógrafo y dibujante. Tocaba la guitarra, la mandolina y la flauta travesera. El grupo escultórico “La Cautiva”, está emplazado frente al Museo Nacional de Bellas Artes. En San Juan se encuentra el monumento a Fray Justo Santamaría de Oro. En la ciudad de Córdoba el monumento al Deán Funes. En Mercedes, provincia de Buenos Aires, la estatua de Bartolomé Mitre. Mi abuela, Elina González Acha, perteneció a la primera camada de maestras sarmientinas y se hizo cargo de la Dirección de la Escuela Normal Nº1 de Buenos Aires, a los quince años. Pintaba y ganó en 1915 un premio en una exposición realizada en San Francisco, Estados Unidos.  Escribió varios libros dedicados a la lectura en la escuela primaria y otros dedicados a los niños. Uno de estos fue premiado en Estados Unidos.

Fue una de las primeras feministas argentinas junto a la doctora. Cecilia Grierson, y otras. Fue socia fundadora de la Sociedad Geográfica Argentina y Presidente de la misma, hasta su muerte. Dominaba seis idiomas, entre ellos el griego y el latín. Junto a mi abuelo se dedicó a defender los reclamos de tierras de los indios onas. Cuando mi abuelo murió, el féretro fue cubierto por un poncho tejido por los indios en su homenaje. Mi tía Lía -hija de Lucio y Elina- pintora, tiene varias obras en el Museo Nacional de Bellas Artes, y casó con el escultor Rogelio Yrurtia, alumno del abuelo Lucio. Mi padre, que se interesaba por las Bellas Artes, fue arquitecto y proyectó el Museo Municipal local, del cual fue su primer director. Mi casa paterna era un museo. Todas las paredes, hasta los mínimos huecos, salvo la cocina y los baños, estaban tapizadas de obras de pintores argentinos, además, una importante colección de obras coloniales de la Escuela Cuzqueña. Pero quizá lo que más nos marcó, fueron los almuerzos y cenas en mi casa paterna. Allí podíamos, con mi hermano Iván, encontrarnos, con Jorge Luis Borges, Roberto Giusti, Francisco Romero, el pintor japonés Tsuguhauri Foujita, el grabador húngaro Sergio Sergi, las hermanas Cossettini, Julio Payró, Jorge Romero Brest, músicos, artistas plásticos, escritores, poetas, filósofos, en fin, como solía decir mi hermano Iván:”Con esos antecedentes y con un entorno cultural como ése, salvo que fuéramos unos paquidermos, algo debió quedarnos”.

Entre tantos personajes que circularon por la casa paterna, había uno, por entonces, conocido como Héctor Roberto Chavero Aramburu. Años después Atahualpa Yupanqui. Sucede que Juan, el hermano de mi padre, vivía con don Ata y el poeta gauchesco uruguayo, Romildo Riso, autor del texto de “Los ejes de mi carreta”, la conocida obra a la cual Yupanqui le puso música. Se daba entonces, que Chavero nos visitara, de vez en cuando, para darnos una guitarreada. Como usted verá, la cosa era muy variada: Había de todo como en botica. Pero hay más: mi casa era una de puertas abiertas, y era una norma que los domingos, para la hora del té -five o’clock tea- se arrimaran una cantidad de jóvenes, entre los que podían encontrarse, especialmente poetas y escritores: Felipe Aldana,  Jorge Riestra, Irma Peyrano, Rodolfo Vinaqua, y otros que he olvidado. Piense que estoy hablando de la época de la Segunda Guerra Mundial. Mis padres figuraban como otros más de la patota. Mi padre, Don Hilarión, preparaba los infaltables scones. En la mesa se daban cita los nombrados, más otros amigas y amigos, donde frecuentemente se producían “acercamientos”, algunos de ellos duraderos. Durante un año se agregó a la Patota Dominguera, el doctor Erwin Leuchter. Es decir, que si bien es cierto que se trataba de una reunión de amigos, eso no excluía el tratamiento de temas trascendentes. Hacia el final de la reunión -19,30- era de cajón reunirnos alrededor del piano y cantar los himnos de los aliados -Segunda Guerra- y canciones antinazis como Die Moorsoldaten.... También las canciones que habían cantado los Republicanos en la Guerra Civil Española: ¡Ay, Carmela!, “Los cuatro generales”, “La Internacional”, etcétera, entre las que nunca faltaba: “Si los curas y monjas supieran la paliza que van a llevar, subirían al coro cantando ¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Libertad!”.

 

Cuándo se me ocurrió crear el Pro Música de Rosario y con qué objetivos

 

Otra pregunta sencilla pero vistosa. Mi interés por la Música Antigua se había despertado, como dije, cuando comencé a estudiar piano con una profesora que era clavecinista. Fue a principios de la década del 40, cuando pude concretar ese interés, en mí latente, por dicha música. Se produjo cuando me hice cargo del Coro de Alumnos y creé el Quinteto de Madrigalistas de la Cultural Inglesa. Con el Coro de alumnos realicé algunas obras de la Edad Media. Con los Madrigalistas realizábamos música del Renacimiento inglés. De cualquier forma debo destacar, que por esos años hablar de flautas dulces o de laúdes, era hablar de instrumentos exóticos. De hecho, las partes de laúd, con el Grupo de Madrigalistas, las realizábamos con una guitarra. Recién, finalizada la Segunda Guerra Mundial, fue posible conseguir el material musical y los instrumentos adecuados para hacer esas músicas: Edad Media y Renacimiento. Concretando: lo de la Música Antigua, se me había ocurrido allá lejos y hacía tiempo, pero recién pude llevar a cabo la idea, alrededor de 1960. El obvio objetivo: gozar y dar a conocer esas músicas, por esos años, prácticamente desconocidas. Somos considerados pioneros en la difusión de esas músicas a nivel nacional. También en la difusión de la Música Colonial Latinoamericana.

 

Qué valor le asigno al canto coral. De qué otros proyectos participé

 

El canto coral es la única actividad artística que está al alcance del hombre común.

Con Pro Música, hace más de treinta años que realizamos algo que llamamos “Cantemos la Navidad”, donde enseñamos al pueblo a cantar con nosotros algunos villancicos navideños. En algunos de esos “Cantemos”, realizados en el Patio Cívico del Monumento Nacional a la Bandera, hemos llegado a congregar unas dieciocho mil personas -algunos dicen veinte mil-, que, como digo, cantan con nosotros. A veces, a dos voces. A veces, Corales de Bach…

 

*El texto pertenece a la entrevista realizada por Raúl Vigini a Cristián Hernández Larguía

Dicen de Cristián

Cristián Hernández Larguía, prócer de la cultura universal

A la Argentina la honraron eminentes personalidades. Baste con citar a Jorge Luis Borges entre dicha pléyade. Algunos conquistaron premios Nobel. Cristián Hernández Larguía no lo precisó por ser uno de nuestros próceres. Porque no solo fueron próceres quienes manejaron la espada y el fusil en defensa de nuestro país, o los que nos salvaron del oscurantismo mediante la pluma y la palabra en la escuela. También lo fueron las personalidades de alta calidad y dignidad. Y sobre todo los pocos que dejan huellas palpables e imborrables en el hombre común. Por esto, la gesta de Cristián Hernández Larguía no se reduce al grupo vocal instrumental Pro Música de Rosario, que fundó en 1962; ni por haber sido director titular del galardonado Coro Estable, y de su Grupo Juvenil desde 1946, y de la Orquesta de Cámara de Rosario. Es más aún por la fabulosa irradiación del Pro Música a través de su decena de organismos dedicados a la enseñanza y al fomento de la música desde la niñez con diversos conjuntos, la gran epopeya de Hernández Larguía. Su nombre quedará impreso en la memoria de cientos de miles de músicos y oyentes que pudieron cultivar y conocer la música antigua, desde las épocas del Medioevo y el Renacimiento hasta la del Barroco.

René Vargas Vera - crítico de música y compositor

 

Cristián es mi gran maestro, mucho de lo que hago y soy se lo debo a él. Que se entienda claramente: no es que con Cristián aprendía Dirección Coral y por eso salí Luthier, no: eso en el derrotero de mi vida fue tan solo una bifurcación inesperada. Hoy somos muy buenos amigos, nos juntamos las dos parejas cada vez que podemos (nosotros somos los grandes hombres que estamos detrás de Carina y Carolina). Me da mucho placer encontrarme con él y continuar aprendiendo. Porque sigue descubriendo y revelando secretos. Lo que nunca quiso contarme es el secreto de la eterna juventud.

Carlos López Puccio - dirige Estudio Coral de Buenos Aires e integra Les Luthiers

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