El arte de nutrir el alma propia

Información General 02 de octubre de 2019 Por
Un grupo de músicos coordina una orquesta de chicos humildes, cartoneros de familia y dispuestos a salir adelante con el arte como vehículo entre su realidad y el futuro. ¿Qué se dice de la envidia en ciertas ocasiones?
ARCHIVO EDP A PLENO. El grupo “Tras cartón” en su debut en el Hotel Bauen.
ARCHIVO EDP A PLENO. El grupo “Tras cartón” en su debut en el Hotel Bauen.

La madrugada se asoma tan despaciosa como primaveral en el amanecer de la capital santafesina. Los micros llegan y salen; bufan sus respiraciones viciadas de gasoil y se escuchan las voces de siempre.
Hay color en el ambiente, pero sin mayores variantes; rojo y negro. Son los hinchas de Colón que se preparan para viajar a Belo Horizonte para ser parte de la experiencia histórica de su club. Se juntan valijas, mochilas, gaseosas, bolsa de pan, algunas cajas de “branca” y se percibe el rumor de lo colectivo como animador sublime.
No es posible determinar edades ni sexo ni otras de las cosas que los prejuiciosos de siempre aportan para este tipo de caso. Se sabe que es un día y medio de viaje, de hospedaje incierto y un retorno que puede ser festivo e inolvidable o un largo camino por la tristeza.
Los hechos dirán que fue lo primero. Me quedo con los comentarios que recojo a un costado de quienes no tendremos este privilegio de vivir estas aventuras, aunque no nos guste el fútbol, lo que no es mi caso. Ninguno de los que pasa se priva de nada: desde citar el costo del pasaje hasta que nadie tiene ganas de trabajar, pasando por el infaltable recurso ese de preguntarse dónde está la miseria si “estos viajan” (SIC).
Todo un muestrario de prejuicios que harían las delicias de mi tía Porota que no tenía piedad ni para el loro a la hora de meterse en la vida y las actitudes ajenas, que uno no desconoce, pero que deberá reconocer novedades en cuanto a calificativos. Todas penosas, por cierto. Por estar en veda electoral, el autor omitirá las atribuciones de color político. Ni hace falta.
Un señora pituca, como diría Landrú, que espera el bus para ir al aeropuerto expone un cuadro tarifario de valores y virtudes morales para definir lo que aparece ante sus ojos. Hay que decir que el se dirige al aeropuerto viaja en bus, el resto le dice micro, colectivo o el más porteño “bondi”, todo hay que decirlo. Las cosas como son.

Viva la vida!!!

Atardecer de un día siempre agitado en la gran metrópoli. La avenida Callao es una inmensa serpiente de ruidos y colores que se desangra de autos y peatones.
El Hotel Bauen resiste con el aporte de sus laburantes el asedio del escenario con forma de cooperativa. El salón principal acoge la presentación de un libro autoría de Rolando Goldman, un charanguista de alto reconocimiento. Hay sala plena y ambiente de cultura en sus más diversas manifestaciones, pero eso es solo una parte. El plato fuerte es el debut de una orquesta de chicos (10 a 14 años, quizás, no se menciona el detalle) que dirige el hijo del artista antes mencionado: Julián Goldman, ayudado por otros colegas que sirve de guía en la enseñanza.
Los pibes forman parte de las familias que llevan cada día el cartón a un depósito que se ubica detrás de la estación Constitución; una actividad brava y de batalla cotidiana para juntar algunas monedas y billetes, en el mejor de los casos.
Hay charangos, guitarras, bombos, violines, flautas, quenas y otros que el contador no reconoce por mérito a su propia ignorancia. El director advierte que serán dos los temas, los únicos que tienen afilados, ensayados y en condiciones de exponer, pero no importa, la ovación al final llega y se prolonga. Los pibes abren los ojos asombrados, las luces se le vienen encima y las ilusiones se quedan a vivir en esas caritas inocentes. No hay boca que pueda cobijar tanta sonrisa.
Hay una nena que nunca se desprendió de su chupetín, un compañero se quedó con la gorra, otro con la capucha y varios con el chicle. Qué importan las formas formales. Todo es un viaje al país de los sueños reales.
Alguien me dice que los buzos de los pibes los aportó una ONG, que los instrumentos los pagó un gremio. ¿Y…? Bienvenidos los generosos. Hay que ver la sonrisa de esos pibes, la alegría de los maestros y las lágrimas de muchos (Nosotros).
Al final, no podían faltar las hamburguesas y la coca para premiar el número. Un contertulio, tan anónimo como exultante, me pregunta sin dobleces: ¿Qué siente usted al ver esto? No lo dudo, y le respondo:
“Un poco de impotencia, algo de vergüenza y mucha esperanza”.
No sé si lo registró.

Vuelta al bus
Debo confesar que la paciencia es una virtud que me ha devorado la edad. Vuelvo a la mañana plenamente colonista y comienzo a imaginarme la alegría (que finalmente fue) de esa gente que emprendió una aventura para ver a su club y le salió bien.
Pero la señora no se queda conforme. Repasa algunos de sus calificativos hacia la barra que crece en el andén, me cuenta (creyendo que la escucho) que tomará el avión para República Checa donde pasará el otoño junto a un grupo de amistades selectas y pretende terminar de asociarme a sus diatriba: “…y usted que siente al ver eso…? – pregunta- . Le contesto, sin pensarlo, con una sola palabra:
“Envidia”.

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