Un oficio que consiguió cimentar el compromiso con el cliente

Locales 16 de septiembre de 2019 Por
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Si bien no se sabe a ciencia cierta por qué decidió instaurarse esta fecha, cabe destacar que antiguamente se celebraba el tercer jueves de septiembre, pero desde hace unos años se estableció a nivel nacional el Día del Almacenero el 16 de este mes.
En estos tiempos que corren, donde muchos almacenes fueron devorados por los supermercados y otros se reciclaron en autoservicios perdiendo su espíritu de almacén, es bueno reflexionar sobre este noble comercio que acompañó, y en cierta medida aún sigue acompañando a la familia argentina.
El almacén fue algo más que un comercio donde comprar los comestibles y demás enseres necesarios para la vida doméstica. El almacén fue el lugar de encuentro del barrio, el sitio donde íbamos a intercambiar ideas, afectos, problemas y soluciones a la vida diaria. El almacén marcó la identidad de los barrios. ¿Quién no se sintió identificado con el almacén de su esquina, de su cuadra, de su barrio? El almacén se caracterizó por ser un lugar a donde se disfrutaba ir, en donde se respiraba un olor especial, un olor a especias, aromas de embutidos, una serie de olores que confluían en un único y agradable olor que solo se podía apreciar en un viejo almacén.
El almacén y la “libreta” donde nos anotaban lo que llevábamos y pagaríamos a fin de mes, esa libreta basada en la confianza mutua, sin firmas, sin garantías, sin documentos de por medio. El almacén donde recibíamos “la yapa”, ¿se acuerdan de “la yapa”, palabra quechua, que significa “añadir”? Esta vida moderna y automatizada nos quitó cosas tan saludables como la yapa. La yapa era un vínculo de agradecimiento por la fidelidad del cliente para con el comercio (no solo en el almacén se daba la yapa, también se cumplía con esta sana costumbre en el mercado, la carnicería y hasta en la librería, que entregaba unos caramelos en agradecimiento de la compra). El almacenero, en retribución a la fidelidad del cliente, entregaba en cada compra la yapa, esta consistía en unos gramos de más cuando despachaba productos sueltos que se vendían al peso; en unas galletitas o unos caramelos, en una verdurita, etc. Hoy las balanzas son electrónicas y se cobra hasta el último gramo ya que la misma balanza calcula el precio justo, antes las balanzas eran de aguja y, si bien pesaban exacto, el almacenero, de yapa, ponía algunos gramos de más y nos decía: “esto va de yapa”. ¿Quedará alguna despensa, algún almacén de barrio donde aún se practique esa sana costumbre de “la yapa”?, ¿sabrán los menores de 30 años que era “la yapa”? ¿Se animará algún almacenero actual a revivir la yapa? ¿Por qué no? Seguramente más de un comerciante estará de acuerdo en volver a esas cosas buenas que vaya a saber por qué “las mató el tiempo y la ausencia” como bien lo afirma Don Juan Manuel Serrat. Vaya también este homenaje a esos almacenes actuales, que si bien tienen formato de “autoservicio” conservan algo de la esencia de los viejos y queridos almacenes.

RECOVA RIPAMONTI
Para Rafaela, los grandes Almacenes Ripamonti abarcaron una parte importante de la historia de la ciudad, y fueron los pioneros en este rubro. En esta era de supermercados, hipermercados y shoppings, es bueno y oportuno recordar al “almacén de ramos generales” como precursor de esos grandes negocios. Generalmente estos almacenes, con grandes locales, céntrica ubicación y oferta de lo más nutrida y variada, tenían una clientela importante y consecuente. Y si además se localizaban estratégicamente dentro de la geografía regional, esa clientela provenía también de los pueblos vecinos. Este último es el caso de “Grandes Almacenes Ripamonti”. Ocupando prácticamente toda la manzana (y parte de la de enfrente, ya que el corralón de maderas se ubicaba sobre calle Saavedra), diariamente recibía a su gran clientela local y a las familias que desde pueblos cercanos (algunos no lo eran tanto) venían a Rafaela para “hacer las compras”, llegando en autos (modelos que hoy llamamos “viejos”, por supuesto), volantas, sulkys, etc. Hoy en los “súper”, entre el personal y los clientes hay un trato breve (sólo en el paso por la caja), frío y casi impersonal. En los comercios de aquellos años cuarenta, en cambio, la relación entre vendedores y clientes era cordial, afectuosa. En el caso concreto de Ripamonti, eso se daba en todas y cada una de sus secciones: almacén, tienda, mercería, ferretería etc.
La Recova Ripamonti inició sus actividades en 1888, como un almacén de ramos generales dedicado a la venta de herramientas de trabajo, alimentos y vestimenta. Más tarde, el Sr. Faustino Ripamonti construyó un espacio para que la gente pudiera almorzar.
El 9 de junio de 1909 la Comisión de Fomento - con las firmas de Pedro Avanthay, presidente, y Camilo Simonetta, secretario- autorizó a Ripamonti la construcción de una galería de acuerdo con el plano presentado. El espíritu de la construcción de la llamada Recova Ripamonti fue guiado con el fin de proteger del sol y la lluvia a quienes visitaban su negocio para efectuar compras. Otro de los motivos para el cual fue construida era que los concurrentes pudieran almorzar, ubicando largas mesas para las comidas familiares y entre amigos. Allí los clientes podían degustar fuentes de fiambres, aceitunas, quesos, sardinas, anchoas y pan fresco. La actividad comercial de esta tradicional firma se desarrolló por varias décadas, hasta su cierre definitivo en 1973 por problemas económicos-financieros. El 6 de noviembre de 1980 los herederos de Faustino Ripamonti donaron la galería - junto con una suma de dinero para su restauración - a la Municipalidad de Rafaela, encargándole una serie de futuras refacciones a los efectos de conservarla como elemento histórico de los años de la colonización del Oeste santafesino. El 4 de octubre del año 1991 esta construcción fue declarada de interés municipal mediante la Ordenanza Nº 2461 y el 24 de marzo de 2000 recibió el nombramiento de Monumento Histórico Provincial mediante decreto Nº 0592.

TETTAMANTI Y BONAZZOLA,
DOS ALMACENES HISTORICOS

Luis Tettamanti -fallecido el 2 de mayo de 1968, a los 92 años- es uno de aquellos vecinos que ha perdurado en el imaginario colectivo, representando a esos tantos pioneros que a principios del siglo XX -y fines del XIX- comenzaron a forjar la identidad y el rostro cultural, económico, político y comercial de lo que décadas después sería una gran ciudad: Rafaela. Dicen las crónicas de su fallecimiento en 1968 que, "su existencia y obra resultaron ampliamente fecundas. Mediante su inteligencia, espíritu creador, mesurado consejero, tolerante y comprensivo, inclinado siempre a contribuir, aportando su acción a toda iniciativa de bien público y comunitario, siendo propiciador de ideas de transformación y progreso que sirvieron para dar empuje y prestigio a la ciudad". Y añade, "hombre de bien, que cultivó la amistad y el acercamiento; y si su obra fue singular en la actividad privada, no fue menos importante en la vida pública".
Si bien enorme fue su legado y tarea en lo público, en estas líneas se intenta rescatar los aspectos menos conocidos de sus quehaceres en la actividad privada: su faceta comercial, que desarrolló en los ramos generales -corralón, almacén y ferretería- en sociedad con su cuñado santafesino Luis Bonazzola; en los mismos años de los Almacenes Ripamonti, y anteriores a Casa Paviolo que fue fundada en 1923; también frente a la Plaza -donde hoy se ubica supermercados La Anónima, en Bv. Yrigoyen y Rivadavia- bajo la razón comercial "Luis Bonazzola y Cía.".

“CORAZON DEL BARRIO”
“El almacén refleja la historia del país, era el corazón del barrio. Siempre cumplió un rol social: al principio, por ejemplo, funcionaba hasta como oficina de correos. Además, fuimos los que inventamos la tarjeta de crédito en la Argentina… con un cuaderno”, señaló Fernando Savore a un medio. Los almacenes están ligados de manera directa a la inmigración, sobre todo a los millones de españoles e italianos que escaparon de la guerra y la miseria de Europa para refugiarse en la Argentina. Fue durante la primera mitad del siglo XX cuando la gran mayoría desembarcó en estas tierras para empezar una nueva vida. El convertirse en almaceneros los ayudó a la integración barrial y ciudadana de forma casi automática. A pesar de los cambios ocurridos en el rubro de la venta de alimentos y a la proliferación de los grandes comercios, todavía quedan almacenes con largas mesadas y antiguas balanzas donde se respira la historia de estos establecimientos que eran –y en muchos casos, siguen siendo–  el centro del barrio, y un trabajo a tiempo completo: de lunes a domingo para sus propietarios. Precisamente, una de las características de este negocio en la actualidad (ya sea almacén, supermercado de barrio, autoservicio o poli rubro) es que casi siempre sus dueños son los que están al frente del mostrador. Se trata de familias que, con esfuerzo y dedicación, ofrecen “el producto más fresco, el mejor precio y la mejor atención”, según destacó el Presidente de la Federación que los nuclea, que busca reivindicar y relanzar el papel de estos establecimientos. “Cuando viajo por Argentina con mi familia siempre busco un almacén de los de antes. Si tengo tiempo entro y charlo con sus dueños. Es algo que me gusta y me emociona”, confiesa Fernando.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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