Educación: libertad para construir el aprendizaje

Notas de Opinión 09 de septiembre de 2019 Por
“Si toda la humanidad menos un individuo sustentara una sola opinión y ese individuo sostuviera lo contrario la humanidad no estaría más justificada al silenciar a esa persona”. (Robert M. Hutchins)

Casi treinta años de docencia universitaria nos han permitido reconocer y corregir errores involuntarios en el trascendente acto de enseñar, originados en nuestra formación docente y en haberlo padecido como alumnos. El tiempo nos llevó también a observar los de nuestros maestros y los que aún hoy se siguen repitiendo. Sin pretender simplificar al máximo el problema, creemos que el tema de la libertad es un punto crucial de esta problemática.
Cuando hablamos de libertad de cátedra no debemos interpretar que la expresión refiere únicamente a un derecho y requisito de los docentes. A veces olvidamos que son dos caras de una misma moneda, y existe si se da la otra, la que le corresponde al alumno.
En ese contexto quizás lo que más influye cuando no se crean espacios de libertad, es el no despertar en el aula una actitud crítica en el alumno pensando que el docente posee la totalidad y la única verdad del saber que se imparte y que como tal tiene que darlo.
El considerar que la tarea consiste sólo en llenar una vasija vacía de conocimiento, lleva a interpretar a la educación como algo que autoritariamente se imparte y no como “aquello” que se va construyendo en conjunto. Si quienes enseñamos seríamos siempre suficientemente humildes para saber que la información que volcamos no es mérito nuestro y que está al alcance del alumno por cualquier medio (no sólo a través de la imprenta tradicional), comprobaríamos que nuestra tarea no puede limitarse a ello, sino que es mucho más importante.
Si tuviéramos en cuenta este aspecto, comprobaríamos por ejemplo, que las evaluaciones finales no pueden limitarse a que el alumno “devuelva” a la mesa examinadora, la mayoría de lo que se le había “llenado en su vasija” durante el año. Caso contrario seguiremos aprobando no a quien más razona, sino a quien más memoria posee.
También, que la evaluación forma parte del aprendizaje y por eso resulta una instancia del proceso de enseñar, no solamente para acreditar los conocimientos. Siendo así -parte del proceso educativo-, el docente en las mesas de exámenes el no puede sólo limitarse a asentir cuando se dice algo correctamente y negar cuando se equivoca. Es una oportunidad para rectificar errores, explicar porqué está mal lo dicho.
Pero además es un elemento imprescindible para evaluar a la cátedra. Si en una mesa examinadora el setenta por ciento de los alumnos no aprueban la materia deben por lo menos los educadores plantearse a qué se debe. Evidentemente hay algo que falló en el proceso que no sólo puede atribuirse al alumno.
El sentido común nos lleva a interpretar que si utilizamos una figura comparativa, nos daríamos cuenta que no puede ser que durante años ese porcentaje de un curso (con distintos alumnos) posea sistemáticamente un razonamiento inferior al medio para entender lo que supuestamente se explica. ¿No será momento de cambiar la práctica de enseñanza, la forma de evaluar? o de preguntarse el docente ¿no seré yo gran parte de este problema?
La misma advertencia puede hacerse extensiva cuando la mayoría ni siquiera logra regularizar la materia a través de evaluaciones parciales para acceder al examen final. Los trabajos prácticos deben cumplir su verdadero rol (investigación, opiniones personales, análisis comparativos), debe ser un material que pueda ser utilizado por los alumnos al momento del examen final y no sólo para acreditar la exigencia de aprobar o no un parcial y luego guardarlo en un armario o biblioteca.
Aunque obvio, valer recordar, que el profesor más exigente no es sinónimo de ser el más sabio. La autoridad, se legitima con humildad, diálogo, no con imposiciones o haciendo alarde de autoritarismo con manifestaciones muy conocidas (lamentablemente) en el ámbito estudiantil como: “mi materia es impasable", “les aconsejo que no se presenten en este turno”, etc.
No se puede enseñar (menos en un nivel terciario), exigiéndole al alumno que maneje casi de memoria textos sólo de un autor, que por dominar su doctrina el docente no se aparta de él. Porque si es así, esa actitud crítica ¿adónde la ubicamos?
Aunque quizás resulte muy frontal decirlo (y a veces admitirlo) muchos profesores exigen en los exámenes el “abc” que aprendieron de la materia hace años, pero que nunca se apartaron del mismo, no actualizaron sus programas, no permitiendo así la. evolución dialéctica de ese largo e infinito camino que es el aprendizaje.
Los docentes debemos tener en cuenta que ese tan usado término “despertar la actitud crítica” (que en todo congreso de educación se nos recuerda) significa precisamente eso, darle herramientas para que el conocimiento lo siga construyendo el alumno mismo, quizá durante toda su vida, no imponer lo poco o mucho que como docente aprendí.
Si la misión del educador consistiría solamente en transmitir la información que dicen los libros, sin más, convengamos que eso mismo hoy está al alcance del alumno, quien tranquilo en su cuarto o en una biblioteca, en silencio, en un ambiente más propicio que el aula, puede aprenderlo. Pero como dijimos no se trata de eso, debe existir “un plus”, y ahí radica el verdadero rol del profesor: enseñar a investigar, a discutir, a dialogar, a justificar posiciones, etc.
No es la cantidad de contenido que impartí lo que va a convertirme en mejor profesor, sino lo que hice para que a partir de esos contenidos el alumno pueda seguir creciendo. Prácticas como la del bolillero, exigencias al examinado como “no me lo diga con sus palabras, sino como lo dice el autor o el código”, el abuso del múltiple choice en algunas materias de las ciencias sociales o filosofía, y otras prácticas reñidas con lo pedagógico, deben ser desterradas.
Podemos tener la mejor de las leyes en educación pero si no cambiamos la cultura en la forma de enseñar es poco lo que lograremos al respecto. Los títulos profesionales o académicos no nos hacen docentes, debemos prepararnos previamente para esa noble tarea. Desafortunadamente a veces, el único aprendizaje que logramos para enseñar es el que obtenemos enseñando, y no siempre se aprovecha la experiencia.
El padre de la Constitución Nacional, Juan B. Alberdi dijo: “¿Qué han sido nuestros Institutos y Universidades de Sudamérica, sino fábricas de charlatanismo, de ociosidad, de demagogia y de presunción titulada?” (Bases. Cap. XIV “La educación no es la instrucción”).
Resultaría injusto no reconocer que en nuestro país, en más de ciento cincuenta años se superó esta sentencia (lo demuestra el nivel de muchos de los profesionales argentinos), pero aún así todavía nos queda un largo camino a recorrer para corregir totalmente estas prácticas.

(*) El autor es Abogado. Licenciado en Gestión Educativa. Especialista en la Enseñanza Superior.

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