¿Y si lo dejamos en pax?

Información General 08 de septiembre de 2019 Por
Suele convertirse en un hábito recurrente la especial dedicación a resaltar miserias de algunos que ya no están, y que, por lógica, no tienen la posibilidad de defenderse. Ponerle un punto final podría ser un gran aporte.


Carlos Monzón es el mayor boxeador de la historia de nuestro país y uno de los mejores veinte del planeta si acudimos a una referencia global. Su potencial físico, su estatura y la inteligencia desarrollada sobre el ring, casi a nivel de un estratega consumado, lo llevaron a convertirse en uno de los mayores referentes del imperio de los puños.
A esto se le deberá agregar su imperturbable estado de motivación que le hacía ver al adversario como alguien que le quería quitar lo que era suyo. La fortaleza mental le permitió sobrellevar durante los siete años que duró su trono ecuménico, la fragilidad de los huesos de sus manos que le pasaban factura a diario por la falta de alimentación adecuada durante su crecimiento. “Olla”, al decir del recordado colega santafesino Heriberto Osuna.
Siempre jugó de visitante. Así conquistó París, Montecarlo y hasta el mítico Madison de NY, pero jamás pudo con el Luna Park, que lo toleraba, pero que amaba más a Nicolino Locche y a Bonavena. Nunca se perdonaron eso, ambas partes.
Después de mucho trajinar, tomó las dos decisiones más importantes – y sabias- que un púgil puede adoptar: supo retirarse a tiempo y jamás cedió ante los cantos de sirenas (léase dólares) para volver. Se fue campeón después de haberles ganado a los mejores de su tiempo. Es imposible saber si habrá alguien, alguna vez, como él.
Murió mirando el cielo en un tórrido verano santafesino, sin honor y sin gloria, con una libertad prestada, igual que cualquier humano.
Carlos Roque Monzón Ledesma fue uno de los tantos hijos de un hogar pobre de San Javier que un día, por necesidad, se mudó a la capital santafesina. Apenas si fue a la escuela, trabajó de todos los oficios de la calle y aprendió todo lo necesario para sobrevivir; lo bueno, lo malo y lo muy malo. Su primer adversario siempre fue el hambre. Y tuvo que esperar mucho para ganarle.
Sus actividades fueron las comunes y habituales para un chico de la calle, donde la violencia no estuvo ausente nunca. Un día el boxeo le tendió un puño, pero se sabe que esta actividad no dispensa caricias, viene con todo la piña; aún así, tuvo mujeres, hijos y problemas de todo tipo. Conoció la luces de París (fue distinguido como el Hombre mejor vestido de Europa durante tres años seguidos) y los actores más famosos fueron sus amigos (en las buenas y en las otras); se codeó (entre otras actividades corporales) con las mujeres más bellas, más deseadas y conocidas del planeta. A otras carencias no les ganó nunca.
Cuando llegó la hora de su jubilación anticipada ya era millonario (a los 35 años), pero nunca supo qué hacer con su vida y eligió la alfombra roja que le otorgaba su nombre, camino de mimos, rodeado de tentaciones de toda laya que le acercaban los infaltables “amigos del campeón”. Nunca dejó de lado ninguna o ninguno.
Quien esto escribe ha dedicado mucho tiempo de su profesión y ratos libres a ahondar en la dualidad de la vida de este hombre y su parte indivisible, el boxeador. Siempre se ha sorprendido por la dualidad de sus aptitudes: un general prusiano en el ring y un animal social indomable, cuando bajaba. Alguna vez se lo pregunté a su madre deportivo Amílcar Brusa (con quien no se tuteaba) y nunca obtuve una respuesta clara. Brusa murió hace casi una década.
En estos días, una serie televisiva abultadamente promocionada gana las calles y las pantallas. Lleva el nombre del boxeador, del hombre, del personaje. Me he preguntado en este tiempo si los lectores estarían interesados en mi opinión al respecto. No la considero necesaria. El libro es parte de una ficción con elementos reales, tarea a la que suelo acudir en mis propios libros y apuesto por respetar al autor.
Los actores son muy buenos y los parecidos físicos de los “Monzón” notables en cada época, al igual que la puesta. Después, estará en cada uno definir su gusto sobre el particular.
Disiento en acentuar reiteradamente la figura del femicidio, pues era una tipificación inexistente al momento de su delito. Igualmente, Monzón fue acusado y condenado por el homicidio de su mujer; no salió impune y jamás estaré de acuerdo en apagar una vida, más allá de las circunstancia de cada hecho.
¿Qué Monzón era alcohólico, golpeador, violento y misógino? Absolutamente cierto e innegable. Todo lo contrario a lo que uno, como hombre pretende de otro, más cuando es un famoso que sirve de referencia, penosa en este caso.
Ante semejante aluvión de especialistas en el tema que atañe a la vida de CM, quizás algún día habría que contar sus andanzas por la zona en sus comienzos, especialmente cuando frecuentaba un bar y lupanar con nombre de árbol de la pampa, sobre la ruta 34 (al sur) donde hoy crece un depósito de autos desechados. Y no como cliente, precisamente. Pero eso sería continuar revolviendo mierda. No es la idea.
Sería casi una novela, y con abundantes temas. Pero no suma nada.
A esta altura pienso que el título que encabeza esta entrega merece ser tomado en cuanta como una propuesta válida y pienso dar el ejemplo en cumplirla. Ya ha sido demasiado extensa esta historia; los viejos se mueren o no la recuerdan y a los jóvenes no les interesa.
Que por una vez en definitiva, el hombre que se fue mirando el cielo en el tórrido verano santafesino, pueda descansar en pax.
Amén.

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