Sensaciones y sentimientos

Sociales 13 de agosto de 2019 Por
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PELIGROSAS ABEJAS MECANICAS
No son de ninguna manera como las delicadas violeteras de la recordada película con Sara Montiel (“Como aves precursoras de primavera (…) aparecen las violeteras que, pregonando, parecen golondrinas que van piando que van piando”).
Tampoco las motocicletas transportan miel ni la buscan en florecidas sonrisas de caminantes y conductores de autos que comprueban que pueden circular relajados, sin necesidad de estar permanentemente prevenidos ante la posible presencia de esas abejas mecánicas que, verdaderamente, más que volar adhieren milagrosamente al piso y van superpobladas por familias enteras, muchas veces (demasiadas) sin la protección de cascos. Ellas (las motocicletas, que ahora vamos a empezar a llamar familiar y confianzudamente motos) zumban como abejas de imprevisible andar, cambiando -sin lógica ni aviso- su dirección. También producen picaduras y de varias clases: están las dolorosas (que se curan) y las otras, definitivas, que hacen imposible que los aguijoneados vuelvan a tener posibilidades de nada.
En este punto es necesario hacer un poco de justicia. Las motos no tienen culpas y sí, por su naturaleza angosta, fueron creadas para facilitar el tránsito en calles muy concurridas por ruedas. Pero muchas veces son conducidas por seres que los demás suponen son pensantes y que, a primera vista, al circular demuestran que, en principio, hacen poner en duda esa condición.
¿Qué visión tendrán del resto de conductores y observadores de tránsito? ¿Pensarán que los que les hacen llamados de atención son personas que tienen demasiado tiempo libre y se dedican a molestarlos con detalles “sin importancia” como el hecho de usar cascos?
Creen en la ilusoria libertad del derecho a todos los espacios. Imaginan que por tener escaso ancho, la moto puede ubicarse en cualquier lugar, girar en cualquier dirección y hasta hacer la peligrosa maniobra de adelantarse por la derecha a los automóviles o, estando lejos, acelerar para adelantarse al automóvil que avisa que va a girar y pasarlo en esa misma dirección.
Contagiados por el ruido del motor, su vocabulario es de escape libre cuando se trata de dirigirse a los conductores de los demás vehículos, a quienes atribuyen la “falta” de dejarles todo el espacio libre. Igualmente, su boca de caño de escape libre parece estar a sus anchas en los fines de semana o los horarios nocturnos donde lucen agudos zumbidos, más propios de insectos mecánicos que, a pesar de que los motociclistas lo crean así, no han conseguido levantar vuelo por más que hayan “carreteado” tantas cuadras.
El postre de su menú de sabrosas infracciones es cuando grácilmente salen de la calle e ingresan a la vereda con un giro sorpresivo, y contrario al de su circulación, pasando cerca de los caminantes que –por si los motociclistas todavía no se dieron cuenta- también son humanos y con los mismos derechos que los demás de circular sin ser molestados, en el ámbito exclusivo de las veredas.
Para nadie es novedad todo lo dicho. Lo importante, necesario, indispensable, es quitarle a esas situaciones abusivas el carácter de “folclóricas” y por lo tanto “hay que dejarlas ser” ya que “no se pueden cambiar” y, dicho para cerrar definitivamente el tema “es lo que hay”.
No está bien pretender que los respetuosos conductores y pacíficos caminantes deban padecer a estas abejas. No es justo. Hasta la organización de las colmenas es más equitativa.
Hay medidas para controlar, y las sanciones se hacen necesarias. Los infractores no deben obtener el premio de la ya demasiado abusada tolerancia.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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