Sensaciones y sentimientos

Sociales 06 de agosto de 2019 Por
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LA MALA RELACION CON LAS ESTACIONES
Es así. Se puede decir que siempre ha sido de este modo y de que no hay posibilidades de cambio.
Somos inconformistas. Rebeldes a los cambios que no queremos.
Aspiramos a que el clima se acomode a nuestro gusto que, por cierto, es variable y caprichoso como la naturaleza. El supremo ámbito natural es algo así como la madre de las estaciones; en viajes por el aire que duran solo un año, exhibe orgullosamente la capacidad de producir diversas temperaturas: calores que nos hacen estar casi desvestidos, fríos que causan que nos asimilemos a cebollas andantes por la cantidad de abrigos que nos vamos agregando y que, como las capas de la cebolla, casi nos hacen llorar. Por suerte la música ha encontrado múltiples modos de llegarnos al alma y apartarnos, aunque sea por unos momentos, de las discrepancias con el clima.
Comencemos a ingresar a Las Estaciones, de Antonio Vivaldi, llamadas también “Las cuatro estaciones” configurando un delicado y único modo de gozar de los distintos estados de ánimo de la naturaleza. Como la música ingresa y se apodera de nosotros en el mismo momento, nos causan el mismo deleite las notas del insolente invasor verano, del arduo invierno, del deshojado otoño y de la virginal y promisoriamente feliz primavera.
Es cierto que Vivaldi hace el milagro de extasiarnos en cualquiera de las estaciones, pero la realidad a mano, más allá de conformistas oídos, nos endurece en invierno y, nada originales e impropios, nos hace asimilar “invierno” con “infierno”.
Y aquí apareció Johnny Tedesco, reluciente desde el emblemático Club del Clan, cantando la muy creativa, inspirada y original “Vuelve primavera” (“Vuelve vuelve primavera / primavera primavera primavera / Vuelve vuelve que te espero / que te espero que te espero que te espero / mi triste corazón te dice / mi vida yo te quiero tanto / que sí no vuelves tú / yo moriré de amooor”) y se entiende la sutil simbología al usar coloridos abrigados pulóveres, y también de que le gustaba muy poco la estación donde nacen las nieves.
Pero como decíamos al principio, llegamos al anhelado verano, después de sentir que hemos cruzado resbalosos hielos de inspiración antártica y poéticas nevadas; surge ahora un paisaje de flores, pero al que solo le dedicamos distraídas miradas por la ventanilla. Es la primavera, obvio, y para nosotros solamente la estación intermedia necesaria, por más que se esfuerce ella por hacer cantar a los pájaros, extasiados por ver flores nuevas aplaudiendo por medio de pétalos.
Claro que como el objetivo es experimentar la sensación opuesta al frío, pasamos a declarar ardientemente que preferimos el verano, el mismo verano del cual queríamos escapar despavoridos en su momento, jurando que definitivamente nuestro favorito es el invierno.
Nos queda opinar a fondo sobre el otoño y la primavera, pero como son transiciones no nos producen reacciones importantes. El otoño gusta a poetas, fotógrafos pintores, los que mediante ocres tonos producen creativas imágenes de colchones de hojas. Asimismo gusta la primavera, porque además de las flores, recuerda la sensitiva melodía de Vivaldi y, entre ardorosas, tibias o apreciados paisajes nevados o flores recién nacidas, resulta que hemos dado una vuelta más en la estelar calesita que nos lleva por el cielo, siempre añorando lo que no estamos teniendo, es decir el calor en invierno y el práctico abrigo que nos hacía parecer cebollas a punto de llorar.
Pero como todas las experiencias dejan enseñanzas, nos hemos transcurrido interiormente un año y aprendido –según cada gusto- algo o mucho. Que, pensándolo bien, no es poco.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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