Sensaciones y sentimientos

Sociales 10 de julio de 2019 Por
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NO ES UN REGALO

Es bueno entenderlo: tratar bien a los demás no debe depender de la buena voluntad con que nos hayamos levantado cada día. Los “demás” tienen la costumbre de aparecer sin avisar y desde todas las direcciones imaginables; por la misma vereda, de frente, por detrás, lentos o apurados crean espacios y tiempos, silenciosamente o mediante altas sonoridades
Tenemos un código universal de comunicación, pero inexplicablemente lo hemos guardado en lugares inaccesibles de nuestro ánimo. Son las palabras “buenos días” o similares para otros momentos de la jornada. Son de verdad expresiones de buenos deseos y no tienen ninguna vinculación o referencia al clima que, como diría Shakespeare, es tan veleidoso como la luna.
Somos discriminadores desde el momento de mencionar a quienes nos rodean -realmente una prolongación de nosotros- y difícilmente haya un modo más agresivo de nombrar a los semejantes que no nos gustan que instalar el vocablo “nosotros”, bien separado de las expresiones “ellos” o “los demás” poniendo en primer término el orgulloso “nos”. Nos hemos atribuido ser modelos de calidad suprema y al resto les asignamos, sin límite, una abundante y peyorativa dosis de bien regado y añejado desprecio.
El espontáneo buen trato es el modo seguro para la necesaria integración entre iguales y no un regalo que se hace con generosidad, solo dirigido a los reconocidamente “nuestros” (aquellos con los que ya tenemos decidido que mantendremos una buena relación).
Dicho de otro modo ¿cómo podremos saber si tendremos afinidad con las personas, si desde las primeras palabras compartidas ponemos la barrera de la actitud reticente?
El problema está siempre en lo que configura la “persona”: el individuo, la unidad caminante viva, la cifra condenada a ser impar y que no puede impedir sentirse el centro del universo, porque -de hecho- lo es. Nadie, aunque quisiera, podría experimentar las vivencias de sus semejantes.
Se llega al mundo llorando, porque se ha percibido de pronto que hay posibles intrusos en el ámbito al que se ha ingresado. Se sabe que desde ahora nada será solamente para uno mismo. Se empieza a extrañar el sitio donde se estiraba a pierna suelta protegido de todo y, como todo ser llegado a un mundo nuevo, hace lo que cualquiera. Hace llegar a su modo -que es, naturalmente, llorar- su más sonoramente posible saludo.
Sería interesante decirles –si pudiéramos- a esos queridos compañeros humanos recién ingresados, lo bueno que representará para ellos que precozmente asuman el espontáneo buen trato hacia toda forma viviente con la que se encuentren.
Porque así es la vida y relación con los que aparecerán constantemente en la cercanía. La función no es el enfrentamiento, sino conseguir una combinación de dos diferencias en igual cantidad de armonías en cuerpos y almas y –en el mejor y más deseable de los casos- un amigo.
Tenemos muchos más cosas en común con cada ejemplar viviente que vamos conociendo, que de las que nos diferencian. Ellos necesitan de su entorno (nosotros) del mismo modo que nosotros los precisamos.
No podremos ser completos sin la necesaria buena comunicación.
Las palabras clave (“buen día”, “buenas tardes”, “buenas noches” “hola”) dichas con auténtica predisposición a alguien recién conocido, están a la vista esperando pacientemente. Se las ve en una mesa amplia, y en el exacto momento en que empieza a escribirse la nueva historia.
Por si no lo notaron todavía, precisamente ahora.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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