En busca de Albino Verón

Información General 13 de junio de 2019 Por
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Por Edgardo Peretti

(NOTA 1)
El cementerio de la ciudad de Santa Fe es una inmensa ciudad de olvidos, dolores y recuerdos.
Con una multitud de cementos, bronces y alegorías que se perderán en el tiempo, recostado sobre la margen capitalina del siempre indomable río Salado y con la referencia del crematorio vecino que se nutre de lágrimas lejanas y despedidas que se traducen en el humo que se pierde camino a las islas. 
El ingreso es una calle custodiada por los panteones de las familias patricias y otras que no lo fueron tanto, pero a quienes les sobró alguna moneda para estar allí, entre apellidos famosos. Más adelante, existe un sitial donde están los notables; algo más sencillo – algo, no tanto- pero enhiestos y casi soberbios, si no fuera por el detalle de lo que se acaba. Casi como un muestra de nombres de calles, avenidas y paseos.
Al fondo, casi como uno de esos parientes invitados por compromiso está la tumba de Carlos Monzón, uno de los grandes boxeadores de la historia; idolatrado por multitudes, huésped de honor en los grandes centros de la moda y los cabarets de París, igual que todos los que lo rodean, derrotado por las indescifrables (e ineludibles) acciones de la biología.
En una oportunidad conocí el sitio junto a Amílcar Brusa. Padre intelectual, quien con su bastón en una mano y un ramo de flores en la otra, se quedó mirando hacia la nada representada en sepulcro. 
- Nunca nos tuteamos.- me dijo esa vez.
La tumba es sencilla. Simple. Apenas si tiene una fotografía de un Monzón ya maduro y sus datos.
Al lado, solitaria y gris, apenas una placa que se devora el almanaque, que ya comenzó su labor por los extremos. (Esto sigue).

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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