La casa del tiempo

Sociales 27 de mayo de 2019 Por
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Por Víctor Hugo Ibáñez

Hay una casa (que tiene forma de reloj), en la que conviven desde hace mucho y armoniosamente, tres generaciones: abuelos, hijos y nietos.
Esas generaciones vamos a decir que son las horas (abuelas, abuelos), los minutos (hijos) y los segundos (nietos).
Las horas tienen ya una larga experiencia de vida, y como es natural se mueven lentamente, con paso cansino.
Los minutos desarrollan una actividad incesante. Y tienen que responder con la agilidad necesaria que les exige el día a día.
Los nietos, que son el futuro, corren y saltan permanentemente en sus juegos. Podemos decir que como todo abuelo y abuela, las horas tienen mucho para contar. Y precisamente, en esta ocasión se encargaron de recordarme un episodio muy particular, en el que fui partícipe secundario y casual.
Allá voy.
El Autódromo Ciudad de Rafaela es un lugar emblemático para nosotros. Son numerosos los hechos de distinta índole que sucedieron durante el desarrollo de alguna carrera, o bien en los días anteriores.
Como por ejemplo el caso de los que intentaban (“obviando” la boletería), ingresar al autódromo en la noche previa. A veces con éxito y en otras oportunidades no.
O la “muestra gastronómica” que se ofrecía durante esos días, y que iba mucho más allá del clásico asado. Alguien me contó del desayuno en el lugar con huevos fritos y panceta, que se completaba con algunos tragos de whisky para el “provechito”. 
No voy a ir más atrás en el tiempo, y me detengo en la década del sesenta.
Las competencias se enriquecieron y a la vez le dieron lustre a muchos apellidos de pilotos de la zona. Es el caso por ejemplo del “Nene” Ternengo, de su hermano Carlos, Omar Almeida, “Coco” Cuvertino, el “Chente”Cipolatti, Desiderio Kuriger y el “Bayo” Di Tullio, con quien compartí conjuntamente con Ricardo Rivolta (“Fierro”, uno de los primeros integrantes de la Peña Rueda), mesas de café, automovilismo y tango.
(Mis disculpas si caigo en algún olvido u omisión).
La cuestión es que teniendo yo quizás 14 ó 15 años, un domingo en el que se iba a disputar una carrera, y aunque no estaba dentro de mis costumbres, decidí “hacer dedo” en el Bulevar Lehmann.
Creo que fue cerca de la esquina del Bulevar y Ameghino que paró un camión tanque (ahora le dicen cisterna). El conductor abrió la puerta de la cabina y me dijo algo así como: "vení pibe, así me acompañás y llamo menos la atención". Llegamos al autódromo, y luego de pasar por la boletería, el camionero ingresó y fue directamente hacia la recta este. Eligió un lugar en el que no había tanta gente, paró el motor, y bajándose del camión dio dos golpes con el puño cerrado en el tanque.
Al instante salieron por la tapa superior del mismo, ante la sorpresa y la risa del público que veía la escena, tres o cuatro personas (no lo recuerdo con precisión), que obviamente habían elegido esa forma para “colarse”.
Claro. En los días previos se habían tomado el trabajo de vaciar y lavar el tanque, para que los vapores del líquido que transportaban normalmente, no les impidieran usarlo en esta ocasión. 
En fin, cosas que pasan.
Dentro de la casa del tiempo.



Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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