Sensaciones y Sentimientos

Sociales 14 de mayo de 2019 Por
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LOS DERECHOS ADQUIRIDOS
Para definirlos claramente, aunque no se agote el listado completo, vamos a nombrar las actitudes más visibles y comunes y sus ejecutores: el motociclista que al llegar a un cruce –y viendo que hay una fila de autos en espera- irrumpe y cruza sin disminuir la velocidad; los ciclistas que van por la vereda haciendo “eses” entre los caminantes y apareciéndoles -muchas veces- por detrás; los automovilistas que paran en doble fila, aun sabiendo cuánto obstaculizan la circulación; los que estacionan tapando entradas de garajes; los que no se privan de consumir bebidas alcohólicas en las salidas nocturnas cuando son conscientes de que deberán manejar y, para completar, resisten los controles de alcoholemia; los conductores –en general- que en las madrugadas concretan picadas con penetrantes ruidos de motor; los que no respetan las filas para pagar, exhibiendo abiertamente su malestar; los que dan vueltos en caramelos despreciando la ley que establece que las diferencias deben interpretarse a favor del eventual cliente; el impaciente personaje que, cuando tiene adelante varias personas esperando desde antes, se acerca a quien atiende, dice “¿puedo hacer una pregunta?, la hace y queda largos minutos evacuándola, todo delante de los que también solo necesitaban una simple respuesta; el que participa de un debate y hace largos discursos sin permitir que los demás hablen…
Los derechos adquiridos implican siempre una desigualdad y tienen una falla de nacimiento: no surgen nunca de permisos ya consensuados –ni siquiera previstos- originando un beneficio individualista y casual. Es verdad: existen quienes consideran que el cumplimiento de las leyes es optativo; saben de su existencia pero no se sienten obligados a cumplirla si es que no lo desean, sea en un momento determinado o, directa y sistemáticamente, nunca.
Consideran que por haber adquirido derechos la cuestión ya no es debatible. Ellos “pueden” y con eso es suficiente. Practican con frecuencia un juego de palabras con los verbos deber, querer y poder, resultando de eso que resuelven para sí que las leyes agreden su libertad y por eso, si “quieren”, “pueden” desconocer los derechos de los demás.
Aunque no lo digan de ese modo, han asimilado en su beneficio la idea del privilegio, mirando con firmeza hacia adelante y estacionando su deseo personal en carriles de convivencia que no le pertenecen. Tomando como ejemplo el simple hecho de la convivencia en los supermercados, quienes “han adquirido” derechos dejan su vehículo en el primer blanco que ven, sin fijarse si lo encuadran dentro de las líneas amarillas o si ocupan dos sectores. En cuanto a la devolución de los changos parece ser una cuestión de amor propio no llevarlos al lugar originario de éstos, y sí se permiten dejarlo dentro del carril donde estacionaron (ocurriendo entonces que el que ingrese luego deberá frenar sorpresivamente si no quiere embestirlo). O dejarlo muy lejos de la salida del supermercado
Es difícil prevenir su aparición, porque nos encontramos de pronto con los efectos de su actitud invasiva. Tienen nombre y apellido; muchas veces los conocemos y cuando no, detectamos con facilidad a los vocacionales incumplidores de lo establecido. Los reconocemos por su andar altivo e indiferente a los demás y a las mínimas normas de convivencia.
¿Se pueden ignorar los daños que producen los “dueños” exclusivos de la libertad ajena?
Con el tiempo y la repetición de los actos, sí. También porque todos tenemos tiempos escasos para hacer nuestra gestión y no podemos la mayoría de las veces demorar para reclamar esa “pequeña” invasión que hemos detectado. Pero la molestia ocasionada es real y ha quedado bien registrada.
La actitud de atribuirse derechos no los hace superiores y sí configuran la clara imagen de rebeldías dignas de mejor causa. Además de materializar solo infantiles e incivilizados caprichos.

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