Editorial

La Palabra 04 de mayo de 2019 Por
Por crecer

Llega con su monopatín para evitar las complicaciones del tránsito de su barrio, el mismo donde está el teatro que supo conseguir a partir de un galpón para preservarse alguna vez. Y allí cerca se dio la charla en un ámbito bucólico de un impensado bar temático. Cuenta su vida como si estuviera con su amigo de la infancia. Pero también se detiene a reflexionar como si fuera un filósofo en el aula. Tiene asegurado el pensamiento y las ideas están afirmadas. La observación le dio la posibilidad de estar bien afianzado en su profesión. Y todo lo hace de su propia gestión. Piensa, diseña, elabora, ejecuta, vuelve a repetir la secuencia para llegar al objetivo previsto. Nada queda al azar. Después aparece en la escena. Solo, despojado, que agiganta su figura con cada párrafo del monólogo. Recorre la vida, propia y ajena, nos involucra a los presentes, nos relaja, nos emociona, nos tensa, nos desequilibra y nos vuelve a equilibrar. El ambiente es un canto a la vida que se resume en una sala de pie aplaudiendo con la sonrisa depositada en la mirada complaciente del actor. Un talento aprovechado. Y un trabajo de suprema jerarquía. 

Raúl Alberto Vigini

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