El aprendizaje de la danza folklórica*

La Palabra 16 de marzo de 2019 Por
por Hugo Jiménez - fundador y director del Ballet Salta
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archivo Hugo Jiménez - La zamba: El gesto implícito de la galantería de Hugo Jiménez hacia Marina

Nací en Salta capital en mil novecientos cuarenta. Y me crié hasta los dieciocho años artísticamente en Salta. Empecé a estudiar danzas folklóricas y guitarra junto, a los diez años, porque mi padre me mandó para eso, porque a él le gustaba la guitarra. Y en el mismo instituto donde estudiaba había danza folklórica, y me metí en la danza y en la guitarra. Había muy buenos maestros. El maestro que tuve después había sido maestro de Eduardo Falú en la guitarra. Y el que me enseñaba folklore había sido integrante de la compañía de Andrés Chazarreta. Entonces eran maestros con aptitudes más profesionales. A los dieciocho años ya me fui a  Buenos Aires.

Ser alumno en años donde la enseñanza era rigurosa

Yo lo gozaba en este sentido: ellos mismos vieron las condiciones mías y ya me invitaron a integrar a su conjunto de danzas. Y al tocar la guitarra hacían que participe en el conjunto musical que ellos tenían. Eso me dio la posibilidad de participar en los conjuntos más importantes de Salta en esa época a los catorce años. Empecé con un conjunto de niños que nos llamábamos Los Arrieros e imitábamos a Los Chalchaleros, pero en ese conjunto había voces, estaban Luis Menú, estaba Miguel Ramos que fueron fundadores de Los de Salta después, un chico Salave hermano de un tenor del teatro Colón, o sea que había un grupo muy lindo. A los quince años pude encontrarme con Daniel Toro, armamos conjunto con Horacio Aguirre de Los Cantores del Alba, con Augusto Torres de Los Nombradores, era todo un semillero. Jorge Cafrune con Sauad que tenía un dúo, o sea que hicimos bastante. Y mi amigo desde la niñez, hasta que desapareció, que fue Tomás “Tutú” Campos que después fue mi compadre, padrino de mi hijo. A él lo empecé a acompañar con la guitarra cuando cantaba mexicano y bolero, pero no folklore. Gilberto “El coya” Vaca lo hace integrar Las Voces del Huayra y le enseña a cantar folklore. Ahí aprende a meter voces del folklore. Entonces toda esa vivencia la he tenido hasta los dieciocho años.

La decisión adolescente de ir a la capital del país

Yo a los trece años estudiaba en el colegio nocturno y trabajaba de día. Entonces el ahorro que hice hasta los dieciocho años que me depositaban en la caja de ahorro me sirvió para ir a Buenos Aires para hacer mi carrera artística. Por insistencia de un viajante que me conocía. Me esperó y me llevó a un hotel y se hizo un amigo incondicional. Me dio trabajo porque tenía una fábrica de heladeras, durante dos años, hasta que me tocó el servicio militar. Y me tuve que volver a Salta porque no había hecho cambio de domicilio. Y en Salta otra vez empiezo a bailar hasta que voy al servicio, con los hermanos Gorosito que eran mis maestros del folklore. Y ahí tocaba la guitara en la peña Los Gauchos de Güemes. Y a esa peña llega a pasear la Dolores, compañera del Chúcaro, la hacen bailar y me piden que yo baile con ella. Cuando vio mis condiciones me dice que vaya a Buenos Aires. Ese año nos exceptuaron a todos los artistas del servicio: a Tomás Campos, a Rodríguez de Las Voces del Huayra y a otro más, para que sigamos la carrera, así que el teniente era un gaucho de Güemes y nos firmó la libreta. Vuelvo a Baires, la Dolores me ayudó, me conecta con una cantante y formo un trío con el que hicimos una gira por el sur que duró un año. Al año el Chúcaro regresa de Estados Unidos donde vivía y se encuentra con la Dolores, a quien encuentro en esa gira y me lo presenta al maestro. La suerte, porque siempre me acompañó la suerte, hace que el bailarín de ella se tenga que volver a Buenos Aires porque había entrado al teatro Colón y el Chúcaro necesitaba un bailarín para seguir la gira. La Dolores le sugiere que me incorpore a mí y así fue, empiezo a bailar con el Chúcaro en el año sesenta y uno. Después me vuelvo a Buenos Aires, vuelvo a Salta, y otra vez la cantante de aquel trío me llama para una gira latinoamericana y me fui con ella un año. En los años cincuenta ella -Marta Pol- había sido una cantante famosa de Radio Belgrano, muy amiga de Chabuca Granda. Cuando volví el Chúcaro ya tenía armado su ballet, pero lo mismo me incorporó como guitarrista, pero a la primera de cambio empecé a bailar con él. Y él me dio una carrera completa porque empecé en el año sesenta y tres con él, debutamos en el Maipo al año siguiente hasta el sesenta y nueve hice la carrera dentro del ballet hasta como coreógrafo porque él me dio la posibilidad de que yo pusiera un cuadro salteño. El Chúcaro fue mi maestro y mi amigo de toda la vida. Muy generoso.

Los ballets folklóricos convivían simultáneamente esos años

Eran todos muy buenos ballets y todos trabajaban: el Chúcaro, Brandsen, nosotros… Después de la película empezamos con las giras contratados por Docta Producciones varios años en los setenta. Un día del setenta y tres había llegado Perón y había un acto en el Obelisco muy lindo con el árbol de Navidad que iba a inaugurar Perón. Nosotros bailábamos y en la parte folklórica estaba Jorge Cafrune. Viajamos desde Salta los dos, y vestidos de gaucho vemos que venía la delegación con Perón e Isabelita. Cafrune quiere abrir la valla y no lo dejan, pero le grita: “¡Mi general!” y Perón lo mira y le dice: “¡Jorge!”, entonces le abren la valla y lo dejan pasar a Cafrune que me toma la mano y me lleva junto. Para mí era conocer a una persona que para mi papá era su ídolo. Y Cafrune le dice: “Mi general, le voy a presentar al mejor bailarín de la Argentina, y es salteño”. Perón me da la mano y me dice: “Yo aprendí a bailar zamba en Salta, porque mi primer destino como teniente fue Salta”. Esa charla fue inolvidable. Otra suerte más para mí. Cafrune se vuelve a España y le dice a su representante que nos llame para una gira con él por España. No pudimos en ese momento porque  no había posibilidades para viajar con el ballet. Pero en el ochenta y tres fuimos a Libia, previo paso por otros países. Nos recibió Kadhafi. Un país de progreso total donde giramos un mes. Un día bailamos para los jerárquicos, entre los que había rusos, norteamericanos texanos, japoneses, alemanes. Eran los científicos del país: el japonés preparaba la tierra para los sembrados, el texano saca el petróleo, los demás en la fábrica de aviones, y otras áreas. Había contratado a los mejores para cada tema. Ahí supe de dónde viene el folklore nuestro, porque los negritos zapateaban malambo.

Qué es ser bailarín de folklore

Tiene mucha contra en este sentido, que no hay apertura para hacer una carrera si no pone de su propio peculio. No hay empresarios a los que les interese un grupo de danzas folklóricas. Hoy cada municipio tiene un ballet. Tengo un programa de televisión por Argentinísima Satelital que me mantiene vigente la trayectoria. Como tengo la escuela hago dos espectáculos teatrales por año con los alumnos en Salta y en Buenos Aires. La conclusión es que si el bailarín folklórico no tiene la proyección de ese objetivo que se ha buscado para ser artista, no trasciende. Si no hay pantalla no hay probabilidad de crecer. Aconsejo a todos los chicos que no solamente estudien folklore sino que estudien otras disciplinas para trascender como bailarín.

*El texto pertenece a la entrevista realizada por Raúl Vigini a Hugo Jiménez

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