Orden y progreso

Notas de Opinión 12 de marzo de 2019 Por
Si la Argentina no logra ordenarse, difícilmente podrá sentar las bases de un nuevo modelo de crecimiento para alcanzar el progreso y el bienestar de su gente. La mala política explica gran parte de los fracasos. Es imperativo cambiar.
FOTO ARCHIVO  JUSTICIA. Siempre sospechada por la falta de independencia y corrupción, es una muestra más del desorden de la Argentina.
FOTO ARCHIVO JUSTICIA. Siempre sospechada por la falta de independencia y corrupción, es una muestra más del desorden de la Argentina.
Vale excusarse por la falta de originalidad del título de esta nota, pero es tal el desorden y el atraso argentinos que no se halla mejor síntesis para estas reflexiones. El orden es precondición del progreso y éste es el anhelo de cualquier persona y de toda sociedad. Es una perogrullada, pero en nuestro país penosamente debemos argumentarlo porque pareciera que no se entiende.
El orden no es sólo el del tránsito y de la convivencia básica. Es mucho más vasto. Abarca zonas invisibles, pero decisivas. Justicia independiente surgida de concursos intachables, estrategias institucionales caracterizadas por la
continuidad y el largo plazo, respeto universal a la ley, estabilidad y previsibilidad de las normas, gastar lo que nos dan los recursos disponibles y endeudarse sólo para emprendimientos intergeneracionales y reproductivos de riqueza, la idoneidad constitucional como la excluyente ‘abrepuertas’ en la escala social, sobre todo en el ámbito público, combinar respuestas a la urgencia con medidas para el mañana, garantías máximas para quien camina con la ley, igualdad absoluta de oportunidades hasta para el último argentino y honradez administrativa. Un párrafo para la educación: cuando los
maestros y profesores -guías supremos de la sociedad- devinieron en ‘trabajadores’, se produjo una degradación conceptual de fenomenal envergadura. ¡Claro que son trabajadores, pero por encima de eso, son Maestros! Diferencia nada sutil, sino sustancial.
El desorden es exactamente todo lo que contrasta con la precedente enunciación. Es Justicia manipulada por los ‘servicios de inteligencia’ (nada más in-servicial y des-inteligente) con concursos opacos y hasta espurios, medidas adoptadas al vaivén del momento, con improvisación como lo único permanente, ‘viveza’ para hacerle recurrente trampa a la ley, mutaciones normativas cual ‘plato del día’ en local de comidas rápidas, imposibilidad de anticipar a un año cuál será el escenario socio-económico, endeudamiento colosal para sufragar gastos corrientes que no generan bienes ni riqueza, sino que la despilfarran, escasísimas inversiones de largo plazo, el amiguismo, influencia y recomendación como casi únicos títulos para acceder a las funciones públicas, inclusive a empleos menores, garantías a los victimarios que causan perplejidad y obviamente indignación, disparidad de oportunidades, sobre todo por la geografía y por el hogar -en rigor, su falta-, con una pobreza estructural que condena de antemano a la marginalidad perpetua a casi la mitad del pueblo e impunidad para la corrupción, semioculta en la pasmosa dilación de treintañeros procesos penales, con largos y especulativos cajoneos de expedientes que denuncian una ostensible venalidad. El desorden es terminar el secundario -si se culmina- sin comprender un texto. Es la deseducación que padecemos.
En ese desorden es imposible el progreso. Los primeros que deben brindar explicaciones sobre el atraso argentino son los sedicentes ‘progresistas’ que se oponen a dar instrumentos anticorrupción y antiimpunidad, para que así
pululen los criminales de ‘guante blanco’, a inhibir la ‘industria del juicio laboral’, a facilitar el empleo, especialmente joven, a poner fin a la puerta giratoria que deja libres en diez horas a quienes nos aterrorizan -o matan- con sus delitos cotidianos, a erradicar la violencia social como la de los barra bravas, a impedir la meritocracia, a vedar que se premie la asistencia y la capacitación, a que se reforme el Estado y la Política a fondo. 
Nuestra enfermedad social no es física, sino mental. El atraso se nos metió adentro y ha devenido en una cultura nociva. Cualquier cambio en serio será contracultural o no será. Deberá empezar por donde comenzó la patología: la política. Hasta la moral se desplomó por la mala política. Es tiempo para una bisagra que troque esta tendencia declinante. Es de
necesidad y urgencia. 

* El autor es exdiputado nacional y actual presidente del partido UNIR.

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