Sensaciones y sentimientos

Sociales 05 de marzo de 2019 Por
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MINOTAURO: LA VERDAD ACERCA DEL MITO
Es necesario hacer justicia.
Primero, con la época. Por esos días la imaginación y la fantasía eran una forma indubitable de fe.
Después, con la necesidad de un ordenamiento de la vida de todos los días, haciendo surgir valores y pensamientos guía, y también con la indivisible relación entre causas y consecuencias.
Los griegos fundacionales hicieron de los mitos una base de certezas, una proyección grandiosa y sin límites de sus vidas cotidianas que, suponemos, no debió haberlos conformado. De existir en nuestro tiempo se sentirían honrados de que en Castelli haya un pretencioso parador (provincia de Buenos Aires, ruta 2 kilómetro 183), que lleve su nombre.
Hay quienes dicen que mirar el cielo abstractamente limpio del Mediterráneo hace nacer una inspiración que eleva los sentidos. Y hay que creerlo.
Entre la generosa presencia de dioses, semidioses y seres con aptitudes superiores que instaló la cultura helénica, está el mito del minotauro, que en griego significa “toro de Minos”.
Los hombres de nuestro tiempo, buscando apoyarse en modelos de fuerza universal, toman invariablemente los mitos para ejemplificar situaciones de hoy que nada tienen que ver con la mitología clásica. Se ha llegado a leer que, objetando a un funcionario de gobierno, se ha dicho que no halla soluciones por haberse encerrado en el centro de su laberinto y no saber cómo salir.
El Minotauro era un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, nacido de la unión de la reina de Creta –Pasifae- y del gran Toro Blanco (que Poseidón había entregado al rey Minos). Poseidón ordenó que fuera sacrificado en su honor, pero Minos no lo hizo y lo mantuvo oculto en la corte. Estaba tan avergonzado de aquella criatura que lo encerró en un complejo construido por el genio Dédalo, al que llamó “laberinto”. Esa criatura cada nueve años devoraba a siete jóvenes y siete doncellas atenienses, pero la tercera vez que debían pagar ese tributo, Teseo -hijo de Egeo, rey de Atenas- se ofreció para ir a matar al Minotauro, que vivía en el laberinto del cual no se podía escapar. Ariadna -hija del rey Minos y de la reina Pasifae- se enamoró de Teseo y lo ayudó con la condición de que se casara con ella y la llevara lejos de su temible padre. Al aceptar Teseo, ella le dio un ovillo para que una vez en el laberinto, fuera desenrollándolo para ayudarlo a encontrar la salida.
Cuando Minos supo que Teseo había matado al Minotauro montó en cólera. Teseo y Ariadna se apresuraron para la huida común, pero Ariadna nunca llegó a la tierra de Teseo; él la abandonó en una escala que hizo en la isla de Naxos, cuando ella quedó dormida en la orilla. Ariadna no se amilanó, olvidó sus penas de amor relacionándose con el dios Dionisio, quien también se había enamorado de ella. Se casaron. Él la llevó al Olimpo y, como regalo de bodas, le dio una diadema de oro que había hecho Hefesto, la que luego se convirtió en constelación.
Hasta aquí se ha contado el mito del minotauro y de Teseo y Ariadna, con la participación especial de Dionisio, más todo lo que pasó entre ellos, que terminó creando una bella imagen estelar.
Hasta aquí también se le ha hecho justicia a los sucesos reales de los mitos. Aunque resulte extraño defender la veracidad de algo que -se sabe- no ha ocurrido.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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