Cuando un argentino se infarta en Chile

Notas de Opinión 05 de marzo de 2019 Por
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Rogelio López Guillemain

El caso del arquitecto tucumano infartado en Chile, asunto ventilado en todos los medios de comunicación del país, invita a reflexionar sobre nuestra inmadurez e irresponsabilidad casi infantil.
Nobleza obliga, no todas las conclusiones del caso son malas; la novia del argentino en cuestión, reconoció que “somos (por ellos) unos inconscientes, quisimos viajar con la plata justa porque sino no viajábamos”.
Esta “confesión de parte”, además de ser valiente y sincera, encierra una premisa insensata que lamentablemente impera en nuestra Argentina: lo importante es disfrutar hoy, mañana “dios” proveerá.
Y ese “Dios” no es precisamente un ser místico, ese dios termina siendo el Estado, Estado al que se le exige resuelva nuestras faltas de previsión y de inversión. Si, el ahorro y la contratación de un seguro (de salud, del auto, de la casa o cualquier otro), son el único modo (aunque no infalible) por el que una persona puede minimizar los daños consecuentes de los errores, infortunios o carencias de un futuro siempre incierto.
Volviendo al caso del infartado, el Convenio médico entre Argentina y Chile es un Convenio de Colaboración, no de Reciprocidad; esto no es un detalle menor, no es el mismo tipo de compromiso.
Incluso sería ciertamente absurdo, pretender que dos sistemas de salud tan diferentes, intercambien sin más las mismas prestaciones. Traslademos esta situación a un ejemplo más simple, imaginá que alguien que usa una pileta pública municipal, quisiera que lo dejasen bañarse en la de un club privado, alegando que como los miembros de ese club pueden usar cuando quieran la pileta municipal, ellos deben poder usar la privada. Dos sistemas de salud tan dispares no son intercambiables indistintamente, por eso el Convenio no es de Reciprocidad sino de Colaboración y sólo atañe a hospitales públicos.
Lo que no podían faltar, fueron las opiniones “políticamente correctas” del periodismo. Tal es el caso del noticiero TL9 al amanecer, en el que Alejo Rivera dijo: “lo que está mal es que un compatriota cruce la frontera y le cobren”, como si los ciudadanos chilenos tuviesen la “obligación” de costear la salud y la irresponsable falta de previsión de un extranjero.
Luego agregó: “yo he tenido la suerte de viajar con seguro médico”, como si eso fuese una “suerte” o un “privilegio”. Si viajó con seguro médico, fue porque es consciente de la importancia superlativa que supone tomar recaudos para con su salud; no fue suerte, la suerte fue que no los precisó.
Tomar un seguro del viajero es no jugar a la ruleta rusa con el destino.
Es el mismo razonamiento que muchos hacen, cuando ven un adulto con 4 niños en una moto y dicen: “sino no pueden trasladarse”; los mismos comentaristas que, cuando sucede una tragedia con esos niños, se espantan y culpan por la falta de prevención a la policía y no al adulto responsable.
En el mismo noticiero, Romina Lachmann dijo: “acá es muy difícil que en un hospital no te atiendan, de una forma u otra te atienden, a lo sumo te derivan a otro hospital pero vas a tener la atención gratuita”, a lo que Alejo Rivera agregó “como debe ser, lo que está mal es lo que hacen los chilenos” y Paula D´Ambrosio completó: “si no te derivan a capital te derivan a provincia de Buenos Aires”.
Realmente el grado de desconocimiento que tienen de la salud pública (y más en el interior de nuestro país) y de la medicina es colosal. Precisamente, en el caso puntual de un infarto, los minutos entre el evento y la atención valen oro, no podés ir haciendo “turismo hospitalario”, derivado de un nosocomio a otro, a ver dónde hay una cama; eso sí, ¡gratuita!
Alejo Rivera además sentenció: “está mal lo que hacen los chilenos”, puedo asegurar, casi sin miedo a equivocarme, que así como ese argentino infartado se salvó en Chile, acá, un paciente en las mismas condiciones, seguramente paga el infarto con su vida; eso sí, ¡sin pagar un peso!
Los hospitales públicos en Argentina son dignos de una película de terror. 
Faltan insumos, aparatología, ambulancias, a veces médicos, enfermeras y un sinnúmero de carencias, que obligan a los pacientes a esperar meses para “que les toque” un turno de cirugía, y mientras transitan ese Vía Crucis, desarrollan serias complicaciones que se transforman en una cruz que cargan el resto de su vida; eso sí, ¡sin pagar un peso! El sistema de salud público y de obras sociales en nuestro país es caro e ineficiente, es inservible.
Paula D´Ambrosio también aseguró: “yo quisiera tener cuando viajo al exterior los mismos beneficios que tengo en mi país, o por lo menos algo de igualdad”, este “deseo” implicaría que “el mundo” cambiase su sistema de salud para copiarnos, cosa poco probable (por suerte para ellos). Además pide “algo de igualdad” (como dijimos anteriormente, imposible de llevar adelante por la gigantesca asimetría en los sistemas) mientras llueven críticas en las redes y los medios por la atención gratuita a extranjeros en nuestros hospitales. Eso sí, los “otros” deben cambiar, nosotros no.
Daniel Navarro, poniéndose en abogado del diablo (quizás como táctica defensiva para decir algo “políticamente incorrecto”), hizo la observación más sensata de la mañana: “¿no te llama la atención que los otros países van mal y nosotros somos los únicos que vamos bien?”.
¿Debemos abandonar a nuestro compatriota infartado en “el exilio”?
Seguramente no, pero tampoco creo que los argentinos debamos costear su falta de responsabilidad; si se le puede prestar el dinero necesario y pensar un plan de pago para que devuelva lo adeudado.
Es absolutamente injusto, que aquellos argentinos que sufren privaciones, les paguen los servicios de salud a quienes realizan un viaje al extranjero.
Es absolutamente injusto que esos argentinos que hacen patria en el interior profundo de nuestro país, muchas veces sin gas natural, ni electricidad, ni agua potable, ni una escuela cerca, paguen vía impuestos esa situación.
Esos mismos argentinos, cuyo “paseo” es ir al pueblo a caballo, mientras pagan el déficit de una aerolínea que nunca usarán; esos mismos argentinos que tienen un mísero dispensario, mientras pagan el déficit de obras sociales que nunca usarán, esos mismos argentinos olvidados por los políticos, porque son pocos votos y por los periodistas, porque no mueven el rating.
Aprendamos a ser responsables de nuestros actos, a invertir en nuestro porvenir y a tomar recaudo ante las contingencias de la vida; es hora de madurar y dejar de depender de “papá estado” y de sus dádivas.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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