Los misterios de la cultura de la India

Información General 10 de febrero de 2019 Por
La India, en sus múltiples facetas, es una experiencia conmovedora. Es otra civilización, otra cultura.
FOTOS A. VOLPATO TAJ MAHAL. Su nombre significa Corona de los Palacios, mausoleo construido entre 1632 y 1653 en la ciudad de Agra, a orillas del río Yamuna, por el emperador musulmán Shah Jahan de la dinastía mogola, en honor de su esposa favorita que murió en el parto de su decimocuarta hija.
FOTOS A. VOLPATO TAJ MAHAL. Su nombre significa Corona de los Palacios, mausoleo construido entre 1632 y 1653 en la ciudad de Agra, a orillas del río Yamuna, por el emperador musulmán Shah Jahan de la dinastía mogola, en honor de su esposa favorita que murió en el parto de su decimocuarta hija.

NOTA V
Estoy por ingresar a India, un país de más de mil millones de habitantes, con treinta idiomas diferentes y alrededor de 2.000 dialectos aunque se admita como oficiales el hindi y el inglés. Un país de misterio, complejidad y fuertes contrastes.
El país más espiritual y uno de los más fascinantes de la Creación. Por todo ello, la India, no es una nación, sino un mundo. Y estos datos, golpean con fuerza.
El Templo Dorado y su estanque, datan del siglo XV, en Amritsar, y conforman el lugar más sagrado del sikhismo. Las aguas que rodean al templo con su tejado de 100 kilogramos de oro, se consideran sagradas y supuestamente han curado a peregrinos de sus enfermedades.
Para ingresar hay que descalzarse y cubrirse la cabeza. Junto al jardín exterior se hallan las cocinas donde se preparan cada día unas 30.000 raciones de chapati (tortilla de harina y agua) y thali (mezcla de lentejas y arroz). En un santuario sikh, siempre hay alojamiento y algo de comida.
Paso por el valle de Kulu, de gran belleza y pasividad, con sus pequeñas aldeas y yaks –gigantescas moles peludas- pastando; y enlazo una de las carreteras más altas y peligrosas del globo, con pasos de montaña, cruces de ríos, y alturas que superan los 5.300 m.s.n.m. Es la región de Ladakh, en pleno Himalaya y geográficamente Tíbet, cerca de la frontera China.
La marcha dura, deja solo una huella y el eco del andar. Se establece una simbiosis hombre-máquina que late, impulsa, y vence adversidades.
Desfila un paisaje seco, agreste, rocoso. La población, escasa, es de etnia tibetana, su religión budismo y sus templos idénticos a los del “Techo del Mundo”.
Finalmente alcanzo Leh, la modesta capital regional, que fuera paso de las caravanas que se dirigían desde China hacia Persia. Nómadas de rostros curtidos venden turquesas o ropas de yak, y siento que he retrocedido al pasado.
El sol se eleva lentamente sobre los grandes picos eternos, las mansiones de hielo a las cuales no llega el tiempo ni la mezquindad ni la miseria. Allá en las alturas, las únicas, las maravillosas cúspides…
Desando camino, y surge otra cara. Una nube de mugre y ruido parece inundarlo todo, a medida que me acerco a Delhi, la monstruosa capital. Tráfico imposible, basura que tapiza calles y avenidas, y la increíble marea humano-animal que puebla cada centímetro del núcleo urbano, aturden y apabullan inevitablemente. Aquí viven más de 17 millones de personas y podría dividirse en dos zonas, la Vieja (Old Delhi o Shahjahanabad) con su cúmulo histórico y Nueva Delhi (New Delhi) la parte moderna levantada por los británicos a partir de 1931.
En la Old Delhi, capital del Sultanato y de los mogoles entre los siglos XII y XIX, deambulan faquires, mendigos, encantadores de serpientes, limpiadores de orejas, contorsionistas, y se encuentran bazares, puestos de comida, templos y mezquitas notables.
Old Delhi bulle de gentío y energía en sus retorcidas callejuelas.
Camino al costado del río Yamuna hasta el altivo Fuerte Rojo, en frente está la Jama Masjid la mezquita más grande e imponente de India y el gran mercado Chandni Chowk dividido por gremios que fascina al oscurecer.
Abordo un ágil rickshaw o tuk tuk hacia la zona moderna y el contraste con el Viejo Delhi es notorio, con amplias avenidas, edificios gubernamentales y prolijas residencias.
Mahatma Gandhi guió a la India por la senda de la no violencia. Fue asesinado por un fanático Brahman en 1948. El monumento donde lo cremaron es una visita obligada en Nueva Delhi. Los zapatos dejados para acceder al “Jardín de la Llama Eterna”, dibujan una alfombra de varios metros cuadrados.
Por los caminos de la India van tracciones y potencias dispares, en medio de banquinas congestionadas. Hay monos, chozas de campesinos, osos del Himalaya con gitanos que procuran una moneda a cambio de una pirueta, vehículos estrujados, chanchos que inspeccionan la basura y chicos con uniforme escolar.
Por las rutas pasan miles de bicicletas. Camellos o búfalos, que tiran de carros con cereales o montañas de estiércol seco. Elefantes lentos, motos apuradas (de origen chino, fieles Bajaj, estoicas Royal Enfield), vacas distraídas. Colectivos, cientos de colectivos donde los privilegiados van en los techos para envidia de los que se hacinan abajo. Y jeeps y autos y rickshaws. Y camiones gigantescos que salen a contramano en cada curva. El estrépito de las bocinas es continuo y perfectamente inútil.
Conducir implica un acto de arrojo, hay que creer en la reencarnación, y soy afortunado por llegar ileso a Jaipur.
Jaipur, es la capital de Rajastán, tierra de los maharajás-–príncipes feudales-, con una larga tradición caballeresca y un extraordinario acervo de leyendas.
La gran mayoría de los edificios conserva el color rosa -de hecho, se la llama la ciudad rosa- con el que fueron pintados en homenaje a la histórica visita del príncipe de Gales en 1876.
En el viejo casco amurallado, resalta, el Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, una altísima fachada con forma de cola de pavo real -ave nacional del país- con un millar de ventanas y miradores que respondían al deseo del rey de que sus esposas pudieran contemplar el exterior sin ser vistas.
Construcciones de piedra, hombres con enormes bigotes y turbantes, bellas mujeres envueltas en coloridos saris, basares vertiginosos, vendedores callejeros, perfume de flores y sándalo, vapores de curry, vacas sagradas, enjambre de rickshaws y carretillas de mano luchando por abrirse paso. Todo este colorido mundillo, algo surrealista, es el que se aprecia al contemplar el corazón de Jaipur.
Cercanas, las murallas del Fuerte Amber serpentean por las colinas en una ubicación dominante. Estanques y cascadas internas, una sala de espejos que multiplica hasta el infinito el menor destello, y salones con paredes talladas. Y más alto, el Fuerte Jaigarh, jamás tomado en batalla alguna.
Luego de 240 kilómetros, todo parece blanco en Agra. Debe ser la silueta del Taj Mahal, que se reproduce una y mil veces en las fuentes y en el río Yamuna que lo circunda.
La belleza del Taj Mahal se revela por etapas, como los velos que descubren el rostro de una mujer musulmana.
El emperador Shah Jahan ordenó levantar la edificación en honor a su esposa favorita, quién murió luego de alumbrar a su hija decimocuarta.
Sus paredes recubiertas con placas de mármol que mil elefantes cargaron desde Rajastán exhiben relieves e incrustaciones de piedras semipreciosas con motivos florales y leyendas que reproducen versos del Corán. Lo custodian cuatro alminares inclinados cinco grados hacia el exterior.
Pocos recuerdan los 22 años de arduo trabajo con la intervención de más de 20.000 hombres que demandó su construcción, ni el triste final de la historia de amor de Shah Jahan, destronado y capturado por su propio hijo en el Fuerte Rojo, desde donde su mirada perdida contemplaba el edificio blanco.
El emperador había proyectado un mausoleo igual para él al otro lado del río, pero de mármol negro. Las dos tumbas estarían unidas por un puente blanco y negro.
Contemplo en silencio esta obra magistral de la arquitectura mogol, que tal vez el poeta Tagore mejor definió, como; “una lágrima en la mejilla del tiempo”.
Estoy en la época de los monzones, y no son para tomar a la ligera. Las nubes descargan copiosos aguaceros, los ríos desbordan, las aldeas se inundan, y algunas carreteras se tornan intransitables.
Templo el espíritu, y una vez más pongo a prueba mi estómago. Por unas pocas rupias me atrevo a un chapati untado con curry picante y lo riego con té negro.
Varanasi (Benarés, en hindi), a orillas del río Ganges, es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo, así como también lo es para religiones como el jainismo y el budismo. El lugar, cuenta la leyenda, fue fundado por el dios Shiva hace más de 3.000 años y conformó un centro religioso dedicado al dios del Sol, Suria.
Para los hindúes, aquel que muera en Varanasi quedará liberado del ciclo eterno de las reencarnaciones y tendrá acceso al nirvana, el estado supremo.
Los baños aquí se consideran purificadores y todo hinduista debe visitar la ciudad al menos una vez en la vida. Millones de personas enfermas llegan hasta acá para pasar sus últimos días. Y otros miles de cadáveres son transportados para ser cremados y sus cenizas arrojadas a estas aguas sagradas.
Las imágenes son fuertes, impactantes, extremadamente movilizadoras. Sólo basta caminar por los ghats –escalinatas que desembocan en el río- para ver a los peregrinos realizando sus abluciones y rezos, a gente vendiendo flores para ofrendar y tirar al río, a los crematorios a cielo abierto que funcionan durante todo el día.
Cientos de kilos de leña aplastan el pecho de los cadáveres. Dicen que cada cuerpo, envuelto sólo en una mortaja, demora tres horas en ser ceniza.
Los días se consumen rápido en la India. Mientras tanto, en Varanasi, la noche se vuelve negra como la tinta. Y en las aguas sagradas del Ganges aún flotan olvidadas, aquellas flores naranjas que sirvieron de ofrenda.
La India, en sus múltiples facetas, es una experiencia conmovedora. Es otra civilización, otra cultura.
La gran convicción religiosa impone respeto a esa fe milenaria, poderosa.
La India deja impresiones imborrables y es imposible permanecer indiferente. Una parte mía, siempre se quedará aquí…
Practico una básica soldadura con estaño en uno de los contactos del CDI, que milagrosamente sigue funcionando, y parto hacia la villa Sonauli en la frontera Indio-Nepalí.




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