Signado por las armonías*

La Palabra 15 de septiembre de 2018 Por
por Ado Falasca - músico (Buenos Aires)
Ver galería image001
1 / 5 - archivo familia Falasca - Rosana Falasca en su plena popularidad por televisión

Cuando tenía siete años tocaba en el Cine Colón de Santa Fe, al mediodía, con el micrófono volcado para que llegara el acordeón, y con público. Mi viejo tenía la Orquesta típica característica Universal, en la que cantaba mi tía Isolina cuyo nombre artístico era “Estrellita”. Yo ahí tocaba en el intervalo algunos temas y cantaba con un cable largo entre el público, y un día los pibes me cortaron el cable y me quedé sin voz. Después vino la formación de Adito y su conjunto, a mis dieciséis años apareció Rosanna con trece y fue Adito y Chany, después compre un órgano en Casa Colombo de Rafaela, años sesenta y cuatro y sesenta y cinco, cuando hacíamos bailes, Chopería Parra y clubes. Cuando llegamos a Buenos Aires fui director musical de ella, con los arreglos, los ensayos con los cuartetos y lo que se necesita, juntarme con los directores de películas o los directores de las compañías de discos. Grabamos con los músicos.

El día después ante la ausencia física de Rosanna

Primero me fui dos meses de Buenos Aires con un amigo a Mendoza. Porque tenía que salir de ese problema y el que me veía, del ambiente, me iba a hablar del tema. Y tampoco me quería frustrar. Pensé si me hubiese pasado a mí quiero que mi hermano esté bien. Vivía en el mismo edificio que Rosanna así que cuando volví de viaje otra vez la cabeza en el tema. Y me vino a buscar un amigo que tenía un caso similar con la pérdida de un hermano, era director del Teatro Maipo, y pianista de Sandro. Me contó que le había hablado Hugo Sofovich para hacer una obra, y necesitaba un director musical y pensó en mí. Le dije que no estaba bien, pero insistió y acepté. Aunque no necesitaba lo económico, porque siempre fuimos cuidadosos y Rosanna decía siempre: “Nunca gastemos a cuenta”. Después trabajé en una compañía que tenía el actor y productor Norman Erlich, pasé al Tabarís donde estaba Moria Casán, en esa época era obligatorio tener tantos músicos por tantas plateas. Después me llama Ernesto Baffa para trabajar en El Viejo Almacén, trabajé con Carlos Buono, en Michelángelo con Raúl Lavié, con Roberto Goyeneche de quien fui el último pianista, entre tantos lugares. No sé dónde no trabajé. Estuve con Julián Plaza que fue una gran persona, y fui con José Colángelo de tecladista a Japón. Con Mariano Mores laburé veinte años como tecladista y fue así, yo estaba con Baffa, y se fue el tecladista de Mores con quien estuve hasta que falleció.Y mucho como músico sesionista cuando estuve en Philips con Lípesker.

Entre hermanos compartiendo algunos escenarios

Mi hermano Daniel fue contrabajista del Teatro Colón, ahora se jubiló. Trabajamos juntos algunas veces, ahora está mi sobrino -su hijo- con el mismo instrumento. Marcelo es contador, no se dedicó a la música, aunque de joven cantaba. Mis padres estuvieron yendo y viniendo de Humboldt a Buenos Aires mientras estaban bien de salud, pero fallecieron ambos en el pueblo natal.

Si tuviera que elegir entre los momentos de mi carrera

Sinceramente lo digo, con total sencillez, no me puedo quejar. Un tipo que a los seis años tocaba en el Cine Colón de Santa Fe, que recorrió todo el mundo, o sea no hay lugar que no conozca, ¿qué más puedo pedir?

El presente

Estoy en la dirección musical de El Querandí que es un bar notable que está en San Telmo de nivel internacional e integro el sexteto de Gabriel Mores. Y este último año me propuse dejar algunas cosas. Tengo un estudio desde hace tiempo donde está el piano. Siempre fui músico, en algún tiempo di clases particulares, y sigo siendo docente en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Estuve muchos años de gira, a mis hijas las vi poco.

*El texto pertenece a la entrevista realizada por Raúl Vigini a Ado Falasca 

En su pueblo, vive

Una clave de Sol marca el lugar de su descanso. Hay placas y recuerdos de amigos en medio de un sitio de evocaciones con dolor de un día muy gris. El impresionante museo de su pueblo (un escenario digno de admiración) le guarda un espacio notorio; hay vestidos, discos, registros de vida y posteridad, y hasta su documento. Desde arriba de un piano, la rubia sonríe y sus ojos celestes son como un faro. A dos cuadras, su hermana nos cuenta detalles de su inicio, martirio y final; la chica y su hermano que animaban las veladas de la Chopería Parra y del Club Quilmes de Rafaela un día se fueron a conquistar las luces siempre hostiles de la gran ciudad. El se quedó. Ella volvió con cuerpo y alma. Por estos pagos se la conoce como Chany. Vive en evocaciones, en la hoy eterna red de redes y su espíritu galopa el apacible orden de Humboldt, musitando esa inigualable versión de “El último café”. La rubia es más que un símbolo, es la responsable que a veces no haya cielo. Lo tiene en sus ojos, más vivos que nunca.

Edgardo Peretti

Te puede interesar