La inteligencia artificial reinventa al trabajo

Suplemento Economía 12 de agosto de 2018 Por
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Por Patricio Cavalli 

No sé ustedes pero por momentos siento que el mundo se ha vuelto un poco más complicado que antes. Según la Universidad de Oxford, para 2022 en el mundo puede llegar a haber 1.000.000.000 de personas que se queden sin trabajo al ser reemplazadas por inteligencia artificial. Según el MIT, mucho más optimista, “sólo” serían 300.000.000 los “desplazados” (así se les dice “desplazados”). Son cifras confusas, no sólo porque son inabarcables para nuestra mente, si no porque son, simplemente, confusas. ¿De cuánta gente hablamos, a fin de cuentas? ¿De mil millones o de trescientos millones? Ponerse de acuerdo es complicado, aún en la catástrofe.
A mediados de 1940, un informe de la Fuerza Aérea Británica anticipó que los muertos en las principales ciudades del país a causa de bombardeos nazis podrían llegar a los 50.000. La cantidad, al final de la guerra, era de cerca de 40.000. No estaba tan mal la estimación. Y le dio tiempo a la población a prepararse psicológica y emocionalmente. No evitó el dolor ni el caos. Pero al menos la población se preparó. Se anticipó.
Ahora no tenemos ese lujo (el de anticiparnos, no el de morir bajo las bombas). Ahora, simplemente las cosas ocurren. Sin anticiparse, sin avisar. Si “las cosas” fueran una persona, ni siquiera podrían avisarse a sí mismas. No podrían decir “voy a hacer esto”. Simplemente “las cosas” hacen cosas, que hacen otras cosas y después ocurren otras cosas. Si en 1997 nos hubieran dicho que la empresa más valiosa del mundo iba a ser Apple, que sólo tenía US$ 100.000 en el banco para operar, nos hubieran llamado locos. Imaginemos a un analista de mercado, u operador de bolsa diciéndonos “No, no invertí a largo plazo en Apple, que hoy no vale nada, pero en 32 años va a llegar a capitalizar un billón de dólares”. ¿Qué hubiera pasado? El analista hubiera terminado manejando un taxi. Y si alguien le hubiera dicho hace cinco años a los taxistas de Buenos Aires, Madrid, París y Bombay que su competidor y amenaza más directa no serían los colectivos (o los maleantes) sino un startup de San Francisco, nos hubieran llevado –gratis, esperemos- al hospital o la comisaría por estado de ebriedad.
Pero no, ahí están Uber y Cabify, avanzando. Y no hay paro, protesta, aeropuerto incendiado o rifle de balines que parezca frenarlos. Las cosas ocurren y nosotros miramos, perdidos, desorientados, tratando de entender y comprender. Somos como perros persiguiendo autos. Y si de casualidad atrapáramos uno, no sabríamos qué hacer con él.
Miramos ocurrir “las cosas” completamente perdides y desorientades, según dicen ahora que se dice. Un disparate ortográfico y semántico, pero que  demuestra el nivel de desorientación que tiene nuestra sociedad. Las directoras de colegios no saben si escribir “alumnos”, “alumnxs”, “[email protected]”, o “alumnes”. (El debate es ridículo, se escribe “alumnas y alumnos”). La autoridad establecida ya no tiene autoridad para establecer nada: “No debe reemplazarse la “o” del plural por la “e” dice la Real Academia Española. 
Y en medio de la niebla y el humo avanzamos a tientas, siguiendo los pasos de millonarios emprendedores que nos tiran “no-frases” como “seguí tu pasión”, “creé en tus sueños” y “persistí en tus ideas”. “Perfecto”, decimos. Y si nuestra pasión es Boca nos enfocamos en Boca (o River, o Atlético de Rafaela, para el caso). 
En medio de este caos y confusión –y mientras, afiebrados, soñamos con comprar un bitcoin, para después buscar un marketplace dónde vender ese endemoniado bitcoin-, los rendimientos decrecientes son cada vez más decrecientes, las inversiones se diluyen, los medios se expanden y se disipan, el consumidor se nos escapa todavía más, los presupuestos no alcanzan, la digitalización ocurre, la inteligencia artificial avanza, las falsas-noticias ahora son noticias, los rumores son noticias, y para peor los consumidores no quieren pagar por alcanzar esas noticias. Un laberinto del que no sabemos cómo salir, pero al que entramos felices, siguiendo el “hype” de lo actual.
Y nos toca a nosotros y nosotras (por favor, no decir “nosotres”), los hombres y mujeres de marketing el llevar un poco de luz a quienes nos rodean. No porque seamos profetas ni visionarios, ni nada. Simplemente porque nuestra misión es algo muy simple: agregar valor. Donde vemos algo, le agregamos valor. Si vemos un salero, le escribimos “Sal”, así nadie se confunde con el edulcorante. 
Ya hicimos un acto de agregación de valor. Y así debemos ir día a día, minuto a minute, en todo lo que hacemos en nuestras empresas.  
No le toca a nadie más. Los (y las) CEO tienen sus platos muy llenos. Las (y los) CFO solo pueden reagrupar fuerzas, y tratar de conservar lo conseguido hasta ahora. En RRHH se pelea un guerra literal por retener, conservar y atraer el talent, y en las áreas funcionales la confusión es total frente a los nuevos escenarios.
De manera que nos ha caído a nosotros y nosotras la tarea de salir a explorar, tomar nota, elegir lo útil de lo inútil, lo relevante de lo interesante, y traer las conclusiones a nuestros lugares de trabajo. Aportar valor es nuestra misión, y no es una misión para cobardes o débiles de espíritu.
Vamos a tener que correr riesgos. Explorar nuevos medios, canales, redes sociales, modelos de negocios. Vamos a arriesgar el pellejo, el sueldo, el puesto, la carrera, todo. Vamos a equivocarnos, levantarnos y equivocarnos
otra vez. Y levantarnos otra vez. Sin quejarse, sin protestar, sin añorar los viejos buenos tiempos “cuando todo era más fácil y yo ponía un aviso en la radio y la gente venía y compraba, y ahora con todas estas redes ya ni sé por dónde empezar”. Nada. A no quejarse. A avanzar. A darse contra la pared. A subirse al sube y baja.
Porque en ese sube y baja, en ese riesgo permanente, vamos a empezar a dibujarle el camino a las otras áreas de la empresa, que necesiten que alguien los guíe en las tinieblas. 
No lo pedimos. No lo quisimos. Pero aquí está. Agregar valor es lo que nos toca hacer. ¿Podemos? No sé vos, yo creo que sí.


Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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