Día de la Independencia

SUPLEMENTO ESPECIAL 09 de julio de 2018 Por
1816 representa el bastión fundacional de la Nación Argentina.
Nuestra querida República Argentina celebra en este día el bi-centésimo segundo aniversario de su declaración de la Independencia.
En este tramo de poco más de doscientos años muchas cosas han sucedido en nuestra Patria, detalle o contenido cuya enumeración cuya mención objetiva y puntual insumiría -a no dudarlo- el mismo lapso de tiempo; ni hablar ni acudiésemos a la requisitoria interpretativa de cada período desde lo ideológico o meramente pasional, actitud absolutamente partidaria que nos depositaría sin remedio en un laberinto difícil de superar e imposible de contemporizar.
Por ello consideramos absolutamente necesario ceñirnos en este día al aspecto histórico desde el concepto que el uso de la ciencia nos acuerda, ello sin olvidar lo que implicó aquella gesta.
Para eso no hay que acudir a caminos demasiado espinosos sino que consideramos atinado y equitativo retornar a esas lecciones de escuela primaria que comenzaba citando el acto fundacional de la Argentina en los terribles viajes que debieron concretar los congresales para llegar a la ciudad de Tucumán.
Aún con el riesgo de mancillar la memoria de nuestros abnegados maestros y profesores, dejaremos de lado algunas otras sutilezas sin sentido como la evocación al “Jardín”, a las posturas de los asistentes al consabido Congreso y otros detalles que adornaron tantas páginas de textos y demás publicaciones de todos los tiempos.
La consabida “casita”, declarada monumento histórico nacional, como corresponde, no era tal sino una residencia de clase alta tucumana y lo que vemos hoy es una réplica adecuadamente reconstruida. Y está bien que así sea.
Quienes propugnaron el rescate de los valores nacionales no podemos dejar de destacar lo insigne y noble de toda esa empresa. Había una tierra que aún estaba dando sus primeros gemidos desde su nacimiento en el mayo de 1810, y había que consolidarlo.
Se discutió, se debatió y se acordó Declarar la Independencia en un acto valiente, propio de quienes se jugaron la vida en pos de ello. Nada se discute; ni siquiera los argumentos o posturas muchas veces antagónicas expuestas por cada uno: había que hacerlo. Y se hizo.
Sin embargo, no puede soslayarse la firme actitud exhibida por nuestro Libertador General José de San Martín, quien permanentemente reclamaba esta declaración como bastión de la campaña militar que aún restaba ante el enemigo externo que acechaba desde las fronteras y de quienes, sin tener esa identificación, conspiraban desde nuestro mismo suelo. Lamentablemente, las guerras intestinas y fraternas que jalonarían las próximas décadas de la Nación pretendieron ensombrecer estos actos patrióticos.
En lo que es hoy la Argentina, la historia se ha contado -y se contará, a no dudarlo- desde la mirada de quien la escriba, pero nada impide desconocer la magnitud del suceso, no importa en qué corriente o vereda se instale, porque 1816 representa el bastión fundacional de la Nación Argentina.
Precisamente, estos antagonismos han hecho sus daños; directos y colaterales, pero daños al fin. Manuel Belgrano, soldado, héroe y mártir de la Patria; un espíritu que tanto podía asumir el comando de una batalla, como desarrollar su formación de verdadero estadista, se adelantó en dos siglos a la visión americanista de integración y respaldo en los pueblos originarios, cuando propuso a un descendiente del pueblo Inca para encabezar el movimiento revolucionario de América.
Esta propuesta ha sido bastardeada durante décadas y recién hace algunos años encontró su justa -y merecida- justificación. En una mirada amplia diremos que no vale la pena tratar de defenderla o rechazarla, simplemente es cuestión de asumir que los que hicieron este país pusieron todo de lo mejor que tenían.
Cabe preguntarse ahora si los argentinos hemos hecho honor a esa actitud con nuestra propia aptitud. Si asumimos que hubo una generación de patriotas que tomó el compromiso de institucionalizar el sur de esta lejana América austral y otros varios millones que dejaron su vida en el mismo sentido, en todos los ámbitos y a lo largo de la historia, el juicio no puede ser superficial.
Un buen aporte a la causa, que superaría con creces los discursos, entonaciones y colores que tanto nos gustan a los habitantes de este suelo, sería explicarle a las nuevas generaciones, a los que están y a los por nacer, que el bronce simboliza muchas cosas pero que la verdadera Patria, la que se vive, disfruta y padece se hizo con sangre, sacrificio y esperanza.




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