La política facciosa

Notas de Opinión 07 de junio de 2018 Por
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RAUL ALFONSIN. Formuló denuncias. FOTO ARCHIVO
RAUL ALFONSIN. Formuló denuncias. FOTO ARCHIVO

Por Jorge Ossona (*)

La interpretación que formulan el kirchnerismo y la izquierda radicalizada sobre actual gobierno no es novedosa. El kirchnerismo, en todo caso, logró sintetizar dos vertientes ideológicas antitéticas en una; galvanizando públicos distintos en un discurso típico de los bricolajes populistas pos-modernos. Allá por los ‘80, ambas, por separado, concibieron de manera no muy diferente al gobierno fundacional de Raúl Alfonsín.
La primera procede de una interpretación simplista del marxismo clásico según la cual los sistemas políticos, jurídicos y religiosos son solo la legitimación superestructural de la dominación económica. La democracia liberal sería, para ellos, el más retardatario por su capacidad de anestesiar el dominio y perturbar la toma de conciencia de los oprimidos.
Fue en esa línea ideológica que las organizaciones guerrilleras contemplaron con escepticismo la salida electoral de 1973 y alentaron el golpe militar de 1976, porque habría de exhibir crudamente el dominio de la burguesía, acendrando el “natural” revolucionarismo popular.
Sin duda, una interpretación notable por parte de aquellos que se autoproclamaban peronistas ,como se los recordó el propio Perón durante su breve presidencia póstuma calificándolos de psicópatas, estúpidos, y hasta de “mercenarios al servicio del dinero extranjero”. Los hechos fueron a la inversa de su pronóstico. La dictadura desató una matanza de saña impensada; las organizaciones fueron barridas, y desaparecieron miles de personas. Sobre el reclamo de madres desesperadas se montaron algunos ideólogos sobrevivientes reivindicando los derechos humanos liberales, y alentando el retorno de la hasta hacia poco despreciable democracia burguesa.
Pero solo como un paso táctico para redoblar la apuesta en mejores condiciones.La otra vertiente, nacionalista y popular, se afincaba en el peronismo ortodoxo y en algunos de sus aliados circunstanciales; de izquierda a derecha. El golpe del 76 en si fue tomado como una fatalidad inevitable; aguardando la irrupción en el seno de las FF.AA. de un nuevo jefe mesiánico que tomara el relevo del líder ausente para proseguir la “revolución nacional” en contra del programa oligárquico de Martínez de Hoz.
Fue a quienes Alfonsín denunció en la campaña de 1983 como partícipes de un “pacto militar-sindical” para intercambiar fueros por impunidad y condicionar a un eventual gobierno no peronista.
La victoria del líder radical fue interpretada por esta corriente como la prosecución de la ominosa tradición liberal y antipopular. No solo había ganado “el candidato del Proceso” sino la expresión radical más acérrima del antiperonismo en la línea de la Unión Democrática y de la propia Revolución Libertadora. De ahí, la consigna: “Llamen al gorila de Alfonsín, para que vea, que este Pueblo no cambia de ideas, lleva las banderas de Evita y Perón”.
El Pueblo había sido derrotado por primera vez desde 1945 por las clases medias y altas por la vía electoral. Una contradicción perturbadora que los disponía a corregir ese trastorno mediante paros y protestas callejeras hasta la restauración de la verdadera expresión popular.
La otra vertiente no le fue a la zaga en el desprecio por la democracia ya no “partidocrática” sino “burguesa”. Según sus tribulaciones, el “Proceso” había sido “un éxito” perfectamente planificado que supuso la victoria del “sistema” bajo la nueva forma de los “grandes grupos económicos”.La alienación democrática podía prescindir de la violencia asesina. Pero no por ello el enemigo dejaba de ser el mismo, como lo testimoniaba la consigna callejera de un partido trotskista: “Como dice el General (refiriéndose al presidente Alfonsín), Democracia y Plan Austral”. El Movimiento Todos por la Patria -una estribación tardía y milenarista del ERP-PRT- incluso se propuso en 1989 retomar la “vía armada” mediante el copamiento del regimiento de La Tablada con el propósito de abortar un supuesto alzamiento carapintada transmutándolo en una imaginaria rebelión popular que procedería a tomar el poder.Mucha agua corrió bajo el puente durante los siguientes treinta años. Hacia los 80, pocos preveían el derrumbe del bloque comunista, la victoria del capitalismo global, la nueva revolución tecnológica y la emergencia de un fundamentalismo islámico que golpeó el corazón mismo del “sistema”.
El ascenso del coloso chino, por su parte, invirtió los supuestos de la “teoría de la dependencia” alzando sideralmente el precio de los commodities. Pero la inesperada prosperidad incubó una nueva ola populista en toda América Latina que demonizó a los cambios anteriores bajo el concepto de “neoliberalismo”; una categoría menos teórica que moral.
Fue en ese contexto que el kirchnerismo tardío consiguió la extraña síntesis entre aquel marxismo vulgar y el viejo nacionalismo popular. Se empalmaron en una misma tradición progresista y revisionista a Dorrego, Rosas y Perón con el Che Guevara, Castro y Chávez, de su lado; y los “fachos” Sarmiento, Roca, Aramburu y Videla, en el del enemigo “oligárquico-imperialista-neoliberal”. El sitio malvado que en su momento ocupó Alfonsín lo ocupa hoy el presidente Macri. Nada demasiado nuevo en el marco de nuestro inveterado historicismo faccioso.
(*) Historiador.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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