¿Qué hacer con el capitalismo?

Notas de Opinión 06 de junio de 2018 Por
TRUMP Y OBAMA. Claro ejemplo entre opuestos. FOTO ARCHIVO.

 En términos de opinión pública, el capitalismo en la Argentina tiene escasos defensores, sobre todo que den la cara. En rigor, la opinión pública es lapidaria con varios capítulos de la vida y organización de nuestra nación. Tiene en el rango más bajo a la Justicia, a los sindicatos, a los partidos políticos, a los empresarios, a la policía. En verdad, toda la constelación de las autoridades –estatales y privadas– está bajo un estricto escrutinio y experimenta un juicio signado por el mayoritario rechazo.  
Inclusive, la propia democracia sufre cuestionamientos. En síntesis, es la crisis de la representación, algo que no coloca a la Argentina como país aislado. La decadencia de la representación se extiende por gran parte del orbe. Por eso, la emergencia del cómico Grillo – Movimiento 5 Estrellas, en Italia– y tantos otros  inopinados líderes.     
Nosotros tenemos un problema adicional que se agrega a esa crisis. Acá la visión ‘Estadocéntrica’ está omnipresente. En todo el mundo esa óptica está en franco retroceso, menos en nuestro país. Contribuye a esa excepcionalidad un sobreentendido engañoso: algunas decisiones como las del proteccionismo de Trump, junto con su retracción respecto de acuerdos de libre comercio en los que había avanzado su antecesor Obama, nos inducen a pensar que la globalización es casi un cadáver insepulto. Es un craso error extraer esa conclusión apresurada. Lo que se repliega no es ni el comercio ni mucho menos el capitalismo. China es una corroboración de esto. Se reduce la velocidad de la apertura, pero nadie cierra su sistema económico ni lo estatiza. Ningún país se aísla. Por eso hasta Corea del Norte intenta romper los muros, no sólo con el Sur de su país y con China. La teocracia iraní, ante la presión norteamericana, apela a Europa, China y Rusia para no quedar marginada.     
En la Argentina caló hondo una no muy feliz –y menos eficaz- idea que lanzó el economista Aldo Ferrer hace varios años: ‘vivir con lo nuestro’. Es una sofistería que factura con más pobreza, mediocridad, atraso, declinación, estrechez de horizonte. Otro sofisma es el dilema mercado interno vs. mercado de exportación. No existe economía robusta que no articule a ambos. Para colmo se añade otra falacia: que el mercado regula peor que el Estado, porque es insolidario, ávido de lucro. Que el mercado no es filántropo no está en discusión. Lo que se debe debatir es si el Estado todopoderoso y ultraburocrático garantiza equidad y una economía productiva que distribuya bienes de calidad y de precio accesible. Y si ese Estado engordado y con presencia en todas partes asegura honradez administrativa ¿Acaso podemos soslayar que tiene amplio despliegue la funesta idea de que ‘lo que es de todos no es de nadie’ y consecuentemente, al figurarnos que es un bien mostrenco, es apropiable por el primero que tenga poder? No se comprende cómo es posible que habiendo vivido frustrantes experiencias sobre el saqueo del patrimonio público sigamos persistiendo en el encandilamiento con las llamadas ‘políticas públicas’. Me anticipo a alguna objeción. Nadie puede sensatamente sostener que el Estado debe ausentarse, ni que las políticas públicas deben desaparecer,  ni que el mercado nos gobierne. Se trata de buscar y encontrar ese equilibrio que nos es tan esquivo, seguramente porque ni siquiera se nos ocurre que un buen puerto de llegada. El mercado se autorregula y el Estado ayuda para que no desboque su codicia. El Estado gobierna para el bien común con la atenta mirada del mercado que impide que se conculquen las libertades e iniciativas de la sociedad y, sobre todo, que no sovietice nuestra vida.     
En teoría el microcrédito es mejor que el banco prestamista. El trueque es preferible al intercambio a través de la –entre nosotros– volátil moneda. Las cooperativas sin fines de lucro son más atractivas que las empresas inspiradas en la ganancia. Sin embargo, la realidad nos enseña que la solidez de una economía se sustenta en la reunión del capital y el trabajo como los dos factores –en verdad, motores-  imprescindibles. Capital que debe desempeñar un rol y responsabilidad social y trabajo que puede ir mutando del esfuerzo físico al conocimiento tecnológico y al mundo casi infinito de los servicios. Esa robustez aspiracional es incompatible con un excesivo endeudamiento, máxime si es para financiar gastos corrientes. La economía disfunciona en la Argentina. No podemos mantenernos impávidos o recurrentes.     
La economía argentina padece de labilidad estructural. Su debilidad es histórica. Quizás el origen fue que en la puja intestina por forjar a nuestra nación, el norte fundador e incipientemente industrioso –astilleros en Corrientes, telares por doquier– perdió contra  el ala sazón sur –Buenos Aires– cuyo negocio era importar, comerciar esas mercancías y sacar provecho de la Aduana única. Por eso, en el paroxismo importador llegó a optar por soltarle la mano a la Provincia Oriental para apartar definitivamente la competencia del puerto de Montevideo. Algo que a la postre no se logró a pesar de la segregación. Lo demuestra que el diferendo llega a nuestros días con el canal de Martín García, hasta hace dos años obstruido por nosotros. La liberación de esa traza no obsta para que la rivalidad entre Montevideo y los puertos litoraleños argentinos prosiga. Terminará cuando prospere una estrategia de integración que exige una visión levantada y de largo plazo, hoy por hoy lejana a nuestras querellas de coyuntura. De paso digamos que en EE. UU. pasó al revés; ganó el Norte manufacturero frente al Sur dependiente del comercio de materias primas.                                 

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