Entre la vida y la muerte

Nacionales 04 de junio de 2018 Por
El abogado rafaelino había sido invitado para exponer en el plenario de comisiones del Congreso, pero no se concretó. Se publica lo que iba a argumentar a favor de la vida.
Argentina se encuentra ante un desafío histórico: elegir entre la vida y la muerte. Creo que la fisonomía de las marchas en torno al debate de esta ley puede pensarse como un “signo” claro de lo que está detrás de una propuesta o de otra. La realidad habla por sí misma. Vean los videos de una y otra marcha, qué afirmaban unos -y como lo hacían- y qué afirmaban los otros.
Lo que corresponde al Congreso es legislar según las necesidades concretas del pueblo argentino. La mayor necesidad es favorecer la vida. Sin vida no hay pueblo. Vean a Europa. No ha favorecido la vida y se está quedando sin pueblo. Se está mutando su identidad por la de otros pueblos que le dan vida. Nuestro principal recurso es la “generación de la vida”.
Dentro de este horizonte toda dificultad social, de marginación, de exclusión, de pobreza, puede enfrentarse y encauzarse. Anular una vida agrava todas las dificultades, porque nunca se podrá borrar de la conciencia de la persona que ha abortado el haber realizado un crimen. El horizonte que se ofrece es vivir medicado, alcoholizado y/o drogado, para apagar el drama humano que se abre en el corazón de una persona que anula una vida. Nos diría nuestro querido José Hernández en el Martín Fierro: “Dios formó lindas las flores; delicadas como son -les dio toda perfección; y cuanto él era capaz- pero al hombre le dio más; cuando le dio el corazón”. Ese corazón es inextirpable.
Mi madre tuvo 7 hermanos, en mi propia familia somos 7 hermanos y yo tengo siete 7 hijos, y gracias a Dios, ya 8 nietas y 2 nietos. He vivido sumergido dentro de una “pasión por la vida”, he sido educado a “vivir intensamente lo real”. En un contexto como el que todos vivimos, nada se nos dio regalado, todo fue fruto del sacrificio y del trabajo. Pero la raíz de la cual partimos, tanto mis padres como luego sus hijos, era una fascinación por la aventura de la vida. El contexto cultural en el que nacimos afirmaba la vida como un valor indiscutible. Esa cosmovisión forma parte del ethos cultural más profundo del pueblo argentino. La ley que se propone para eliminar la vida es fruto directo de una colonización ideológica cultural. Ya nadie niega, desde el punto de vista científico, que lo que se engendra en el seno materno es una nueva vida. ¿Por qué podríamos tomarnos la atribución de eliminar a otro ser humano idéntico a nosotros, que tiene que pasar por los mismos meses de crecimiento en el seno de nuestras madres?
La única explicación posible es un proceso histórico de “deshumanización”, de haber perdido la percepción básica de que “nadie se hace a sí mismo”. Todos recibimos la vida de otro. Y es evidente a la razón humana que ese otro no es solamente mamá y papá. Esa conciencia elemental, esa dependencia original, es lo que hace valorar la vida como un regalo, como un don, como una gracia. Esta conciencia solo se recupera a través de un proceso educativo, una experiencia de encuentro con personas que ya viven esta conciencia y que la impregnan en nosotros por contagio, en un ambiente donde podríamos decir que por osmosis yo recupero la pasión por vivir.
La solución al problema de las madres que tienen serias dificultades para hacerse cargo de lo que ha sido engendrado en su seno se encuentra en traer ese problema dentro de casa. De mi casa material, y de mi casa espiritual. En la jornada mundial por los pobres Francisco rompió el esquema de todos. No nos dijo, denle un poco de lo que tienen, sino llévenlos a comer a la casa de ustedes. Creo que es la proclama revolucionaria más grande que se hizo en los últimos doscientos años. Rompe todas las barreras ideológicas e intelectuales. Una cosa es hablar a favor de los pobres, otra cosa muy diferente es implicarlos en la vida nuestra de todos los días. Creo que ahí está la solución al problema del aborto, y de la pobreza en general. No ver el problema desde afuera para que no nos toque nuestro estilo de vida, sino implicarnos personalmente en la situación. La ley del aborto, en cambio, propone sacarnos el problema de encima y tirárselo a ese entre abstracto e impersonal que es “el estado”.
El 16 de octubre de 2016 Jorge Bergoglio dejó su testamento espiritual sobre la Argentina. Ahí nos educa a implicarnos en la vida real y concreta de nuestro pueblo, recuperando nuestra conciencia de ser parte de una patria común. El camino que ofreció es superar la cultura de la confrontación (como la que genera esta ley), por una cultura del encuentro. Es una nueva manera de pensar y de pensarnos: el tiempo es superior al espacio (generemos vida y no la interrumpamos), la unidad prevalece sobre el conflicto (la unidad de la madre y del padre que engendraron un hijo, y no el conflicto de eliminarlo), la realidad es más importante que la idea (un hijo es una realidad más importante que la ideología que lo quiere descartar), el todo es superior a la parte (todo está relacionado, nadie puede ser dejado fuera del poliedro que nos contiene a todos).
La vida es un regalo y uno tiene que responder a ese don que ha recibido, siempre lo ha sentido así nuestro querido pueblo argentino, como lo dice una de sus canciones más populares: Entre a mis pagos sin golpear “La vida me han prestado y tengo que devolverla cuando el creador me llame para la entrega. Que mis huesos, piel y sal abonen mi suelo natal”.

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