Sensaciones y sentimientos

Sociales 02 de junio de 2018 Por
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SOBREVIVIENDO ENTRE CLAVES Y CONTRASEÑAS
Alguna vez, en aquélla versión de paraíso terrenal que es la niñez, más de uno en los increíbles días de la lejana escuela primaria habrá practicado la escritura de su nombre, y lo habrá contemplado un momento dándose importancia y ¡ese soy yo! habrá sentido en su interior de persona recién creada que ha agregado un elemento nuevo y decisivo a su identidad.
El nombre escrito en una etiqueta de cuaderno tenía el encanto único de surgir del hada que provee personalidad, y nos había dado un don. Lo escribíamos a veces sin necesidad para asociar definitivamente esos signos gráficos que habían dejado de ser algo sin alma ni importancia, y con los ojos, cerrando un círculo ricamente sensible hacia el profundo interior nuestro que, de pronto y para todos los tiempos siguientes, tenía su propia entidad.
Con el correr desesperado de los días (¿qué necesidad tienen de ir tan rápido?) ese acto emotivo de encuentro con los signos del nombre quedó olvidado; éramos importantes por otras cosas y por nuevas responsabilidades que nos iban cayendo quién sabe de qué lluvia pertinaz e indiferente.
Fuimos grandes y orgullosos de serlo. Nuestro nombre, ya pegado en la piel (una forma invisible pero indeleble de tatuaje) era sólo un accesorio. En cambio, el futuro estaba a nuestro alcance.
Nos habían puesto una bandera de largada adelante, la misma que deseábamos tanto. Nos lanzamos a vivir sabiendo que nos esperaban rectas sin sorpresas y curvas intratables que requerirían mucha concentración.
Y definitivamente también nuestro sello final: la firma para toda la vida.
Supimos entonces de nuevos amigos que ponían sucursales y agencias “muy cerca de nosotros” y que nos invitaban a jugar juntos, pero no ya al estanciero sino al personaje de decisiones importantes. Siempre habíamos tenido noción de que la vida no es solo una constante sucesión de pagos y cobros, y lo aceptamos, al igual que la dependencia a las claves y contraseñas.
Con las primeras fue hasta grato guardarlas en una PC y además en papel. Luego nuestros brillosos amigos financieros (seguimos sin entender cómo demuestran su amistad) nos pedían códigos distintos para cajeros humanos, para cajeros automáticos, para operar desde la PC de casa, o para viajar tras las fronteras, con nuevos requisitos de claves y contraseñas.
Nuestro amigo se había puesto difícil. Si nos equivocábamos en una de esas llaves que abren montañas, veíamos la amenaza directa de bloqueo, y tener que generar otras claves en la sucursal.
Era para dejar de creer en la amistad ¿Qué había pasado en el medio? ¿Y con la sonoridad afectuosa de nuestro nombre? Las claves y contraseñas habían conseguido la transparencia del cristal y la dureza indiferente del acero.
¿Podremos recuperarnos como personas? ¿Conseguiremos amar a los sistemas? ¿Y por qué no? ¿Y por qué sí?
Hasta es posible que alguna vez ocurran esas, ahora previsibles, fallas de los sistemas o que un operador para hacerlas más seguras agregue una perniciosa idea de avanzada para mejor control que, al captar un dato incorrecto active una voz neutra, con cierto casi tono afectivo, que dirá que lamentan decirlo y que no se trata de una cuestión personal, pero el crédito vital se nos ha terminado y deberemos pagar con “tiempo restante de horas” la nueva cuota que se está debiendo.
Y cerrará el mensaje con un sentidamente declamado “Im sorry” acompañado, eso sí, de su nombre.
Hugo Borgna - Sandra Cervellini
Especial para “LA OPINIÓN” de Rafaela



Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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