Un fantasma para sospechar del mundo

Notas de Opinión 05 de mayo de 2018 Por
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Su nombre siempre resuena cuando lo traemos a la agenda política, de la misma forma, que en una conversación entre dos sujetos, el pronunciar cada una de sus letras genera un silencio que seguro incomoda sin disimulo a alguno de los sujetos. ¿Por qué será que nos genera esto? ¿Por qué incomoda? ¿Por qué hace temblar nuestras estanterías mentales? Para algunos es miedo, para otros tal vez sea revolución.
De seguro, algo habrá hecho este tipo para que, a pesar de tantos años de su muerte, este siga naciendo de manera irreverente como una rara combinación imperdonable de filósofo, economista, sociólogo, historiador, político y trabajador. Se puede estar en contra de él, a favor suyo, o en debate pero nunca ajeno a su presencia teórica-práctica.
Karl Marx, hijo y nieto de rabinos, nació en 1818 en Tréveris, una ciudad al oeste de actual Alemania. Periodista, conocedor del derecho y filósofo hegeliano, de joven Marx vivió con suma preocupación los cambios abrumadores que proponía la revolución industrial de su tiempo. Como pocos, fue un pensador que se animó a construir una teoría y ponerla en práctica, por ello participó activamente en la organización de los trabajadores a través de la Liga de los Justos, la 1º Internacional y el Partido Comunista. Aunque las desgracias lo persiguieron como una sombra durante toda su vida: trabajos mal pagos, hijos fallecidos, exilios, deportaciones, persecuciones policiales, salud deteriorada y ayudas económicas de su amigo y colega Friedrich Engels para poder sobrevivir.
A pesar de la distancia cronológica, sin lugar a dudas, Marx sigue poniendo en manifiesto los conceptos de plusvalía, trabajo alienado, el fetichismo de la mercancía y, sobre todo, por desenmascarar la falsedad escondida bajo los valores ilustrados de racionalidad capitalista y la interpretación burguesa de la realidad. De esa forma, da pie a la búsqueda de una felicidad colectiva que pueda ser teórica-pràctica. En este sentido, establece que el modo de producción de la vida material determina el proceso de la vida socio-política y las formas de conciencia. Por ello, pone bajo sospecha la autonomía del sujeto ya que está íntimamente relacionada con las condiciones materiales de su existencia y alerta sobre el carácter ideológico de la conciencia enmascaradora o falsa conciencia que reina bajo el capitalismo. En otras palabras, las condiciones sociales limitan la libertad y la autonomía del ser humano. Este Marx se nos presenta no como una verdad monolítica sino como enclave para la sospecha, como hipótesis a verificar. Él mismo confesò a Engels que iba a ser el primero de los antimarxistas el día que su voz sea evocada de forma religiosa: “Me niego a escribir recetas para los bodegones del porvenir” sentenciaba.
Su pensamiento lleno de movimiento, densidad y volumen es inconcebible sin su entrañable amigo Friedrich Engels y su compañera Jenny Von Westphalen (escritora, política, pensadora y primera miembro de la Liga de los Comunistas). Con Jenny no solo compartió su pasión por desenmascarar el rol de los opresores, sino también lo más íntimo de su corazón. En una carta fechada el 21 de junio de 1856, Karl le escribe desde Manchester: “Querida, te amo, y te amo de veras, con el amor más grande que jamás se haya sentido en los páramos de Venecia. Falsa y asquerosamente, el mundo forma imágenes superficiales. ¿Quién de mis muchos calumniadores y enemigos de lengua venenosa alguna vez me ha reprochado por hacer el papel de galán en un teatro de segunda categoría? Y es verdad. Si los sinvergüenzas hubiesen tenido algo de ingenio, habrían trazado el cuadro: por un lado, el emancipador de las relaciones productivas y sociales y, por el otro, yo mismo a tus pies.”
Esta visión de Marx amoroso, vulnerable, pensante y compañero es tal vez con la que más tenga afinidad y por supuesto es muy distinta al dogmático de la revolución inminente que nos suelen presentar algunos o al anticristo del mundo que nos muestran otros. Por eso pienso, que si algo de determinista y fatalista del capitalismo tenía a veces su pluma, quizás era más por la necesidad de llevar al extremo su posición teórica para contrarrestar tanta injusticia, dogmatismo y desesperanza. Entonces, la utilización de cierto lenguaje propagandístico pudo haber sido solo circunstancial para poder tener un instrumento de penetración efectiva en la realidad de su época. Porque como bien sabemos el capitalismo de mediados del siglo XIX no estaba llegando a su fin sino que se estaba consolidando. Además, el propio Marx entendía que la revolución no era obra de una posición teórica creada de la nada, como tampoco la conciencia de clase se daba de un día para el otro o por obra de un mesías barbudo que tomaba las armas, sino que todo en definitiva era resultado de un trabajo pausado, pensado y colectivo.
En definitiva, un Marx que a 200 años de su nacimiento siga saliendo de todas las tumbas donde lo han enterrado, donde siga rompiendo las actas de defunción de sus detractores para escribir actas de nacimiento, es porque nos interpela y nos convoca trabajar sobre la realidad. Por eso, su fantasma aún recorre los intersticios de nuestro pensamiento para que sospechemos del mundo.

* El autor integra el Centro Socialista Rafaela.


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