La vida y la muerte

Editorial 05 de mayo de 2018 Por
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Lejos está la humanidad de discernir cuáles son las prioridades en un mundo enredado entre conflictos bélicos que genera muerte incomprensible, terrorismo, inseguridad ciudadana, tráfico de personas y otros males que afectan la dignidad o la vida misma. En este contexto se inscriben dos informes que se conocieron esta semana sobre niñez y sobre el gasto en desarrollo, investigación y fabricación de armas y tecnologías para la guerra. 
En este escenario, el más reciente informe sobre gasto militar global publicado por el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz permite conocer cuáles son los países que mayores recursos destinaron a fines bélicos durante el año 2017. Según el reporte, el gasto militar mundial aumentó en ese año en 1,1 % respecto al año 2016, para ascender a 1,7 trillones de dólares. Detalla que EE. UU. con 610.000 millones de dólares lidera el ránking, seguido por China con 228.000 millones mientras que Rusia, por el contrario, muestra un decrecimiento presupuestario en ese campo. 
Del lado de Unicef, un estudio señala que cada año, 2,6 millones de bebés mueren antes de cumplir un mes de edad. En el caso de 1 millón de estos niños, su primera y su última respiración se producen el mismo día en que nacen. Otros 2,6 millones de niños nacen muertos.
El documento sostiene que cada una de estas muertes supone una tragedia, sobre todo si se tiene en cuenta que
la mayor parte de ellas se podría haber evitado. Más del 80% de las muertes de recién nacidos se producen como resultado de un nacimiento prematuro, complicaciones durante el trabajo de parto o el parto e infecciones como sepsis, meningitis y neumonía.
De acuerdo al estudio de Unicef, cada año se podría salvar la vida de millones de bebés si las madres y los propios recién nacidos pudieran disfrutar de una asistencia de salud de calidad y asequible, una nutrición adecuada y agua limpia. 
Si bien las muertes de niños de entre 1 mes y 5 años se han reducido drásticamente en los últimos decenios, el informe muestra que lamentablemente los avances en la reducción de las muertes de recién nacidos –los que tienen menos de 1 mes de vida– no han sido tan llamativos: cada día siguen muriendo 7.000 recién nacidos. Esta situación obedece en parte a que las muertes de recién nacidos no se pueden evitar con un solo medicamento o intervención, sino que
requieren un enfoque global del sistema. 
Consigna el reporte que el riesgo de que un recién nacido muera varía en gran medida en función de dónde nazca. Los bebés que nacen en el Japón son los que más probabilidades tienen de sobrevivir, con una proporción de solo 1 fallecido de cada 1.000 durante los primeros 28 días de vida. En cambio, en el Pakistán se registran las peores estadísticas: 46 de cada 1.000 recién nacidos, es decir casi 1 de cada 20, mueren antes de cumplir un mes de vida.
Según Unicef, la supervivencia de los recién nacidos está estrechamente relacionada con el nivel de ingresos de un país. La tasa de mortalidad de recién nacidos en los países de ingresos altos es de tan solo 3 muertes por cada 1.000 nacidos vivos. En contraste, en los países de bajos ingresos la tasa asciende a 27. La diferencia es muy significativa: si todos los países redujeran su tasa de mortalidad de recién nacidos a por lo menos la media de los países de ingresos altos, para 2030 se podría salvar la vida de 16 millones de recién nacidos.
Sin embargo, el nivel de ingresos de un país explica solo parte del problema asegura el reporte del organismo dependiente de la ONU. Además, las tasas de mortalidad nacionales esconden a menudo variaciones dentro de los países: los bebés cuyas madres no han recibido una educación tienen casi el doble de riesgo de morir durante el período neonatal que aquellos cuyas madres cuentan al menos con la educación secundaria.
Por otra parte, en Somalia, un país con una de las tasas de mortalidad de recién nacidos más altas del mundo (39), solamente hay 1 médico, enfermero o partero por cada 10.000 personas. En contraste, Noruega, donde la tasa de mortalidad de recién nacidos es de 2, y el Brasil, un país de ingresos medianos altos con una tasa de mortalidad de recién nacidos de 8, cuentan con, respectivamente, 218 y 93 trabajadores de la salud cualificados por cada 10.000 personas.
Así, mejorar el acceso de las madres y los recién nacidos a los servicios de salud es, por tanto, el primer paso necesario para reducir la tasa de mortalidad de recién nacidos. No obstante, si sucede que la calidad de los servicios no es la adecuada, la existencia de un establecimiento de salud o un trabajador de la salud no será suficiente para marcar la diferencia entre la vida y la muerte.








Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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