Los olvidados: antiguos comerciantes de Rafaela

Información General 11 de marzo de 2018 Por
Se trata de aquellos de la época de la ciudad-pueblo. El quintero del barrio, el colchonero, el lechero que ordeñaba su propia vaca. Clientes y comerciantes mantenían una estrecha relación de confianza.
Los primeros oficios en Rafaela-Pueblo fueron ejercidos por humildes y laboriosos personajes de los cuales nada queda, ningún nombre o apellido: se los conocía habitualmente como el lechero, el panadero, el colchonero, el hielero, el afilador, el verdulero, etc. y el sistema tenía la ventaja para quien no quisiera salir de su casa, que la mercadería se le entregaba en su propia puerta. Eran vendedores ambulantes que recorrían diariamente el pueblo ofreciendo su mercadería, elaborada por sus manos en su casa o en su taller y fueron los que abastecieron al pueblo por muchos años.
Recuerdo al laborioso verdulero que tenía su quinta sobre calle Arenales frente a la Capilla de Pompeya y era quien habitualmente nos surtía de las verduras frescas, recién cosechadas de su prolija y extensa quinta. Creo que se llamaba Corró si no me falla la memoria.
Otro artesano era el colchonero que venía habitualmente a escardar los colchones (que en esa época eran de lana) y que con su habitual instrumento y en el patio de baldosas con paciencia y pulcritud desarmaba colchón por colchón pasando cada vellón por el cardal. Luego volvía a armar los colchones, cosiéndolos prolijamente y si era necesario cambiaba los forros sin mayores dificultades. Este hombre -como tantos otros- primeros hacedores de oficios, cumplían una función en tiempos difíciles cuando faltaba de todo y suplían con habilidad y destreza esas carencias, poniendo su empeño para superar los inconvenientes de una vida semi rural.
Antes de que existieran los colchones, ¿qué se usaba? Había catres, y estos se revestían con cueros o simplemente con tiras de cueros entrelazados y así durmieron nuestros antepasados. Todos estos artesanos, no sólo gozaban de la confianza de sus clientes, sino que conformaron un especial folclore comercial que fue desapareciendo paulatinamente, a partir del año 1940 por varias razones. Entre ellas la prohibición de la circulación de carros tirados por animales y la exigencia de nuevas normas higiénicas para el tratamiento por ejemplo de la leche y otros productos.
En un artículo anterior me había ocupado de los lecheros que venían por las mañanas, con su vaca lechera y casa por casa ordeñaba el animal para entregar la cantidad de leche solicitada. La medía con un gran jarro de metal en donde se señalaban litros, medio litro, etc. A partir de ese momento la leche en la cocina de cada vivienda se sometía a un largo hervor y si mal no recuerdo hasta que la leche hervida subía tres veces por lo menos, antes de ser guardada en las heladeras -en ese entonces de hielo-, no se consumía.
Al hablar de todos ellos, ¿alguien recuerda el nombre de alguno de ellos? Por eso los llamo “Los olvidados” y han pasado a la posteridad -sin nombre ni apellido-. Eran obreros escondidos detrás de un oficio y callada y silenciosamente han pasado a la posteridad. Gente de gran confianza, clientes y comerciantes mantenían una relación amistosa y que perduró a través del tiempo, hasta que las circunstancias y la modernidad los hicieron desaparecer.

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