Sensaciones y sentimientos

Sociales 03 de marzo de 2018 Por
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Hay un dato que necesitamos conocer al día y al detalle los que habitamos este sector de la Tierra, y por eso concurrimos con frecuencia a las fachadas donde está la información precisa (nos parece escuchar a un lector atento que dice que es el que informa al instante el costo del dólar).
No. No son esas.
¿Son los brillantes salones donde los cero kilómetro, incitantes, desafían los límites de nuestra fantasía, y hacen que se sienta desde afuera -y con la ñata contra el vidrio- el goce de manejarlos?
Tampoco, aunque hay que reconocer que las dos nombradas nos atraen intensamente.
No. Lo que más nos tienta son las vidrieras de las agencias de viajes, pobladas de imágenes de playas, donde ya al ingresar sentimos el calor del sol, la húmeda frescura del mar, la caricia del viento suave, el esplendor de avenidas que brillan con y como joyas, la historia siempre renacida de los lugares emblemáticos del viejo mundo, el misterio de los países asiáticos, el “milagro” nipón…
Y allí vamos. En avión, crucero, autopistas o rutas nacionales, siempre haciendo veloces agujeros en el horizonte que tanto promete.
Los rafaelinos viajamos. Mucho y aún más. Nuestras horas transcurren sobre ruedas, aire o agua.
Lejos de nuestra patria cotidiana, sea en viajes organizados o por nuestra cuenta, estamos atentos a la presencia de coterráneos y, si tenemos más pretensiones, de gente de nuestra ciudad.
Y los encontramos, porque de tanto buscarlos aparecen y lo hacen “de pronto”. Los reconocemos, nos reconocen y todos nos sentimos felices y alegres. E, indefectiblemente, nos “pegamos” a ellos durante todo el viaje. Somos como hojas sueltas de un otoño pérfido que nos hubiera separado.
Es esa una de las alegrías propias de cada viaje. Un modo especial de entrañable amistad, mientras los ojos intentan absorber para siempre tanta belleza recién conocida.
Al llegar por fin los que habíamos intuido como los últimos encuentros en el viaje, intercambiamos números de teléfono y direcciones, prometiéndonos unos a otros que en la ciudad común, generaremos continuos y divertidos contactos.
Pero nunca lo hacemos. A los pocos días de volver ya sentimos la vaga sensación de que hemos estado durante el viaje –que ya es pasado- con “alguien de la ciudad”.
Pero vamos a perdonarnos. No es cierto que solo nos habíamos relacionado con ellos porque eran los conocidos que teníamos más a mano: estuvimos cómodos con ellos. Fueron el sentir vivo de la raíz nuestra a muchos kilómetros de casa, la apreciada imagen de nuestra identidad.
De verdad quisimos continuar con esas nuevas relaciones, pero es posible que seamos débiles ante el laberinto que plantea la rutina, esa que nos cierra los dos horizontes: el territorial de los lugares a que, con o sin obligación concurrimos diariamente; y el otro, más peligroso aún; el límite afectivo.
¿Será así porque en el fondo (y a veces en la superficie también) somos individualistas y nos cuesta incorporar a otros a la vida diaria?
Es una buena pregunta, pero allí, bien a la vista para que no las ignoremos, están las palabras que Lepera le puso al canto del Zorzal. Nos preguntamos ahora si eso de “golondrinas de un solo verano con ansias constantes de cielo lejano”, es un aéreo juego de palabras para que llegue, en nuestro tiempo, a definir nuestra volante actitud.
¿O, profundizando aún más: seremos simples aves de paso que necesitan estar fuera de casa para poder extrañarla mejor?

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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