Las casas de Rafaela

Locales 18 de febrero de 2018 Por
Una mirada sobre la "arquitectura" desde la colonia.
Ver galería SOBRE RUTA 34. Primera casa de ladrillos edificada por Santiago Lorenzatti. Aún sigue en pie. ESQUINA- En Viamonte y Chacabuco, la casona donde hasta hace poco funcionó el Bar Los Santiagueños.
1 / 2 - SOBRE RUTA 34. Primera casa de ladrillos edificada por Santiago Lorenzatti. Aún sigue en pie. ESQUINA- En Viamonte y Chacabuco, la casona donde hasta hace poco funcionó el Bar Los Santiagueños.
Las primeras viviendas que se hicieron al crearse la colonia, no fueron otra cosa más que simples ranchos de barro y paja, construidos por los mismos que debían habitarlos, con piso de tierra, sin puertas ni ventanas, sólo con algún cuero o lienzo que tapaba las aberturas. Poco después se hicieron de adobe, ladrillo crudo secado al sol, con paredes de mayor espesor, usando barro para asentarlos. Los pisos de tierra, bien apisonada y barrida.
Algunos amasaron barro con bosta como revoque y la cal como única pintura para blanquear las paredes. Unos años después se pusieron ladrillos a los pisos y las ventanas pequeñas se defendieron con rejas. Vivían en pleno campo y debían defenderse de los gauchos alzados. Aquí no había indios pero eran temibles los linyeras y algunos vagabundos que se arrimaban a los ranchos buscando trabajo, o para robar caballos. Pasaron unos años y Antonio Podio se puso a fabricar ladrillos, necesarios e imprescindibles para darle mayor firmeza a las construcciones, que empezaban a hacerse en el pueblo.
A veces las medidas de los ladrillos no eran iguales y se ocasionaban inconvenientes. Estos se solucionaban cuando el propietario que deseaba levantar una vivienda, encargaba una cantidad determinada de ladrillos de una sola vez y entonces se aseguraba que tendrían todos las mismas medidas. La primera población comenzó alrededor de la plaza y del primitivo galpón que hizo las veces de iglesia. A medida que las viviendas se alejaban del centro del pueblo, la edificación se hacía menos compacta y grandes espacios (baldíos) se intercalaban entre las casas. Comenzaron a usarse los techos de zinc y las paredes se hicieron de más espesor pero bajas, y aunque fueron cambiando de aspecto, pero todavía sin adornos de ninguna clase: las puertas y las ventanas eran ahora de madera o de hierro macizo. No hubo en nuestra zona rejas voladas en las ventanas como era habitual en las construcciones del norte argentino, rejas que sobresalían como 25 cm. del frente, lo que era un peligro para los transeúntes.
Van a pasar unos cuantos años hasta que aparece don Dante Culzoni, el autor de la pérgola de Boulevard Lehmann, el primero en emplear cemento para las construcciones, elemento que comienza a hacerse habitual reemplazando el barro y mezclándolo con arena y cal, para darle mayor consistencia y dureza. (1).
 Comienzan a engalanarse las fachadas con algunos adornos y a las habitaciones se les coloca pisos de madera, quedando el ladrillo y los mosaicos para los patios, la cocina, galerías y piezas de servicio, aunque en casas modestas continuará usándose todavía por muchos años. Alrededor de 1910, en las moradas de cierto lujo se empapelan las paredes de las habitaciones, de la sala, del comedor y lugares habituales de recibo. lo que se completaba con zócalos y artísticos brocales. En esta época ya se usan persianas de hierro para las ventanas, tanto las que dan a la calle como las de las habitaciones empleadas generalmente como dormitorios. El cuarto de baño entra a formar parte de la vivienda, pero van a transcurrir unos cuantos años más hasta que el mismo entre a ser parte integrante de las casas modestas. Los terrenos valían muy poco, razón por la cual las casas se edificaban con amplias habitaciones, cocina, patios, todo hecho con considerables dimensiones.
Aún quedan en Rafaela algunas casas antiguas con grandes superficies destinadas a los dormitorios y a los patios. Como comenté en algún artículo anterior, en las casas de cierta importancia los patios eran tres: el primero, generalmente de baldosas para la familia y las visitas; el segundo para las habitaciones de servicio, lavadero y algunos juegos para los niños y el tercero para los animales domésticos, huerta y jardín.
Mi casa con frente en calle 25 de mayo, terminaba a través de sus inmensos patios en calle Arenales. Fue edificada en 1910 con ladrillos, pero paredes de adobe y luego encaladas. Años después, empapeladas, como era la moda de ese entonces. Constaba de comedor, varias salas y habitaciones con cielorraso y pisos de madera, con ventanas y patio de baldosas con aljibe. Amplitud de la casa paterna, extensión de la quinta y variedad de plantas procuraban un ambiente grato que podían hacer la felicidad en los primeros años, cielo abierto, espacios libres para las correrías de los niños y profusión de árboles para treparse. Las plantaciones incluían árboles de naranjo y mandarinas, membrilleros, durazno, ciruelos e higueras. Para sombra había paraísos y un enorme ligustro casi centenario. Cerca de la casa estaba el molino al que la brisa hacía girar su enorme rueda y con el ala marcaba la dirección del viento.
Pasaron los años y la construcción adquirió cada vez mayor impulso. Comenzó a emplearse el hierro en gran escala, se multiplicaron las comodidades y los detalles de buen gusto. Con la Belle Epoque aparecen algunos elementos decorativos de este estilo en las fachadas de los edificios. Mirando con atención se ven en Rafaela muy buenos ejemplos de esta moda que dejó varios testimonios en la ciudad: en calle Alvear frente al Banco Nación un edificio de dos plantas con una bella decoración Belle Epoque en el frente del primer piso. Todavía queda en Rafaela alguna casa sin ochava, con esquinal es decir, que es el encuentro de dos paredes planas o curvas. Es simplemente el ángulo de un edificio que fue obligado a desaparecer por disposición municipal. He podido ubicar una sola casa que aun tiene este detalle constructivo: está ubicada sobre calle Viamonte y Chacabuco y carece de ochava. Con la instalación de la red de agua corriente, lo que obligó a la modificación de las instalaciones sanitarias en todas las viviendas de la ciudad, dejaron de existir los retretes en los fondos de las casas, para evitar en lo posible la contaminación con los pozos de agua. En mi casa como en la mayoría de las viviendas, hasta ese entonces teníamos molino. El tema del agua corriente trajo aparejado el reacomodo de los baños, rotura de paredes y azulejos para instalación de nuevas cañerías, etc. Siguieron existiendo los pozos negros hasta que unos años después llegaron las cloacas, un moderno servicio para un gran sector de la ciudad, pero que necesita ser extendido a otros segmentos de la población a los que no alcanzó hasta el momento el beneficio. Ahora Rafaela también tiene gas, pero no sólo en garrafas, sino por cañerías lo que ha abaratado sensiblemente su costo aunque la red todavía no cubre toda la ciudad.
También hay barrios -llamados residenciales- que no tienen servicio de cloacas, lo cual resulta un tanto inconcebible, teniendo en cuenta sobre todo, que en dichos espacios se cobran tasas municipales irreales, en el sentido de que no se corresponden con los servicios que se prestan. Esperemos que con el correr de los años, se normalice totalmente la vida de la ciudad y en todos sus rincones se posea agua, luz, y gas para hacer la vida de todos sus habitantes más placentera y agradable. 

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