En busca de… Eduardo Fernández, inventor

La Palabra 10/02/2018 Por
Intentos e inventos Conoció de adolescente al inventor por excelencia que lo recibió y lo sumó a su entorno afectivo. Supo que su actividad laboral iba a ser descubrir lo que era necesario para mejorarle la vida a los demás. Es profesional en lo suyo, y a partir de su gestión se creó la Escuela de Inventores y el Foro Argentino de Inventores. Para conocer los aspectos menos difundidos de su labor tan particular, nos recibió en el aula taller y compartió una mañana de actividades.
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1 / 2 - archivo La Palabra - Momento de análisis: El de la charla de Eduardo Fernández con LA PALABRA

LP - ¿Cómo fue que te convertiste en inventor?

E.F. - Es una muy buena pregunta, pero en realidad no me transformé, nunca dejé de serlo. Que no es lo mismo. Creo que en la condición humana está implícito ser inventor. Pero se atenúa eso. Todos tenemos ese potencial, para mí inventar es un mecanismo de supervivencia. ¿Dónde estaba el manual de cómo cazar en nuestros antepasados de doscientos mil años? Y tenían que hacerlo. ¿Cómo buscar el agua? Hacer alimento, hacer fuego. Y ese potencial está en nosotros, se despierta, se entrena, o se atenúa. Creo que los inventores de hoy hemos continuado ese potencial. Yo nunca dejé de serlo. Lo he perfeccionado, me he equivocado, lo he aprendido, pero en realidad es algo nativo que se desarrolla. Pero lamentablemente la escuela y la familia lo atenúan. A Biro le decían: “usted es un hombre casado, tiene familia, con cuarenta años ¿por qué no se deja de embromar con la bolita y va a trabajar?”. Si hubiera hecho caso tal vez estaríamos sin birome. Pero es una reacción natural, la gente en el fondo le teme al cambio, a lo nuevo. Pero hay gente que persiste. Con lo cual la conclusión es que cualquier inventor profesional que llega a adulto es un sobreviviente del sistema educativo y de la familia. Si se le hiciera caso a “andá a laburar”, “no busques lo nuevo”, “no te arriesgues”, las cosas no cambiarían.

LP - Después de la inquietud, llega la escuela secundaria. ¿De qué manera se dio en tu caso personal?

E.F. - Mi experiencia es que hasta los diez años, hay una condición de los chicos que si no se aprovecha, se pierde. Hasta esa edad los chicos tienen más imaginación que conocimiento. Más futuro que pasado. Y más entusiasmo que frustraciones, más esperanza. A partir de la secundaria eso se invierte, se apela más a la memoria, al conocimiento, al razonamiento, entran a pensar más a lo que hicieron, de dónde viene. Se invierte la ecuación. Y aparece el prejuicio, el miedo al qué dirán, la presión del grupo de pares, la emulación, copiar, la incertidumbre de lo que voy a hacer mañana. Cuando uno es chiquito el tiempo se dilata, es todo presente, es todo esperanza. Bueno, todo eso se pierde. En la secundaria o se trae estimulado, o se perdió.

LP - ¿Qué estudiaste?

E.F. - Terminé el secundario raspando, y no estudié nada más. Soy autodidacta. Me eduqué por mi cuenta, tengo una biblioteca con más de tres mil libros que leo, pero no me adecué al sistema educativo.

LP  ¿Cómo es un día del inventor profesional?

E.F. - Primero, es un estado de interrogación permanente. Casi como un reflejo, no voluntario, de las cosas. Y algo que se llama atención. Surge. Algo no es armónico, le falta simetría. Le faltan cosas, es ruidoso, es peligroso. Eso podría mejorarse, pero no como algo racional, es un reflejo. Algo no me gusta. Hay una luz que te dice algo. Parece un  número chiquito pero es el mayor de Sudamérica la cantidad de inventores profesionales que hay en nuestro país. Nos reunimos mecánicos, ingenieros, la mayoría autodidactas, y el patrón es buscar el desafío. Si veo un problema digo: esto me está llamando. Nos atrae un  problema técnico, no social. Hay colegas que inventan mucho para gastronomía, otros para mecánica.

LP - Entiendo lo que explicás. Pero el que no tiene formación la necesita para abordar un caso concreto sobre un objeto.

E.F. - Es parte del prejuicio eso. La escuela tradicional, la academia, responde a saber para hacer. Nosotros somos tremendamente empíricos, hacemos para saber. Entonces partimos de aceptar que no sabemos. No lo sé, y no me importa. Entonces hago un diagnóstico, cuál es el problema, imagino la solución, y después digo: ¿qué necesito para hacerlo? Hay viene. ¿Y qué material? ¿Y a quién consulto? ¿Cuál es la caja de herramientas? Pero la solución es mía. Te repito: lo nuevo no está en la biblioteca. Yo concibo lo nuevo, eso es conceptual. Paso a una parte que es instrumental. ¿Qué herramienta necesito? ¿Qué presupuesto necesito? ¿Qué socio necesito? ¿Qué experto necesito? Lo tercerizás. Es una fantasía que el inventor es un loco que está todo el día en un taller. ¿Sabés cómo es el laboratorio de quienes somos inventores? Vas caminando, estás nadando, vas manejando, estás tomando un café, tomás un papel, y empieza el ensayo y error. Es un juego, es empírico. Entonces encargo tal cosa. Y armo cosas.

LP - Y a veces la cosa fracasa…

E.F. - En el noventa y nueve por ciento de las veces… La técnica nuestra se llama la ventana abierta: tiramos todo lo que no funciona. Tenemos un grupo de trabajo y por año generamos unas cien ideas. También hay inventos propios. Pero hay un momento que la implementación siempre es el equipo. Inventar es algo solitario, individual, íntimo, silencioso. Y cuando uno lo resuelve es una cuestión ajena y diferente a lo que estás habituado. Lo formal es muy posterior. El momento de la concepción es algo en silencio.

LP - ¿Se consulta la importancia de la idea a desarrollar?

E.F. - Sí… ¿Sabés quién es el mejor jurado de un inventor? El usuario. Hacemos primero una maqueta, ves lo físico, se lo das al usuario y le pedís su opinión. Y ni amigo, ni pariente. Y hay que estar acostumbrado a escuchar a la gente, porque el que le ve el defecto, es una bendición. Debemos ser humildes, respetuosos. Cuanto más crítica, mejor, pero es una tarea permanente. Vemos un reflejo, y soluciones técnicas y problemas técnicos. Lo pienso, lo digo, lo hago. Termino el dibujo de una maqueta, y el lema básico es donde hay un problema técnico hay una oportunidad. En palabras más sencillas: donde hay una puteada, hay un invento latente.

LP - Tomando la Escuela de Inventores. ¿Cómo trabajan?

E.F. - De la misma manera. Le estimulamos el problema. Está abierta a la comunidad y funciona en la Escuela Del Sol.

LP - ¿Y qué le enseñan a los chicos?

E.F. - ¡Nada! ¡Justamente! ¿Sabés cómo los estimulamos? Con un problema. ¿Cómo lo harías? Preguntas. Y están todos mezclados desde el de seis años hasta el de dieciséis. Y se alimentan entre ellos. Se cuidan entre ellos. Vienen en forma voluntaria. Estamos haciendo con los pibes, lo que no hicieron con nosotros. Somos sobrevivientes. Pasaron dos mil chicos por la escuela. Hoy son ingenieros, arquitectos, diseñadores, inventan a pedido. Resumiendo, en el fondo este modelo único de Escuela de Inventores es un estímulo, un ambiente particular con preguntas y problemas. ¿Cuál es el problema? ¿Y qué proponés? ¿Y cómo lo harías? Hay un criterio: más simple, más económico, más seguro, más estético. Y es una división de inferiores de lo que hacemos profesionalmente. Y lo que vimos con las historias del destapador y del cesto de basura, son cosas antagónicas. Y es la actitud. Y eso es tan sencillo...   

por Raúl Vigini

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