La sangre para ellos son medallas

"La sangre para ellos son medallas. La matanza es acto de heroísmo". (Víctor Jara)

Nota IV y última

Durante los escasos momentos en que nos dejaban solos -tal vez para hacernos recapacitar y desistir de nuestro obtuso silencio o porque, desmayados, no les podíamos brindar ninguna utilidad-, llegábamos a tener cabal dimensión no sólo de estar abroquelados en un sótano inmundo, aislados de los otros prisioneros diseminados por el estadio, sino también, peor aún, que el tiempo se nos evaporaba con terrible rapidez. Entonces, tal vez para eludir la idea de que cada segundo podía ser el último, hablábamos. En tono apenas audible, con dificultad para armar una frase o expresar un pensamiento. Resultaba el único medio que nos quedaba para intercambiar confesiones y darnos mutuo apoyo. Casi desconocidas nuestras voces por la caída de algunos dientes y la mandíbula destrozada por los golpes. Al observar la cara de Víctor surcada de heridas sangrantes, los labios brutalmente hinchados, esforzándose por abrir los ojos de tanto en tanto, imaginaba que yo también debía traslucir un parecido aspecto de bochorno y decrepitud. Sobrecogidos por la cercana presencia de la muerte, al principio él se mostró obsedido por confesar con palabras fervorosas y entrecortadas, que apenas lograba entender, el profundo amor que experimentaba por su mujer, la querida Joan, y sus hijas, ya convencido de que no volvería a verlas. Después lo invadió el urgente deseo de escribir. Como durante años compuso canciones a través de las cuales había querido exponer los sueños, las preocupaciones, los ideales que alentaban los habitantes del país, entonces quiso dejar un legado, dar testimonio de lo que estábamos viviendo. Consideré un inusitado privilegio poder ofrecerle una arrugada receta que, inesperadamente, descubrí en un bolsillo del pantalón. Pese a la dificultad para sostener el minúsculo lápiz, no cejó en su propósito y, con una mezcla de admiración y deslumbramiento, me limité a observarlo en silencio, sin atreverme a interrumpirlo, subyugado por el denuedo y la concentración con que realizaba el trabajo. Absorto. Desinteresado u olvidado de cuanto ocurría a su alrededor.
Hasta producirse el final. Al percibir el creciente y ya familiar sonido de pasos, Víctor, sobresaltado y con una repentina energía, arrojó el lápiz a un costado y me tendió, luego de estrujarlo, el papel que había escrito. Alcancé a tomarlo mientras un grupo de soldados ingresaba en el sótano. Durante unos segundos actuaron de manera silenciosa y drástica. Con un objetivo preciso. Fácilmente levantaron a Víctor y, como si se tratara de un bulto sin ningún peso, lo llevaron, con los pies rozando el suelo, hacia la puerta de salida. Pudimos intercambiar una rápida mirada, que no sólo pretendió reflejar toda la gama de cosas que siempre habíamos compartido -amistad, afecto, ideales-, sino también, y más aún, marcar el dolor de la separación.
No sé cuánto permanecí quieto, apretando la abollada hoja contra el pecho. Más que presentir con terror el momento en que ellos volverían por mí, tuve un acceso de temor e inseguridad por la difícil misión de lograr que, pese a las requisas, las últimas palabras de Víctor superaran el sólido perímetro del estadio y volaran libremente para ser conocidas por todos.
Pareció traspasarlo una corriente helada cuando lo arrojaron sobre el piso cenagoso, grávido de un olor putrefacto, del recinto donde una luz demasiado débil tornaba indefinidos los objetos. Creyó que debía encontrarse en uno de los sitios más herméticos, pues, por primera vez, dejó de percibir el habitual sonido de gritos, golpes y disparos que, en una vigencia tumultuosa y casi espectral, le había perforado los oídos desde que fue recluido en el estadio. Solo. Ya sin posibilidad de clamar por ayuda. A merced de ellos, los soldados, que llegó a estimar en número de tres o cuatro por efecto de los pasos, lentos y sordos sobre el suelo resbaladizo, mientras daban vueltas a su alrededor, sin duda a modo de inspección, estudiando el momento oportuno para torturarlo, reiterar las eternas preguntas o asestarle el golpe final. De tanto en tanto, algunos furtivos accesos de risas le revelaron un anticipado regocijo por la ceremonia que se proponían llevar a cabo. Cuando intentó pararse sobre las piernas entumecidas, para asumir una actitud digna, sin rasgo de humillación o temor, comprobó que ellos, tal vez hartos de la espera, estaban urgidos por demostrar el mayor grado de furia y destrucción, al sentir contra la mejilla derecha la punta de una bota surgida en feroz arremetida.
- ¡Nadie dijo que te muevas!
Mientras llevaba una mano hasta la herida por la que, en un borbotón ardiente, sintió escurrirse la sangre entre los dedos y por el cuello, se vio aturdido por las carcajadas, bruscas y estentóreas, unidas en bulliciosa algarabía. Parecieron marcar, en tácito acuerdo, el inicio de un nuevo tramo de la operación que, desde que lo habían apresado, desarrollaban en forma encarnizada y metódica.
- Allí, en la tierra, es el único lugar que te corresponde.
- Hundido unos cuantos metros.
- Y con varias capas de cemento encima.
La amenaza en cada frase de ellos, soberbios y prepotentes, mientras marchaban a su alrededor, marciales y provocando salpicones de lluvia barrosa, parecía formar parte de un plan destinado a intimidarlo, a jugar con la sorpresa para mantenerlo a la expectativa, en constante tensión, hasta reducirlo a la categoría de un simple insecto. Sin capacidad para eludir o, siquiera, ofrecer un mínimo quejido a los golpes de las metralletas sobre sus manos. Una vez, y otra, y otra. El dolor transformándose en una barrera infranqueable entre él, con la cabeza obnubilada y el cuerpo hecho un bulto amorfo, y los otros, frenéticos en las carcajadas y los gritos soeces y la acción cada vez más virulenta. Sí. Ahora lo han conseguido. Dejarme sin fuerzas ni deseo para seguir luchando.
Hasta que, de modo instintivo, surgió el grito de su garganta reseca. Torrencial. Desolado. Cuando los disparos cubrieron el ámbito y sintió en las piernas las perforaciones. Quemantes. Después incontables dedos callosos y enérgicos le aferraron el cuello y alcanzó a distinguir, fugazmente, el brillo de una navaja. Sólo atinó a cerrar los ojos al sentir el filo sobre la lengua y, absorbido por la total oscuridad, percibió la sentencia transformada en clara manifestación de desprecio como de irrevocable, definitiva victoria:
- ¡Canta ahora si puedes, hijo de puta!
Apenas me encontré en la calle sentí el tímido regodeo de ser uno de los pocos prisioneros que, por falta de pruebas o por inesperada generosidad, los militares habían dejado salir del estadio. Con el remordimiento por estar vivo y saber que tantos otros compañeros no habían tenido la misma suerte. Entre ellos, Víctor, por quien todos hubiéramos hecho cualquier cosa para salvarlo. Pero nos quedarán, como el tesoro más preciado, los últimos versos que pudo borronear en un mísero papel. Mientras circularon por el estadio, de manera confidencial, los aprendimos de memoria, para evitar que fueran descubiertos por los milicos.
Ahora, por fin, tengo la oportunidad de transmitirlos a los demás. Para que la voz de él continúe resonando entre nosotros. Sin ninguna atadura. Libremente.
“Somos cinco mil/ en esta pequeña parte de la ciudad./ Cuánta humanidad/ con hambre, frío, pánico, dolor,/ presión moral, terror y locura./ Un muerto, un golpeado como jamás creí/ se podría golpear a un ser humano./ La sangre para ellos son medallas./ La matanza es acto de heroísmo./ Canto, qué mal me sales/ cuando tengo que cantar espanto./ Espanto como el que vivo,/ como el que muero, espanto./ Lo que veo nunca vi,/ lo que he sentido y lo que siento/ harán brotar el momento…”
Éstos son algunos de los versos pertenecientes al último poema escrito por Víctor Jara, poco antes de morir en el Estadio Nacional de Chile, el 15 de septiembre de 1973.


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