La condena social

Notas de Opinión 28 de enero de 2018 Por
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Entre las muchas voces de repudio a los dichos del ex supremo Eugenio Zaffaroni -aunque debemos ser justos y citar que también las tuvo de apoyo, de Hebe Bonafini por citar una de ellas-, hubo una que llamó la atención por su contenido. La del diputado macrista Waldo Wolf, quien con fuerte carga de ironía hizo público su deseo que el ex juez siga hablando todos los días, porque es el mejor respaldo que puede recibir Cambiemos. Tal cual, es que cuando empieza a flaquear la confianza en el gobierno y las soluciones no aparecen en la medida esperada, o bien sale a la luz un Triaca que a esta altura ya debería haberse ido del gabinete "de lujo", los dichos de Zaffaroni, Hebe, Boudou, D'Elía, Scioli, Aníbal y en especial Cristina, son algo así como el mejor antídoto para el pesimismo.
Es que frente al daño que hicieron antes y que siguen haciendo ahora, no hay demasiadas sanciones que digamos. Es decir, esas que se traducen en fallos concretos y firmes. Es cierto, existe la condena social, pero ¿alcanza? Muchos, o al menos algunos, son los que la sufren en carne propia y tal vez sean quienes deberían dar testimonio, aunque por lo que se logra observar en algunos casos bien concretos y además cercanos, no les importa mucho que digamos. Claro, tal vez otra sea la cosa cuando se consulta con la almohada.
Condenas sociales hubo muchas estos últimos años, y sin retroceder demasiado tenemos "el que se vayan todos". No sólo no se fue nadie, sino que continuaron ocupando cargos y desempeñando funciones decisivas en la conducción del país, además de seguir incorporándose nuevos miembros al club de los que viven del Estado. Y no sólo los que sobreviven, sino los que acumularon fortunas que van más allá de asegurarse de por vida. También aseguraron a sus choznos.
La ilegalidad, la delincuencia, la criminalidad en toda su acepción, es muy poco castigada. Es que la ley de premios y castigos no tiene vigencia para aquellos que lograron insertarse dentro del círculo rojo del poder y del dinero. Sin escarbar demasiado tenemos a los gremialistas presos, a los que se les descubrieron mansiones tipo Beverly Hills, colecciones de autos de alta gama, propiedades, joyas, bolsos de dinero, departamentos por el mundo... y hasta zoológico propio. ¿Quiénes son? El Pata Medina, el Caballo Suárez, Humberto Monteros, Marcelo Baucedo. Hoy están entre rejas, alguien cree que a estos sujetos les importe la condena social? Otros están siendo investigados, como el titular del PJ porteño Víctor Santamaría, quien dijo desconocer que su padre, de quien heredó el gremio -se asemejan a las monarquías- le había dejado una cuenta de 6 millones de dólares en Suiza, o el grupo de los Moyano, con pesada carga sobre sus hombros, hoy imputados por un abanico de delitos, disparados por el fraude contra el club Independiente. Veremos hasta dónde se llega con ellos, que como primera respuesta ya lanzaron una movilización del gremio de los camioneros para el 22 de febrero. Mejor sería presentar las pruebas de su inocencia. Aunque la nómina, al menos para ser investigados, es muchísimo más extensa, pues quien más quien menos a todos esos dinosaurios sindicales, se le cae algún bolsón de dólares. Y un par de ellos están entre rejas desde hace un tiempo: el ferroviario José Pedraza, por el asesinato de Mariano Ferreyra, y el bancario José Zanola por los medicamentos truchos y algunas otras estafas. Es cierto, dos pesos pesado, por ahora excepciones.
Son los que se desviven por los trabajadores, los que muchas veces hacen temblar gobiernos. Por ahora han tratado de desviar la atención, advirtiendo al macrismo de no pisarle la cola al león, pues ya lo intentaron Alfonsín y De la Rúa y así les fue. Barrionuevo fue la voz cantante. Algo que queda claro y seguramente se comparte, es que los sindicatos son absolutamente necesarios, imprescindibles para el equilibrio social, y que no hay persecución que valga. Los que deben preocuparse son los corruptos y ladrones.
También para el todavía ministro Triaca está la bendita condena social, esa que nadie puede sacarse de encima por más aclaraciones y recontraaclaraciones que haga. Grave el insulto a su empleada, pero un momento de ira lo puede tener cualquiera, también un ministro. Lo que no puede hacer un ministro es ubicar a esa mujer, que tenía en negro, y a otros 200 activistas macristas como empleados del intervenido gremio del Caballo Suárez. Eso no tiene marcha atrás. La condena social ya está dictada, falta la del presidente Macri, que además perdió una buena ocasión para recuperar la confianza que se le está yendo como agua de sus manos. Por ahora que agradezca a Zaffaroni.

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