La sangre para ellos son medallas

Información General 12 de enero de 2018 Por
"La sangre para ellos son medallas. La matanza es acto de heroísmo." (Víctor Jara)

Nota I

Tuve un escalofrío. Debí parpadear varias veces hasta admitir que era él. Sin duda resultaba la última persona que hubiera querido ver allí, entre los hombres y mujeres que, como arrastrados por un remolino, iban ocupando la improvisada e inmensa prisión en que ahora se había convertido el Estadio Nacional. Todos puestos en fila y con las manos en la nuca. Permanecí largo rato paralizado por la consternación y la incredulidad, hasta escuchar una voz estentórea:
- Es el médico del presidente.
Sin tiempo para armar una defensa, no pude eludir la presión de los cuerpos que, en furiosa arremetida, me tiraron al suelo. Rodé, convertido cada vez más en un ovillo tieso y dolorido, por obra de las patadas con que pretendieron impedir cualquier gesto de rebeldía. Esforzándome por mantener abiertos los ojos, y como a través de un vidrio oscuro, observé que varios soldados lo apartaban del grupo y, golpeándolo con el caño de las metralletas, lo empujaron hacia donde estaba yo.
Entonces, durante el brevísimo instante en que se cruzaron nuestras miradas, comprendí que sin duda nos invadía la misma sensación de perplejidad y terror, aunque también de cierta serenidad y consuelo al saber que estábamos juntos para afrontar los momentos que sólo habrían de depararnos dolor y tortura en manos de los implacables captores.
Unidos, como desde hacía tantos años, hasta el final.
Sí. Debo hacerlo. Como testimonio de lo que está pasando o simplemente para dejar una prueba, desgarradora y última, de que aún estoy vivo. Con progresiva fuerza, creyendo que en algún recóndito lugar de su ser prevalecía todavía una llama inextinguible, surgió esa especie de mandato o acción o simple tarea que, a pesar de resultar ardua y tal vez plagada de riesgos, necesitaba llevar a cabo. Como si estuviera aquí solo y tranquilo y me dispusiera a crear una de mis canciones más bellas. Utilizar cada gota de mi sangre, si fuera necesario. Antes de que ellos tengan oportunidad de hacerla correr, sucia y sin ningún valor, por alguna zanja.
El desafío se le impuso apenas fue confinado allí, en ese estadio en el que tantas veces había interpretado sus canciones y disfrutado de los partidos de fútbol, como un modo de resistir, sin dejarse ganar por el pánico, la desesperación o la derrota anticipada, al hecho de encontrarse, junto a tantos hombres y mujeres que iban ocupando cada centímetro a su alrededor, aprisionado en un cerco indestructible mientras atronaban los gritos en órdenes imperativas y los caños de pistolas y fusiles ejercían un sobrecogedor acecho.
Luego de un tiempo que no pudo medir -aturdido, apretujado por los otros cuerpos, bloqueado por la atrocidad de una situación que ya intuía ingobernable-, observó al hombre detenido a un paso, la chaquetilla tensa por el pecho erguido, un brazo tendido hacia él:
- ¡De éste me encargaré yo personalmente! -Movió una mano en señal de orden hacia los soldados-. Llévenlo al sótano.
(Al llegar ese día a la Universidad Técnica del Estado comprendió que el desarrollo de su trabajo no sería el habitual. La presencia de tanques blindados por las calles y el vuelo rasante de los aviones le hicieron abrigar lúgubres presagios. No les importará aplastarnos como hormigas y convertir al país en un río de sangre. Y lo más grave, no tendremos estrategia ni capacidad para impedirlo. Debatiéndose entre el desconcierto, la zozobra y un creciente temor, compartió no sólo el significado del cartel que, para promocionar la exposición a favor de la vida contra el fascismo que se preparaba en el ámbito de la Universidad, mostraba a una madre que amamantaba a su hijo y la sombra de los dos cubierta de sangre, sino también las palabras “Yo no voy a renunciar. Estaré siempre junto a los trabajadores. Pagaré con la vida mi lealtad y compromiso”, con las que el presidente había hecho un enfático llamado a todos para defender los valores de la República.
Tuvo el único propósito de ayudar al hombre por el que profesaba el mayor respeto y admiración, sin reparar en riesgos ni sacrificios, apenas se presentó esa mañana ante la encargada de la sección artística del departamento de cultura e información que, de inmediato y tras el saludo que no tuvo la calidez de los otros días, le pidió que, para conservar la calma y evitar un desborde impredecible, animara a todos con sus canciones. A los profesores, estudiantes, trabajadores. Sí. Afrontar este desafío jamás imaginado y tal vez superior a mis fuerzas. Pero no puedo rehuirlo. Este es el momento de probar si todo lo que escribí y canté y realicé a lo largo de mi vida puede ser útil y beneficioso para los demás. Cumplir el imperativo, transformado ahora en deber ineludible, de estar junto a los habitantes de su país no sólo para compartir ideas, sueños, esperanzas, sino, más aún, para tratar de atenuar el caos y salvarlos del tenebroso abismo que amenazaba tragarlos a todos. Veinte años atrás, cuando empecé a cantar los versos dictados por mi corazón, quise luchar segundo a segundo por darle a nuestro pueblo su propia identidad. Que la canción popular le ayudara a entender la realidad y desenmascarar a los amigos y enemigos. Pero ya nada de eso tendrá valor o sentido ante el poder destructivo de las armas.
Entonces, mientras procuraba eludir el desaliento y reflejar una actitud de serenidad y aun de coraje, se vio absorbido por la figura de Joan. Arrebatadora. Con la cualidad de lograr, por su belleza y la fuerza del amor, desplazar todo lo que había a su alrededor. Sólo gobernado por la apremiante necesidad de abrazarla y besarla. Tal vez ya nunca podremos hacerlo. Tal vez ellos no nos darán siquiera la oportunidad de la despedida final. Estremecido por semejante alternativa, brusca y sombría, buscó un teléfono. Al percibir la voz querida, tan suave y grávida de sensualidad, procuró -tratando de soslayar cualquier síntoma del estado de perplejidad, pánico, incertidumbre, que le producía un involuntario temblor- no sólo tranquilizarla porque, al tener que cumplir una tarea inusual e impredecible allí, en el ámbito de la Universidad, iba a demorar el regreso a la casa, sino también expresarle cuánto la amaba a ella y a las dos hijas. En ningún momento, mientras surgían incontenibles las palabras, dejó traslucir, cediendo al miedo o la desesperanza, que ésa podría ser la última comunicación. Como si todo estuviera en orden y no pasara nada fuera de lo habitual. Comprendiendo que no podía dejarse doblegar, no sólo ante Joan sino, sobre todo, frente a las personas apiñadas entre las paredes viejas y descascaradas y poder, a través de su guitarra y un puñado de canciones, desalojar la sombra de cualquier celada y reiterar el ideal de continuar, sin titubeos y con renovados bríos, la lucha por una vida digna y equitativa para todos.
Sí. Va a ser la peor mentira. La que nunca llegué a pensar que necesitaría utilizar con los seres más queridos. Aunque tenía el carácter de una imperdonable traición, admitió que podría ser el único recurso válido para evitar el pánico general y establecer algún grado de resistencia. Sin duda frágil e irrelevante ante el despliegue de armas y la aviesa intención de quienes pretendían imponer un dominio cruel y despótico. Pero, al menos, cuando lleguen aquí, nos encontrarán de pie. Sin huella de miedo. Incapaces de aceptar de antemano la derrota.)
-Un pedazo de papel. Algo para escribir.
Percibí con bastante sorpresa el pedido, no tanto porque la voz de Víctor no llegó a ser más que un gemido desfalleciente, sino por resultar increíble, casi absurdo, que tras varias horas de recibir los puñetazos y patadas y descargas eléctricas que ellos, fríos y metódicos, se dedicaron a prodigarnos en busca de nombres, direcciones, datos de personas que podrían estar cerca de nosotros por amistad, pensamientos y, sobre todo, para subvertir el orden y el poder de la autoridad, abrigara ganas de escribir. Comprendí que no podía ceder a la conmiseración o la piedad, ni tampoco mostrar sorpresa, ni formular preguntas. Tal vez ya no pretende crear una nueva canción ni dar un manifiesto de rebeldía o repudio, sino ofrecer un testimonio de estos momentos. Los últimos que ellos se dignarán concedernos.
Con premura y en forma casi instintiva me palpé la ropa ya convertida en jirones sucios de barro y sangre, hasta que, en el fondo de un bolsillo, rocé un trozo de papel. Al extraerlo, advertí que se trataba de la hoja de un recetario. Arrugada, sucia, con una punta rota. Nada de eso le importó a él. Lo comprobé en seguida por su mano tendida, el súbito fulgor del rostro, la voz débil pero imperiosa:
- ¡Vamos! ¡Dámelo, por favor!
(No. No podré hacerlo. Por primera vez -desde los siete u ocho años, cuando la guitarra comenzó a ser uno de los más apreciados medios de compañía que, al apretarla contra el pecho, lograba infundirle un especial calor al corazón-, sus dedos resultaron ineptos para extraer de las cuerdas un acorde soportable, y tampoco la voz, habitualmente clara y de fuerte sonoridad, logró darle énfasis a las canciones que siempre le habían permitido establecer la más cálida y fraternal comunicación con la gente. Si la querida Violeta me viera ahora pensaría que soy un cobarde. Sin duda se arrepentiría de haber confiado en mí, en alentarme a realizar esto que es mi vocación irrenunciable. Con un cruel remordimiento por defraudar las expectativas de la mujer que, desde hacía muchos años, al verla y escucharla cantar por primera vez, había empezado a querer y admirar y, sobre todo, ungir en la guía primordial para moldear su camino. Cada palabra de ella, para prodigarle un consejo o demostrar interés en su trabajo o estimularlo con esporádicos elogios, llegó a parecerle un inmerecido regalo. Nunca le asignó alguna virtud a las canciones que pergeñaba, con mucho esfuerzo y torpeza, tanto para dar cauce a un cúmulo de sentimientos como para reflejar las ideas y aspiraciones, las inquietudes y padecimientos que iba captando, descubriendo, indagando en los habitantes que conocía en sus constantes recorridos por el país.
Se sintió desorientado sobre el escenario desde el cual -más que por indicación del Departamento de Cultura, por el ferviente anhelo de colaborar en una situación tan complicada- debía asumir la tarea de prevenir cualquier irreparable estallido de pavor y desorden. Inútil. Profiriendo gritos histéricos, sin control, todos andaban de un lado para otro en busca de un rincón protector o una puerta para huir, aterrados por el estruendoso paso de los aviones sobre el edificio. Decidió al fin descender del escenario y con suaves palmadas trató de aplacar la convulsión de los cuerpos, mientras repetía obsesivo:
-¡Cálmense, por favor! Debemos resistir. Firmes. Sin miedo. ¡Escúchenme, por favor!
Nadie llegó a prestarle atención. Desvalido, se vio inmerso en un clima casi asfixiante a medida que percibía las frases, sueltas o yuxtapuestas, con las que cada uno expresaba los síntomas de pesar y desolación:
-Dicen que están bombardeando el palacio presidencial.
-Y lo mismo harán aquí.
-Sí. Muy pronto todo esto quedará convertido en escombros.
-Y ninguno de nosotros podrá…
Al fin, reseca la garganta, creyó que sería muy efectivo enarbolar la figura más querida por todos -la que desde hacía varios años no sólo despertaba simpatía y cariño sino que, más aún, ya se había constituido en el estandarte que les abría un alentador camino de luz y esperanza- y utilizar el núcleo del mensaje difundido por Radio Magallanes:
-El presidente aseguró que no va a renunciar. Está dispuesto a pagar con su vida por lealtad a todos los trabajadores. ¡No podemos dejarlo solo! Por él y por todos nosotros, debemos resistir. ¡Unidos, hasta el final!
No supo cuánto tiempo dijo las palabras convertidas en la única consigna que podría, por el respeto y la admiración que todos sentían por el presidente, atenuar el bullicio y restablecer un estado de orden y serenidad. Otra cosa logró ese objetivo. Brutalmente. Cuando ellos -hasta entonces sólo presentidas figuras al comando de los aviones y los tanques y los patrulleros que copaban las calles de la ciudad-, tras derribar la enorme puerta de entrada, ingresaron al recinto de la Universidad. El silencio y la quietud prevalecieron de improviso, con la vigencia de un mazazo, por efecto de la muerte anunciada en cada caño de las armas agresivamente empuñadas por los hombres uniformados. Y resultó innecesario el grito vociferado por cada uno de ellos:
-¡Al que se mueva le volamos la cabeza!)
¿Cómo traducir sobre el diminuto papel el cúmulo de sensaciones por las que había estado pasando los últimos tres días? La desazón, el progresivo desmoronamiento de los sueños por alcanzar la libertad, el miedo ante la demencial belicosidad de quienes detentaban el poder, el dolor padecido en las frías secciones de tortura, la incertidumbre por el constante asedio de la muerte. Creyó que jamás llegaría a construir alguna palabra, no tanto por estar urgido por el tiempo, que ya sólo contabilizaba en segundos, sino más aún porque la mano, deformada por los golpes, parecía incapaz de efectuar un movimiento. Tal vez nunca podré hacerlo. Tal vez ya para siempre me quitaron la posibilidad de escribir un mísero verso.
No obstante, tras largo rato de concentrar toda su voluntad en los dedos que aferraban el lápiz, pudo garabatear, torpemente, con rasgos desparejados, las primeras letras. Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. Le pareció que, sin empuñar un arma ni proferir un grito, era únicamente así, por medio de las palabras que durante años, con unos bríos de entusiasmo y esperanzas de los que ya no conservaba el menor reflejo, había hilvanado para transformar en canciones, como ahora podía expresar un atisbo de sublevación, repudiar tanta violencia y atropello y, sobre todo, plasmar un escueto legado de esos efímeros y, sin duda, últimos instantes. Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura. Un muerto, un golpeado como jamás creí se podría golpear a un ser humano. Por imperio de la ansiedad, queriendo obtener el mayor provecho del escasísimo tiempo que aún podría disponer, rasgó el papel con frases austeras, despojadas de cualquier artilugio o metáfora con que en otras épocas había procurado embellecer sus canciones. La sangre para ellos son medallas. La matanza es acto de heroísmo. ¡Canto, qué mal me sales cuando tengo que cantar espanto! Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
Hasta que la voz de Danilo, convertida en un susurro apremiante, lo obligó a detenerse:
-¡Cuidado! ¡Allí vienen!
Sobresaltado, permaneció a la expectativa. No le resultó difícil identificar, entre los gritos y las quejas lacerantes y los golpes y algunos sordos disparos que provenían desde diversos lugares del estadio, el sonido cada vez más cercano de pasos en ritmo marcial. Sí. Tal vez ahora vienen a dar el zarpazo definitivo. Terminar la obra que se han propuesto. Al menos para mí. Lo que veo nunca vi, lo que he sentido y lo que siento harán brotar el momento... Cerró fuertemente el puño sobre el papel y, transformado en una minúscula bola, se lo tendió a Danilo.
-¡Guárdalo! Ellos no deben encontrarlo. ¡Te lo recomiendo, por favor!
(Sí. El final. Ahora.)
Los presentimientos que habían ido creciendo durante los últimos días por las enfervorizadas arengas de algunos militares, por el estallido de protesta y malestar en varios regimientos, por la irrupción de los soldados en el edificio de la Universidad Técnica, llegaron a tener abrumadora certeza apenas traspuso la puerta del estadio con las manos en la nuca, empujado con aspereza hacia la cancha de fútbol que ya aparecía cubierta por cuerpos apretujados. Como si fuéramos los insectos más repugnantes. Que no merecen otra cosa que ser aplastados con la mayor violencia. Sin piedad.
Por un segundo, al echar un leve vistazo a su alrededor, sobre las inmensas tribunas, no pudo desalojar una dosis de aprensión, congoja y desasosiego al evocar otro momento, varios años atrás, cuando en vez de soldados en postura firme y alerta, con los caños de las metralletas a punto de vomitar fuego, se encontraban atestadas por hombres y mujeres que, en similar grado de fervor y algarabía, aplaudían y vivaban su nombre como la recompensa más significativa por haber ganado el concurso de la Nueva Canción Chilena. Nunca había experimentado conmoción tan fuerte en mi vida. Desde entonces quedó establecida entre ellos y yo una intensa y vivificante comunicación. Ya no pude dejar de sentirme en deuda con cada uno de los habitantes de mi pueblo por tanto apoyo y cariño. Pretendí, con esfuerzo y sin duda escasos méritos, retribuírselos al escribir cada nueva canción. Reflejando lo que sentían y soñaban y, también, tratando de infundirles la esperanza de aspirar a un mejor modo de vida.
Pero ya no podría hacerlo. Lo abatió esa certeza al dar los primeros pasos en el interior del estadio y ser uno más de los prisioneros que los otros, esos soldados torvos y soberbios en el ejercicio del mando, con golpes y órdenes dictadas a gritos y la amenazante presencia de las pistolas, cachiporras, metralletas, agolpaban igual que un rebaño dócil y humillado. No pudo ni quiso aceptar eso. Dejar algo. No un mensaje o una canción. Simplemente unos versos. Los últimos. Para expresar lo que debimos vivir todos aquí.
El propósito se transformó en obsesión. Fija. Casi demencial. Sobre todo por encontrarse urgido por el tiempo que ya no dominaba, pero tenía plena conciencia de que era extremadamente efímero, volátil. Tal vez habría sido demasiado optimista imaginar lo que pasaría cinco minutos después. En cualquier instante uno de estos locos, por gusto o por descuido, podía apretar el gatillo.
Ya no tuvo otra intención -cuando esporádicamente gozaba de cierta lucidez, venciendo el dolor y el cruel aturdimiento que le inferían los golpes, las reiteradas preguntas, el acoso de las luces- que borronear algunas palabras sobre cualquier trozo de papel. El único y último signo que podría presentar en la batalla que, dentro de horas o minutos o segundos, iba a perder definitivamente.)
Borrada la noción del tiempo y de lo que ocurría fuera del estrecho reducto donde nos habían confinado. Sin alternativa para armar una defensa y menos intentar una evasión, tuvimos la seguridad de estar condenados a la muerte que ellos, con manifiesta perversidad, tenían el absoluto poder de planear, disponer, ejecutar en el momento deseado. Semejantes a hormigas que podían sacarse de encima con una simple pisada. Y no escatimaron ningún método en la tarea de doblegarnos. Patadas, azotes con gruesas lonjas de cuero, la cabeza hundida en un balde lleno de agua. Tras varias horas de tortura quedábamos exánimes sobre el suelo barroso, quebrados los huesos, incapaces de pronunciar una palabra o efectuar el menor movimiento, con el ínfimo gusto de haber resistido todas las presiones, sin quejas, ni claudicar en nuestras convicciones, ni, sobre todo, delatar o traicionar a nuestros compañeros. Eso conseguía avivar su repudio y, con el propósito de apagar cualquier soplo de rebeldía, redoblaban cada vez más el rigor y la brutalidad de los castigos.
Durante los escasos momentos en que nos dejaban solos -tal vez para hacernos recapacitar y desistir de nuestro obtuso silencio o porque, desmayados, no les podíamos brindar ninguna utilidad-, llegábamos a tener cabal dimensión no sólo de estar abroquelados en un sótano inmundo, aislados de los otros prisioneros diseminados por el estadio, sino también, peor aún, que el tiempo se nos evaporaba con terrible rapidez. Entonces, tal vez para eludir la idea de que cada segundo podía ser el último, hablábamos. En tono apenas audible, con dificultad para armar una frase o expresar un pensamiento. Resultaba el único medio que nos quedaba para intercambiar confesiones y darnos mutuo apoyo. Casi desconocidas nuestras voces por la caída de algunos dientes y la mandíbula destrozada por los golpes. Al observar la cara de Víctor surcada de heridas sangrantes, los labios brutalmente hinchados, esforzándose por abrir los ojos de tanto en tanto, imaginaba que yo también debía traslucir un parecido aspecto de bochorno y decrepitud. Sobrecogidos por la cercana presencia de la muerte, al principio él se mostró obsedido por confesar con palabras fervorosas y entrecortadas, que apenas lograba entender, el profundo amor que experimentaba por su mujer, la querida Joan, y sus hijas, ya convencido de que no volvería a verlas. Después lo invadió el urgente deseo de escribir. Como durante años compuso canciones a través de las cuales había querido exponer los sueños, las preocupaciones, los ideales que alentaban los habitantes del país, entonces quiso dejar un legado, dar testimonio de lo que estábamos viviendo. Consideré un inusitado privilegio poder ofrecerle una arrugada receta que, inesperadamente, descubrí en un bolsillo del pantalón. Pese a la dificultad para sostener el minúsculo lápiz, no cejó en su propósito y, con una mezcla de admiración y deslumbramiento, me limité a observarlo en silencio, sin atreverme a interrumpirlo, subyugado por el denuedo y la concentración con que realizaba el trabajo. Absorto. Desinteresado u olvidado de cuanto ocurría a su alrededor.
Hasta producirse el final. Al percibir el creciente y ya familiar sonido de pasos, Víctor, sobresaltado y con una repentina energía, arrojó el lápiz a un costado y me tendió, luego de estrujarlo, el papel que había escrito. Alcancé a tomarlo mientras un grupo de soldados ingresaba en el sótano. Durante unos segundos actuaron de manera silenciosa y drástica. Con un objetivo preciso. Fácilmente levantaron a Víctor y, como si se tratara de un bulto sin ningún peso, lo llevaron, con los pies rozando el suelo, hacia la puerta de salida. Pudimos intercambiar una rápida mirada, que no sólo pretendió reflejar toda la gama de cosas que siempre habíamos compartido -amistad, afecto, ideales-, sino también, y más aún, marcar el dolor de la separación.
No sé cuánto permanecí quieto, apretando la abollada hoja contra el pecho. Más que presentir con terror el momento en que ellos volverían por mí, tuve un acceso de temor e inseguridad por la difícil misión de lograr que, pese a las requisas, las últimas palabras de Víctor superaran el sólido perímetro del estadio y volaran libremente para ser conocidas por todos.
Pareció traspasarlo una corriente helada cuando lo arrojaron sobre el piso cenagoso, grávido de un olor putrefacto, del recinto donde una luz demasiado débil tornaba indefinidos los objetos. Creyó que debía encontrarse en uno de los sitios más herméticos, pues, por primera vez, dejó de percibir el habitual sonido de gritos, golpes y disparos que, en una vigencia tumultuosa y casi espectral, le había perforado los oídos desde que fue recluido en el estadio. Solo. Ya sin posibilidad de clamar por ayuda. A merced de ellos, los soldados, que llegó a estimar en número de tres o cuatro por efecto de los pasos, lentos y sordos sobre el suelo resbaladizo, mientras daban vueltas a su alrededor, sin duda a modo de inspección, estudiando el momento oportuno para torturarlo, reiterar las eternas preguntas o asestarle el golpe final. De tanto en tanto, algunos furtivos accesos de risas le revelaron un anticipado regocijo por la ceremonia que se proponían llevar a cabo. Cuando intentó pararse sobre las piernas entumecidas, para asumir una actitud digna, sin rasgo de humillación o temor, comprobó que ellos, tal vez hartos de la espera, estaban urgidos por demostrar el mayor grado de furia y destrucción, al sentir contra la mejilla derecha la punta de una bota surgida en feroz arremetida.
-¡Nadie dijo que te muevas!
Mientras llevaba una mano hasta la herida por la que, en un borbotón ardiente, sintió escurrirse la sangre entre los dedos y por el cuello, se vio aturdido por las carcajadas, bruscas y estentóreas, unidas en bulliciosa algarabía. Parecieron marcar, en tácito acuerdo, el inicio de un nuevo tramo de la operación que, desde que lo habían apresado, desarrollaban en forma encarnizada y metódica.
-Allí, en la tierra, es el único lugar que te corresponde.
-Hundido unos cuantos metros.
-Y con varias capas de cemento encima.
La amenaza en cada frase de ellos, soberbios y prepotentes, mientras marchaban a su alrededor, marciales y provocando salpicones de lluvia barrosa, parecía formar parte de un plan destinado a intimidarlo, a jugar con la sorpresa para mantenerlo a la expectativa, en constante tensión, hasta reducirlo a la categoría de un simple insecto. Sin capacidad para eludir o, siquiera, ofrecer un mínimo quejido a los golpes de las metralletas sobre sus manos. Una vez, y otra, y otra. El dolor transformándose en una barrera infranqueable entre él, con la cabeza obnubilada y el cuerpo hecho un bulto amorfo, y los otros, frenéticos en las carcajadas y los gritos soeces y la acción cada vez más virulenta. Sí. Ahora lo han conseguido. Dejarme sin fuerzas ni deseo para seguir luchando.
Hasta que, de modo instintivo, surgió el grito de su garganta reseca. Torrencial. Desolado. Cuando los disparos cubrieron el ámbito y sintió en las piernas las perforaciones. Quemantes. Después incontables dedos callosos y enérgicos le aferraron el cuello y alcanzó a distinguir, fugazmente, el brillo de una navaja. Sólo atinó a cerrar los ojos al sentir el filo sobre la lengua y, absorbido por la total oscuridad, percibió la sentencia transformada en clara manifestación de desprecio como de irrevocable, definitiva victoria:
-¡Canta ahora si puedes, hijo de puta!
Apenas me encontré en la calle sentí el tímido regodeo de ser uno de los pocos prisioneros que, por falta de pruebas o por inesperada generosidad, los militares habían dejado salir del estadio. Con el remordimiento por estar vivo y saber que tantos otros compañeros no habían tenido la misma suerte. Entre ellos, Víctor, por quien todos hubiéramos hecho cualquier cosa para salvarlo. Pero nos quedarán, como el tesoro más preciado, los últimos versos que pudo borronear en un mísero papel. Mientras circularon por el estadio, de manera confidencial, los aprendimos de memoria, para evitar que fueran descubiertos por los milicos.
Ahora, por fin, tengo la oportunidad de transmitirlos a los demás. Para que la voz de él continúe resonando entre nosotros. Sin ninguna atadura. Libremente.
“Somos cinco mil/ en esta pequeña parte de la ciudad./ Cuánta humanidad/ con hambre, frío, pánico, dolor,/ presión moral, terror y locura./ Un muerto, un golpeado como jamás creí/ se podría golpear a un ser humano./ La sangre para ellos son medallas./ La matanza es acto de heroísmo./ Canto, qué mal me sales/ cuando tengo que cantar espanto./ Espanto como el que vivo,/ como el que muero, espanto./ Lo que veo nunca vi,/ lo que he sentido y lo que siento/ harán brotar el momento…”
Éstos son algunos de los versos pertenecientes al último poema escrito por Víctor Jara, poco antes de morir en el Estadio Nacional de Chile, el 15 de septiembre de 1973.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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