Pensar la guerra

Notas de Opinión 11/01/2018 Por
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Por Miguel Espejo (*)


Si es verdad que a partir de cierta edad no nos queda más remedio que resignarnos a la repetición, prescindiré de disculparme por evocar una vez más el fundamental ensayo de Raymond Aron, Penser la guerre, Clausewitz (Gallimard, 1976). El 11-S de 2001 recordé que, para Aron, debido a la amenaza constante del conflicto nuclear y la ubicuidad de la violencia, expresada por toda clase de terrorismo y de guerras no convencionales, en territorios que abarcan a buena parte del planeta, la inversión de la fórmula de Clausewitz es la realidad misma quien la consuma. En adelante, ya no es la guerra la continuación de la política por otros medios, sino al revés. Conclusión terrible, pero lúcida comprobación de la historia posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Dos grandes fenómenos han escapado por completo a las previsiones y al cálculo: la globalización de las innovaciones técnicas y la presión demográfica. El cambio climático y las migraciones masivas, el terrorismo de Estado como el proveniente de otros grupos, las finanzas y el lavado de dinero, las drogas, el tráfico humano como los conflictos alrededor de los artefactos nucleares, trazan un panorama que ha dejado muy atrás a las guerras entre estados nacionales.
Hannah Arendt pudo ver las guerras mundiales, en Sobre la revolución, como guerras civiles generalizadas, porque ellas no son examinadas como simples conflictos nacionales entre ejércitos, sino en un contexto que abarca a las sociedades en su conjunto. El totalitarismo es otro elemento central, pero también el mito de la lucha por la democracia y del mundo libre resulta difícil de sostener a la luz de Vietnam o Irak.
Estado islámico, aún ahora, es “el grupo terrorista más rico del mundo” gracias al saqueo de recursos arqueológicos, de hidrocarburos, minerales y de todo aquello que tiene algún valor en el proceso productivo o en el intercambio comercial (Guillebaud, Le tourment de la guerre, 2016). Así, no sólo el petróleo y los minerales son objeto de lucro y de chantaje a las empresas, sino que los seres humanos, incluidos niños y mujeres, son literalmente capturados y sometidos a cautiverio y esclavitud. Los testimonios de las mujeres de Boko Haram, de Siria o de Afganistán son aterradores.En esta amplia escala que va del terror nuclear al que sale de la boca del fusil, de los imperios a las organizaciones mafiosas, hay un solo denominador común: el ser humano. De una punta a la otra del espectro técnico de la maquinaria de la guerra se ha impuesto el exterminio masivo. La solución final de los nazis, lamentablemente, tiene más de un punto en común con el aplastamiento de poblaciones enteras bajo áreas ocupadas. Humano, demasiado humano ha sido mucho más que un brillante recurso retórico de Nietzsche.
Lo paradojal del hombre es que nunca puede ser examinado sólo bajo la luz o la sombra. “Pensar la guerra” es una tarea casi imposible porque al igual que las torturas, los tormentos, las sevicias y la batería completa de crueldad que aflora en estos actos del ser humano ella escapa en parte al pensamiento. Esta aproximación no puede efectuarse sin un fuerte sentimiento de repulsión por lo que somos. No se puede ignorar, pese a los grandes intentos del racionalismo y del iluminismo, que la guerra provoca sentimientos ante sus consecuencias, pero en sus orígenes también está concebida por el deseo de matar y de aniquilar al otro. En la guerra nunca hay un simple cálculo. Si quieres la paz, prepárate para la guerra aconseja el viejo dictum romano. En este prepararse ya se encuentra “el huevo de la serpiente”, la concepción que precede al acto.
Sun Tzu enseñaba hace 25 siglos, en El arte de la guerra, que lo decisivo en la resolución del conflicto era destruir la estrategia del enemigo. Pero poco se puede hacer cuando en el mundo actual lo menos que se vislumbra son estrategias de poder que den cuentas de las muchas facetas de la sociedad líquida que nos rodea. Trump ha terminado con cualquier estrategia coherente de Estados Unidos. La Unión Europea carece todavía de unidad política y de acción como para permitirse tener una, a no ser que las propuestas de Macron tengan éxito en relanzar Europa.
Queda la implacable y hasta ahora exitosa estrategia de Putin, con el agregado de sus guerras híbridas y sus 16.000 ojivas nucleares, que contribuye a desestabilizar cualquier democracia donde exista un conflicto (Brexit, Cataluña, etc). Su objetivo es la restauración del área que antes controlaba la URSS. Crimea fue un buen comienzo. La otra estrategia, la de China, es económica, geopolítica y cultural más que militar. Recobrar los cinco siglos de atraso parece ser el objetivo principal de esta potencia milenaria, que busca que el eje económico del planeta se desplace nuevamente del Atlántico hacia el Pacífico.
En síntesis, nuestro país necesita imperiosamente recuperar la capacidad de examinar el mundo para situarse ante él en las mejores condiciones posibles. Comprender una crisis es el primer paso de su solución, el primer paso de un cambio. 
(*) Escritor.

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