Mundo de relaciones

Notas de Opinión 03 de enero de 2018 Por
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Por Carlos Pérez Llana (*)

Este 2017 cerró bajo el influjo de una cuestión central: el impacto del “trumpismo” y la crisis del bloque atlántico, conviven con las estrategias revisionistas de China y Rusia.
Este rediseño del tablero internacional se estructura en un mundo donde la globalización sufre la anemia del multilateralismo -expresado en la ONU-; donde la Revolución Tecnológica “uberiza” y sustituye empleo mientras asoma una nueva matriz energética. El inventario se perfecciona al constatar que las desigualdades crecen, como se lee en el reciente “Informe sobre las desigualdades”, elaborado por L. Chancel y T. Piketty.
Trump cerró al año demoliendo las instituciones y la agenda que los EE.UU. y Europa construyeron durante más de medio siglo. El epítome del viento washingtoniano fue la retirada del Acuerdo de París, en esa línea también se anotan el abandono del Pacto de las Naciones Unidas sobre Migración; el cuestionamiento a los Acuerdos de Libre Comercio (Transpacífico; NAFTA); el desconocimiento de Resoluciones de las Naciones Unidas sobre el estatus de Jerusalén; la amenaza de retirada del Acuerdo nuclear firmado entre Irán, EE.UU, Francia, Gran Bretaña, Rusia, China y Alemania y el acoso sistemático de Trump a la languideciente Organización Mundial de Comercio.
El trumpismo exagera su discurso internacional en paralelo a los obstáculos que encuentra en el frente interno. En la Casa Blanca nadie ignora que el “Rusia Gate” avanza y si en las elecciones de mitad de período -2018- los republicanos perdieran, el impeachement no puede descartarse. Abona este escenario las derrotas en Virginia y Nueva Jersey, que consagraron a gobernadores demócratas. Hace pocos días los republicanos sufrieron otra derrota en Alabama. La pérdida de un senador los deja expuestos a una mayoría endeble: 51 a 49. La retirada global de los EE.UU. supera los ciclos que atraviesan los hegémonos. Se trata de algo más: la incompetencia y el narcisismo de Trump. El “pluto populismo” acaba de consagrar una reforma fiscal que no sólo beneficiará a los ricos, también agravará la relación con Europa porque esa reforma consagra la doble imposición, como lo acaban de advertir Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y España. Mientras tanto los EE.UU. están perdiendo gran parte de su capital diplomático: el soft power. ¿Quién quiere acompañarlos? ¿Sólo atrae a los saudíes, cuna del wahabismo fundamentalista? La crisis del eje anglo sajón se agrava por la incertidumbre europea. El Brexit es una tragedia inexplicable, motorizada por un discurso cargado de post-verdades y ejecutado por una elite desbrujulada.
En el 2017 en el seno de ese núcleo quedó claro que el “Hard-Brexit” es inviable: conduce a un Reino desunido y a una pequeña Inglaterra. T. May lo acaba de comprobar, firmó un acta de rendición con Bruselas: no habrá fronteras en Irlanda, pagará una elevada factura de divorcio y aceptó que los europeos que habitan la Isla serán protegidos por la Justicia comunitaria.
Claro está que a lo obtenido por Irlanda, frontera abierta, lo quieren emular otros que votaron contra el Brexit, v. Escocia. Por último, en términos de poder, sino logra A. Merkel formar gobierno, el default político de Alemania será más perjudicial para Europa que el Brexit. Berlín es un actor central para liderar con Francia una “espera estratégica”-apostar a que el trumpismo no sobrevive-, una contención a Rusia y encarar la adaptación a la revolución tecnológica. El revisionismo ruso en el 2017 logró algo no menor: regresó triunfante al Medio Oriente. Salvó en Siria al régimen de Assad e instaló la idea que gracias a Moscú fue derrotado el E.I. Ahora es Moscú quien rediseña el mapa de esa región, donde conviven pasiones y frustraciones que alimentan el fundamentalismo religioso. Putin hoy habla con todos, shiitas y sunnitas, nadie lo puede soslayar. Esta presencia le permite, a la vez, controlar a dos potencias regionales también revisionistas: Irán y Turquía. Esa Rusia avanza en Europa: se expande desde el 2008 (Georgia y Ucrania). Durante el 2017 Moscú también apeló al tropismo ruso de los populismos europeos y utilizó las redes sociales en favor de las campañas anti-Bruselas, v. Brexit y en Cataluña. La habilidad rusa es notable: con un PBI similar al de Italia alimenta una estrategia global.
Lo más logrado fue el revisionismo chino. En el XIX Congreso del Partido Comunista el Pte. Xi, aprovechando el vacío que dejan los EE.UU, lanzó un plan global inspirado en la geopolítica. La iniciativa OBOR, proyecto de infraestructura que conecta Eurasia, y el claro designio de expulsar a los EE.UU. del Asia marítima, tienen una meta: alcanzar el liderazgo global en el 2049, centenario de la China comunista. Internamente debe reformar la economía y eso supone alinear a las empresas públicas deficitarias. También supone incrementar los controles internos descartando cualquier proyecto de reforma política. Un símbolo: recientemente, luego de un gran incendio, fueron expulsados de los suburbios de Pekín 200.000 chinos “por seguridad”. Son chinos de “baja gama”, llamados “diduan”. ¿Una metáfora del régimen?

(*) Profesor de Relaciones Internacionales.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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