Sensaciones y sentimientos

Sociales 10 de diciembre de 2017 Por
El mes que no es

Quizás no lo vean, arrinconado como está en un espacio igual al sus similares, pero que todos ven como mucho menor.
Si los meses fueran un tren, a él lo habrían ubicado dos vagones más atrás, bien atrás. De aquél imponente “décimo” que implica su nombre, fue corrido al puesto decimosegundo, dos lugares más lejos de la sideral locomotora. Se dice que si pudiera, de puro agradecido, santificaría a un personaje histórico y famoso llamándolo “san Juliano”
Es que pasan los años y diciembre sigue allí, en ese ingrato lugar, en esa triste desconsideración de parte de la gente que espera su llegada sólo para que pase rápidamente. Veamos, estimados lectores, estos ejemplos: ¿qué inauguración de comercio que pretenda un futuro venturoso se hace en diciembre? ¿Qué presentación de libro, qué apertura de galería, qué comienzo de actividad con pretensión trascendente? ¿Qué temporada turística de larga proyección en el tiempo?
En todos los casos pocas, o tal vez ninguna, porque en ese período todavía hay gente que trabaja. Porque en diciembre todo son despedidas de año, olvidando que es un mes hecho y derecho (y completo, de ¡treinta y un días! como el que más.
La sola mención de su nombre implica un condicionamiento, un no anticipado: ante la posibilidad de cualquier concreción de algún asunto que necesite dedicación o al menos un poco de estudio, surge la razón indiscutida para no hacer de “pero… ¡es diciembre!” y se agrega una frase especialmente prevista para la situación “¿y si lo dejamos para después de las vacaciones?”. Fíjense, atentos lectores, no dice de dejarlo para “los primeros días de enero” sino para más allá, más lejos y mucho.
Diciembre carga con todo el cansancio que produjo una vuelta estelar, como si la hubiéramos hecho nosotros y a pie, con hechos de todo tipo y cambios que, por ser previsibles, parecería que no ocurrieron, y siempre con circunstancias que, porque deben resolverse en el momento, tampoco dejan huella ni noción de ser noticia importante; es común que en cada año haya nacimientos, casamientos, mudanzas, celebraciones de bodas de, y una cantidad abusiva de cumpleaños.
Si diciembre fuera humano, debería sentirse ligeramente abatido por esa postergación: las fiestas que lo habitan no son porque ha llegado sino porque está (“circunstancialmente” piensa él), en un momento en que nadie elige su espaciosa presencia para hacer proyectos. Pero no es humano y transcurre largamente sin acontecimientos sentimentalmente propios; sabe, por ejemplo, que junio tiene el privilegio de ver caer hojas y ese modo particular de expresar su tristeza, él debe conformarse con ver tiradas indiferentemente las botellas vaciadas de espuma en los brindis. Así lo siente diciembre y agrega para sí ese lugar común de los humanos “sin pena ni gloria”.
Está bien, así está dispuesto en el orden invariable del tiempo, controlado celosamente por insensibles calendarios y relojes. Es así y ese condicionamiento alcanza también a nosotros, autodenominados “humanos”, y la idea definitivamente instalada de que transcurre sin pedir permiso ni perdón.
Todo bien y pacíficamente aceptado (debe ser así) para todo lo que implica ser, estar y conformar diciembre, pero a veces, cuando se siente solo y aunque no lo pregone, asume con íntima felicidad que aporta algo de lo que no puede jactarse ningún otro mes. En el fondo de él mismo, en la pendiente de caída del año y al mismo tiempo sus últimos días, se recuerda con emoción el nacimiento más trascendental de la historia, y en su rostro poco conocido dentro del mes que no es, en lugar de hojas sin vida ni voluntad propia, surge una luz nueva y eterna. Y entonces, sí, brilla.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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