AIRE LIBRE

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De la caza y la pesca en los viejos tiempos

Para que los más grandes recuerden viejas costumbres y para que los más jóvenes aprendan acerca de cómo cazaban y pescaban los abuelos. Hace muchos años los cazadores no tenían la variedad de insumos y accesorios para practicar la caza de la que se dispone actualmente; y si había algo era muy caro por lo que muchas veces debían recurrir al ingenio personal para suplir algunos faltantes. Salvo la vaina (que era de cartón) todos los demás insumos para la recarga de cartuchos los hacía el propio cazador. La pólvora se fabricaba a partir de la conocida mezcla de carbón, salitre y azufre. Para ello los abuelos ponían en una lata con tapa pedacitos de leña seca de sauce. La lata, que tenía pequeños agujeros para que salga el humo – se arrojaba sobre el fuego y luego de un rato largo se obtenía el carbón de sauce (que según dicen era el mejor). Luego se molía fino con el palo de amasar los tallarines, se mezclaba con los otros componentes, se humedecía y amasaba, se secaba al sol y se volvía a moler. Los fulminantes usados se desarmaban con mucho cuidado, se les enderezaba la capilla con la cabeza de un clavo y el martillo y se les colocaba una “ceba” de las que se utilizaban en los revólveres de juguete o una cabeza de fósforo de cera, luego se volvían a armar. Las municiones también se fabricaban artesanalmente. Se fundía el plomo y se hacía pasar por unos picos de cocina a gas. Si el plomo tenía la temperatura justa, por los picos salía una sucesión infinita de bolitas que se hacían rodar por un cartón encerado y luego caían al agua. Se pasaban por un tamiz y se sacaban las distintas medidas. Claro no eran todas redondas, había ovales, con forma de gota, huecas y algunas pocas bien esféricas. Pero todo servía para cargar el cartucho. Taco plástico no existía. En el cartucho con el fulminante se colocaba a ojo la pólvora luego una tapita de cartón, a continuación la misma medida que la pólvora, pero de polenta, mijo, o algo parecido (los más sofisticados utilizaban fieltro del que usaban en los fratazos los albañiles), luego la munición, otra tapita y se rebordeaba. La máquina rebordeadora era toda la tecnología disponible en ese momento.
A los pescadores les pasaba algo parecido. Casi nadie pescaba con caña. Las cañas que se conseguían eran muy caras ya que eran de origen vegetal (Colihue) y requerían mucho trabajo para el secado, enderezado y preparado. Algunas venían en dos tramos y todas eran muy largas. Reeles había muy pocos y eran muy primitivos. Recuerdo dos marcas nacionales: “Escualo” y “Calador”. Eran de carcasa de aluminio, pesados, grandes y toscos. La mayoría pescaba con línea de revoleo. Esta se confeccionaba con piola de algodón (de la que usan los albañiles para marcar los niveles). Las plomadas se fundían haciendo un hoyito en la tierra húmeda con algún objeto más o menos esférico. Se tamizaba tierra fina, se hacía barro que se ponía en algún cajoncito de madera y antes que seque se colocaba un foquito de luz de auto y se sacaba para que quede el hueco bien esférico. Se dejaba secar el molde y se vertía el plomo derretido y antes que endurezca se le colocaba la argollita de alambre. Solo algunos privilegiados tenían lancha, todos usaban canoas de madera a remo. Los espineles se hacían con alambre o soga (decían que el alambre de cobre era mejor porque en el agua no vibraba y además no se oxidaba). He visto en el arroyo Cululú un “levantador” (aún quedan los postes de donde se agarraba). Este levantador era una red o tejido que estaba agarrado a dos postes en la costa y que tenía un sistema de aparejos (era como un medio mundo gigante). Cuando pasaba el cardumen de sábalos se bajaba con ayuda de los aparejos y luego se levantaba quedando los peces atrapados en la red. Eran otros tiempos, tiempos viejos, con menos cosas y más peces.

Relatos: Chonino

Por Héctor Espilondo

CHONINO. El perro héroe de la Policía Federal.

Chonino es el único perro que en Buenos Aires tiene una calle con su nombre y una estatua en su homenaje. Está en la arteria de acceso a la División Perros de la Policía Federal que une a Salguero con la Avda. C. Casares. Se la dedicaron los efectivos de la Policía Federal para quienes Chonino fue un colega más. De raza Ovejero Alemán. Su legajo personal dice que nació un 4 de abril de 1975. La policía lo adiestró desde 1978 como perro de patrulla y perteneció al grupo especial del Servicio Deportivo del Mundial de Fútbol de 1978.
También intervino en muchos procedimientos y patrullas. Como muchos de sus congéneres cumplió funciones intimidatorias de ataque y así permitió la captura de más de diez delincuentes. Fue en la madrugada del 2 de junio de 1983 cuando haciendo su recorrido diario junto a su guía – el Cabo Primero Luis Ianni – y otro oficial, detectaron dos sospechosos cerca de la terminal de colectivos.
Estaban por palparlos cuando extrajeron sus armas. El perro pasó al ataque como había sido instruido y desarmó a uno de los delincuentes pero los balazos del compinche hirieron de muerte a uno de los policías y al can. Chonino, herido de gravedad, arrastrándose fue a fallecer junto al cuerpo de su guía quien luego de tres meses internado en el hospital Churruca también murió. Pero Chonino, en un póstumo pero heroico acto, falleció con los documentos de uno de los delincuentes entre sus fauces ya que se los había arrancado de un bolsillo de la campera de un mordisco. Esto posibilitó luego la aprensión de los delincuentes que fueron condenados a cadena perpetua. En 1996 una periodista del diario Clarín, al tomar conocimiento de este suceso, propuso que el día 2 de junio se celebrara el “Día Nacional del perro”. Así se hizo y desde entonces, en honor a Chonino, el día 2 de junio se conmemora en nuestro país a las mascotas perrunas.

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