El histórico Comedor 1º de Julio cerró sus puertas con nostalgia

Locales 08 de octubre Por
El sábado 30 de septiembre abrió sus puertas por última vez. El cansancio de su dueño y la falta de un ser querido muy importante fueron los grandes motivos para tomar esta decisión.
Ver galería FOTO LA OPINION CON LA FAMILIA. Don Pedro con sus hijos Mauricio y Fernando y su nieto Ignacio, en la sede de Bv. Lehmann.
1 / 2 - FOTO LA OPINION CON LA FAMILIA. Don Pedro con sus hijos Mauricio y Fernando y su nieto Ignacio, en la sede de Bv. Lehmann.
El comedor está semi vacío. Algunas mesas permanecen bien presentadas, como si esperaran la presencia de algún cliente. A la derecha, ya casi no hay nada y sí signos de que alguien fue juntando las cosas, como si se estaría yendo.
El Comedor 1º de Julio cerró y hay nostalgia. Pedro no quiere hablar, casi que se niega a hacer la nota. Pero la insistencia de sus hijos lo hace ceder. No quiere empezar a contar porque sabe que la nostalgia va a llegar en algún momento. “Yo no quería ni venir a este lugar” nos dice, con una mirada triste.
Es que la mirada de Pedro ya lleva un año y siete meses de tristeza, desde que se fue Susana, su mujer, con la que estuvo 40 años casado y con la que tenía más que una vida. La partida de Susana es uno de los grandes detonantes del punto final que la familia acaba de tomar.
“Se juntaron un montón de cosas”, dice Fernando, su hijo mayor. “La salida de Susana, el cansancio de Pedro (66), los dos hijos que no podemos estar al 100%. No es un tema económico, sino algo vinculado a lo familiar, porque el comedor era familiar. Con la salida de mi mamá, decidimos que es lo mejor para disfrutar más de la familia”, dice.
Don Pedro debe operarse los dos ojos. Tiene cataratas, algo que lo tiene a maltraer. “¿Sabés lo que era estar miércoles, jueves y viernes en la parrilla? El único día que estoy sentado acá dentro son los sábados”, dice como si esa serie de argumentos fueran contundentes. Pero se afloja y dice: “no está la patrona. Esto (señala el mantel) lo estoy haciendo yo, y lo hacía ella”, dice.
Susana falleció el 27 de mayo de 2016 tras lidiar con un cáncer 8 años y medio. “Nunca dijo me duele esto o aquello. Jamás la escuchamos quejarse”, dicen los miembros de su familia. Fue secretaria de la escuela Melvin Jones y de la escuela de música 22 de Noviembre. Se jubiló de las dos escuelas.

LOS INICIOS
Históricamente el primer sondeo para las instalaciones del comedor fue en Atlético de Rafaela. Querían ponerlo ahí, pero las instalaciones no convencieron a los dueños.
Luego apareció la sede de Bolívar 147, donde estaba el club 1º de Julio. Allí estuvieron 15 años y los últimos dos, se mudaron a Almafuerte y Bv. Lehmann. Comenzaron en la semana de mayo del año 2000: “veníamos de años muy duros, ese momento del 95’ al 2000 no teníamos trabajo. Yo me puse como vendedor de pintura, me iba siempre a Buenos Aires. No había trabajo, era un caos. Nosotros eramos profesionales en eso, trabajamos 25 años y si mirás hay casas que están todavía plenas, del trabajo que habíamos hecho nosotros”, dice Pedro que antes de ser cocinero restauraba muebles y aberturas, un oficio que lo formó durante ese tiempo.
“Después llegamos al Club 1º de Julio. Reacomodamos ese lugar y muchos vecinos le agradecieron a Pedro que el lugar se haya reacomodado, porque el panorama no era de lo mejor. Hicimos la vidriera, lo pusimos lindo”, dicen sus hijos.
“De aquel mayo del 2000 hasta ahora, se deben haber atendido fácil 160 mil personas. Un promedio de 700 personas por mes, ese registro lo tomaba mi mamá”, Dice Fernando y su hijo menor, Mauricio, agrega: “en el año 2003, cuando Atlético ascendió a primera, fue el mejor momento del Comedor. El menú salía $ 19 cuando abrimos y siempre fue parejo, las crisis son muy generales, nos pegó a todos. Pero por suerte nos fue siempre muy bien”, dice a LA OPINION.
Pedro busca alejarse un poco de la nota. Quiere mostrar unas fotos de cuando atendió a Los Nocheros. Se siente muy orgulloso de toda la gente que pasó por su lugar. En 17 años nunca tuvo un reclamo laboral, lo que marca a las claras la confianza y el confort que mantenía con sus empleados, sobre todo con sus mozos.
Antes de irnos, le preguntamos si le gustaba cocinar, si esa fue “su vida”. Esboza una enorme sonrisa y responde: “pero por favor. Siempre me gustó. Hacer el locro era una gran tradición. A mí no me sobraba nunca”, dice acomodándose en la silla. “Hemos llegado a vender 250 porciones una vez, en un solo día. Era una semana de preparación. La receta me la pasó el Juez Degiovanni, el papá de Hugo”, confesando su receta.
Está inquieto y al borde de las lágrimas. De lo único que no podemos preguntarle es por su mujer, por Susana: “iba mesa por mesa, llevándole la empanada chiquitita”, dice mirando los pasillos de lo que fue el Comedor 1º de Julio. “¿te dije que voy a hacer pickles ahora? Pero no te puedo decir cuándo voy a empezar. Es muy pronto todo”, expresa y se levanta de la silla dando a entender que la entrevista no va más…

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